Nos estamos jugando mucho: la convivencia, la democracia y el bienestar de la sociedad española para las próximas décadas. En este contexto, que actuales son las palabras de Fernando de los Ríos cuando señalaba que en España la revolución pendiente es la del respeto.

La polarización partidista extrema que estamos viviendo durante los últimos años, no reconociéndose la legitimidad de un gobierno de coalición nacido de las urnas democráticamente, está debilitando día a día nuestro sistema democrático. Pero la violencia de estos días es la antesala de tiempos oscuros si no se para y condena.

Asistimos perplejos a las declaraciones de unos lideres políticos que hablan de totalitarismo, de que España se está convirtiendo en una dictadura por la puerta de atrás. Y todo ello, con un desparpajo, que afecta a la convivencia diaria de los españoles. Pero, sobre todo, demuestra que tenemos dirigentes en algunas fuerzas políticas que son más propensos a crear problemas que a resolverlos.

Hay que decirlo alto y claro, cuando la polarización extrema sobrepasa las legítimas diferencias políticas que existen en todo sistema democrático, y lleva a no condenar la violencia o a hacerlo de manera tibia por parte de actores fundamentales del sistema político, hay que parar y aprender de lo que ha pasado en otras democracias que iniciaron ese camino de odio que los llevó al colapso.

España supo en 1978 superar un mal histórico que la lastró durante siglos al lograr, por fin, un acuerdo en las normas de convivencia a través de la aprobación de la Constitución. Por eso, cuando se habla de democracia hay que entender que fundamentalmente supone cumplir la norma que nos dimos nosotros mismos dentro de un régimen de libertad.

Sí, cumplir la norma. El derecho como sustento de la construcción democrática, como pilar básico de la convivencia y la libertad. De ahí, que el PP, que gobierna muchas instituciones y ha gobernado España, no se puede convertir en un partido antisistema, con tácticas permanentes de cuestionamiento del gobierno y el obstruccionismo como bandera. Su hostilidad extrema hacia el adversario político, que cada vez ve más como un enemigo a batir, lleva a un callejón sin salida, que hay que evitar.

La Constitución de la que todo el mundo habla garantiza a los españoles la libertad, la igualdad y el respeto a las posiciones diferentes. Si el proceso de transición democrática no fue rupturista, ahora con más motivo hay que abandonar las propuestas maximalistas y rupturistas para garantizar la convivencia pacífica entre españoles y para que las ideas democráticas no terminen arrinconadas.

La polarización esta despedazando las normas democráticas, como demuestra la no renovación del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ); como demuestra el hecho de que ese consejo que tenía que haberse renovado hace cinco años se reúna para criticar una ley de amnistía que todavía no han leído; como demuestra la violencia en las concentraciones de los últimos días, o decir que España se está convirtiendo en una dictadura mientras se hacen cánticos y vivas al dictador Franco.

¿El PSOE tendrá que explicar a la sociedad española los acuerdos a los que está llegando con las distintas fuerzas políticas para reeditar un gobierno progresista? Por supuesto. Y podrán gustar más o menos, pero todos ellos tienen que estar dentro de la Constitución porque de lo contrario no podrían hacerse.

Y como la Constitución es la norma que regula la convivencia de todos, España no se rompe. Y para ello, está el artículo 138 de la Constitución, que señala:

“1. El Estado garantiza la realización efectiva del principio de solidaridad, consagrado en el artículo 2 de la Constitución, velando por el establecimiento de un equilibrio económico, adecuado y justo, entre las diversas partes del territorio español, y atendiendo en particular a las circunstancias del hecho insular.

2.Las diferencias entre los Estatutos de las distintas Comunidades Autónomas no podrán implicar, en ningún caso, privilegios económicos o sociales.”

Dicho lo anterior, hace falta más apego democrático a la Constitución por parte de aquellos que solo la utilizan para lanzársela al adversario como si fuera una piedra. Hace falta más apego democrático a la Constitución como norma que regula la convivencia de todos. Hace falta más apego democrático a la Constitución como el mejor ejemplo de un esfuerzo colectivo para garantiza el respeto a todas las posiciones políticas y sociales y para preservar la libertad. Hace falta más patriotismo constitucional por parte de los que dan certificados de patriotas.

La política es una actividad viva, que se tiene que adaptar a los cambios que se producen en la sociedad. Por tanto, es flexible, debe ser conciliadora, y aunque pueda parecer mejor o peor lo que se hace siempre deja margen para que el ciudadano elija el papel que quiere desempeñar en libertad y sin violencia.

La política es el resultado de la aceptación de que vivimos en sociedades donde existen grupos diferentes, con diferentes intereses e incluso tradiciones y culturas distintas. Pero todo ello, dentro de una unidad territorial con un gobierno común elegido democráticamente en las urnas, que tiene entre sus deberes preservar una comunidad que cada vez es más diversa y compleja.

Entre todos es urgente rebajar la crispación y la polarización extrema, porque de no hacerlo es la antesala de conflictos graves, duraderos y complicados de resolver cuando ya se han instalado en la vida cotidiana de los ciudadanos.

Mantengamos las normas básicas de tolerancia mutua entre los que no piensan igual. Mantengamos las normas básicas de contención y moderación. Desterremos todo tipo de violencia.

Recuperemos la fraternidad, trabajando juntos por una España mejor, más libre y con más bienestar. Recuperemos la fraternidad, conviviendo juntos y aceptando la diversidad que existe en nuestra sociedad. Recuperemos la fraternidad en la normalidad de nuestra vida cotidiana y no esperemos a tiempos excepcionales para intentar cultivarla, como ocurrió en la pandemia.

Libertad sin ira, libertad.