“Socialismo o libertad”: ese fue el grito de guerra falaz —la ideología socialista presupone la libertad y una posible opción de esta debería ser votar socialista— del inicio de la campaña electoral de la Presidenta de la Comunidad Madrid Isabel Diaz Ayuso en su comparecencia del 10 de marzo, donde anunció que convocaba elecciones para el 4 de mayo.

Hasta ese día, ocuparse de las ocurrencias y disparates de esta señora era en buena medida participar de su juego de querer estar —según la magistral frase de Sofía Mazagatos, que ya ha quedado para la historia— continuamente “en el candelabro”. Estar en el candelabro y hacer que se hablase de ella, aunque fuese para criticarla, ha sido su estrategia desde que accedió al cargo. Y no le ha ido mal, porque ha conseguido ser conocida en toda España y eclipsar con su estilo desacomplejado y castizo a su jefe de filas el señor Casado. Por desgracia, vivimos tiempos en los que triunfan los mensajes simples y de confrontación extrema. Lo hemos visto con el independentismo catalán y también con el trumpismo. Y la señora Ayuso comparte con ellos ese mismo estilo: mensajes extremistas, confrontación a ultranza en cualquier tema, descalificaciones brutales del adversario y mentiras puras y duras, si eso puede dar votos.

Pero la cosa ha dejado de tener gracia. Ahora es una candidata con posibilidades reales de gobernar en Madrid con el apoyo exclusivo de Vox. Hasta el día 10, la presencia de Ciudadanos en el gobierno y la necesidad de contar con sus votos ejercían un cierto filtro sobre sus intenciones con respecto a Madrid. Pero, sin filtros y de la mano de Vox —de cuya ideología se encuentra bastante cerca—, supone un peligro inminente para la vida de los madrileños, la mitad —al menos— de los cuales no son de derechas. Y no todos los que lo son comulgan con su ideología extrema.

Pero, mucho más importante que glosar sus disparates verbales, es analizar su gestión y su proyecto de futuro. Es lo que un votante racional espera ante unas elecciones. Empecemos por su gestión:

Después de casi dos años, su gobierno tan solo ha presentado dos leyes: la aprobación de una nueva universidad privada y una reforma de la Ley del suelo, que elimina controles a los inversores inmobiliarios y que está recurrida en el Constitucional. No consiguió aprobar presupuestos ni en 2020 ni en 2021. Continúan vigentes los del último año de la legislatura pasada.

La gestión de la pandemia tiene dos frentes que deben tratarse por separado: por un lado la orientación del gasto y por otro las restricciones para evitar la propagación de los contagios. En cuanto al primero, la comunidad recibió ayudas extra del gobierno central por valor de 3.300 millones para combatir la Covid-19. A pesar de ello, su gobierno se ha resistido a reforzar los servicios públicos de atención primaria, a contratar a suficientes rastreadores o a aumentar las plantillas de los centros educativos. En cambio, ha sido muy generoso con las obras del hospital-espectáculo Isabel Zendal (más de 150 millones hasta ahora) o con la derivación a la sanidad privada de una parte de las pruebas PCR y de la vacunación. Debemos concluir que la pandemia ha sido utilizada para derivar fondos públicos a las empresas de su gusto —la mayoría de los contratos se han adjudicado sin concurso “por razones de urgencia”— y para mantener en la precariedad, cuando no debilitar, a los servicios públicos, que son los que se supone su gobierno debería gestionar prioritariamente.

En cuanto a las restricciones, su gobierno ha ido casi siempre en sentido contrario al de otras autonomías, hasta el punto de quedarse solos, con su único voto en contra, en el Consejo Interterritorial de Salud. Si los demás decidían cierre perimetral, ellos se oponían; si la hora de queda era en todas partes a las 9 o 10 de la noche, en Madrid era a las 11; si el resto cerraba la hostelería y la restauración, ellos la mantenían abierta; y así sucesivamente. Para aparentar que hacían algo, se inventaron el “confinamiento por zonas básicas de salud”, que nadie ha sabido identificar con precisión y que ninguna autoridad ha controlado. En definitiva, han dejado hacer a cada uno su voluntad, a costa de poner en peligro la vida de todos. La “libertad” de la que hace gala la Presidenta es la que ha dado lugar a cientos de fiestas ilegales todos los fines de semana y a fomentar un turismo masivo de jóvenes franceses que vienen a Madrid a gozar de ella. Tal vez, dentro de muchos años, esta señora pueda ser procesada por conducta criminal a la vista de los datos de Madrid —los peores de España en las tres olas— y de los miles de ancianos fallecidos en residencias durante la primera ola, a los que no se permitió que recibieran asistencia sanitaria.

Oculta bajo su desparpajo y sus perversos mensajes mediáticos, esa ha sido su gestión real. Su panegírico de un estilo de vida “a la madrileña” solo puede referirse a los calamares del mismo nombre. Al igual que el calamar, la señora Ayuso arroja cada día abundante tinta para que no se hable de su lamentable gestión. Y en cuanto a su proyecto, a través de sus declaraciones ya sabemos en qué consistirá: bajadas de impuestos —es decir, más recortes a los servicios públicos—, desviación de fondos públicos a negocios privados —léase enseñanza concertada, servicios sanitarios privados, empresas constructoras, de seguridad, etc.— y retroceso en conquistas sociales tales como las políticas de igualdad o las medidas contra la violencia de género.

A un nivel más estratégico, su proyecto es utilizar Madrid como un experimento de unión de las derechas en torno al programa económico e ideológico de Vox, previa laminación del espacio moderado de Ciudadanos. Eso es lo que nos espera en Madrid si la izquierda y el propio Ciudadanos no somos capaces de pararlo. Por eso, es importante dejar de burlarse de sus gracietas y empezar a desmontar sus argumentos y a aplicarle la misma oposición que a las propuestas de la extrema derecha.

A falta de un proyecto reconocible del partido conservador —que en otros periodos de nuestra historia sirvió para estructurar el país—, los barones y baronesas territoriales del PP campan por sus respetos. Solo tratan de conservar sus respectivas cuotas de poder, cada uno con su proyecto. Así, podrían coexistir un gobierno moderado en Galicia, con otro lastrado por la corrupción en Murcia, otros simplemente conservadores en Castilla-Leon y Andalucía, un experimento ultraderechista en Madrid y ninguna presencia en autonomías tan decisivas como el País Vasco y Cataluña. El Partido Popular nos retrotrae así a las taifas árabes de la España de los siglos XI y XII.

Vox podría comerse a un PP sin proyecto. Parecerse a él y gobernar con él es el mejor modo de hacer que crezca. Eso es lo que pretende hacer la señora Ayuso en Madrid. Los conservadores españoles no han entendido cuál es la estrategia que conviene a los demócratas con la extrema derecha. Deberían mirar más a menudo a sus homólogos franceses, alemanes y nórdicos. Con el fascismo no se juega.