El 3 de mayo era el aniversario de la constitución del Frente Popular, el acontecimiento político que marcó el primer hito de la unidad de la izquierda francesa desde la trágica ruptura de jacobinos e indulgentes en los tiempos de la Revolución. La fecha tenía para muchos un valor simbólico añadido para consagrar una operación política que devolviera la confianza a millones de ciudadanos progresistas tras la última gran decepción de la década pasada.

La unidad de la izquierda, en todo caso, está aún muy lejana. Lo que se está fraguando ahora a toda prisa es un acuerdo de oportunidad, un arreglo para asegurar la supervivencia o, para decirlo claramente, un apaño electoral. A la hora de escribir este comentario, el pacto mayor, es decir, el que reúne a socialistas e insumisos es aún provisional. Ambas formaciones se resisten a ceder demasiado o a que se interprete su plus de flexibilidad como una cesión excesiva. Algunos dirigentes ecologistas y socialistas temen que esta unidad sea para Melenchon una forma encubierta de afirmar su empeño hegemónico.

LOS INSUMISOS LIDERAN EL EMPEÑO

Los insumisos tienen la mejor baza en la convergencia porque su líder, Jean-Luc Melenchon, resultó revalidado en la primera vuelta de las elecciones presidenciales como el líder de la izquierda, con un 21,95% de los votos, lo que supuso una mejora de casi dos puntos y medio con respecto a 2017. Se quedo cerca de superar a Marine Le Pen y, por tanto, de enfrentarse a Emmanuel Macron en la contestación final.

Impulsado por estos resultados, el líder de los insumisos pareció apostar más por la absorción que por la unidad. Se postuló como primer ministro, convocando a los electores de izquierda a que lo respaldaran de forma contundente en las legislativas para obligar al presidente a la cohabitación, es decir, a aceptar un gobierno de orientación política distinta a la suya.

Melenchon, un antiguo socialista, crítico y altanero, ha estado años fraguando una alternativa de izquierdas a la deriva liberal y centrista del socialismo francés, al que define como “social-liberal”. En las legislativas de 2017 los insumisos consiguieron el deseado surpasso a comunistas, socialistas y ecologistas, franqueando la barrera del 11% en primera vuelta. Pero las alianzas y el ballotage de la segunda vuelta (esa artimaña de la V República para favorecer el bipartidismo) le privaron de ser el partido de izquierda con mayor representación en la Asamblea Nacional (17 diputados frente a los 30 del PSF), pero no de superar claramente a ecologistas y comunistas.

Melenchon tiene la enorme virtud política de la paciencia. Mientras el PSF se consumía en la oposición sin perspectivas de convertirse de nuevo en la alternativa, los ecologistas se dividían entre opciones rupturistas y pactistas y los comunistas procedían al enésimo lavado de cara, los insumisos consolidaban su implantación territorial y se presentaban como la única opción real de contestación al liberalismo arrogante de Macron y la manera más segura de frenar el avance de Le Pen entre el electorado popular.

Durante las semanas o meses previos a las presidenciales, todos los amagos de componer una candidatura común fracasaron estrepitosamente. Quizás debería decirse que nunca hubo la mínima oportunidad de cuajar por la falta de voluntad de sus dirigencias y el ego de algunos de sus principales líderes. Los esfuerzos de algunas plataformas ciudadanas resultaron vanos. La solución a la desesperada de Christiane Taubira acabó en una renuncia apagada y triste. Nadie estuvo seriamente dispuesto a hacer sacrificios reales. Pero quizás el más intransigente de todos fue Melenchon, convencido de que la historia estaba de su parte.

Ahora, tras la sanción electoral, los partidos clásicos de la izquierda en los últimos treinta años, se ven obligados a ceder el estandarte del liderazgo de la izquierda a esta formación más reciente, por mucho que les desagraden ciertos comportamientos despectivos de su líder.

Las frenéticas conversaciones de estos días han girado sobre varios polos: estrategia, programa y reparto de circunscripciones. Sin despreciar a los dos primeras, por supuesto, la tercera ha sido la clave de la discusión. Cada partido o formación ha luchado por favorecer su validación parlamentaria. El sistema electoral obliga a alcanzar como mínimo la segunda plaza o incluso la tercera siempre que, en este caso, su número de votos supere el 12,5% de los inscritos (las llamadas “triangulares de la segunda vuelta”). Los especialistas de cada partido o formación miran con lupa las posibilidades de su candidato para determinar en cuales de cada una de las 577 circunscripciones tiene serias opciones pasar el corte. Los desistimientos o cesiones en beneficio del afín mejor colocado es la clave habitual ante la segunda vuelta. Sin embargo, hace preciso adelantar ahora esa decisión, para no poner en peligro la pugna final.

RECUPERAR LA BASE SOCIAL PERDIDA

El predicamento del Reagrupamiento Nacional en las zonas de otrora dominio de la izquierda ha alterado notablemente el panorama político. Para la izquierda, el rival político inmediato es el nacionalismo populista. Hay que ganar esa batalla para poder luego competir con la previsible combinación liberal-conservadora en la segunda vuelta. Esto supone un cambio de paradigma en la política de la V República.

Tras la irrupción electoral del Frente Nacional a finales de los noventa, eran los candidatos de la derecha gaullista o del centro-derecha liberal los que tenían que descartar a los ultras para confiar luego en contar con el voto de sus electores en la confrontación final con la izquierda, generalmente el PSF y, en menor medida, el PCF o los ecolos. Pero cuando la ultraderecha comenzó a hacerse fuerte, se impuso el llamado pacto republicano, es decir la alianza de conveniencia del consenso centrista, para cerrar el paso a la extrema derecha.

Esa estrategia ha sido una de las causas del ascenso de los nacional-populistas, que han generado un discurso victimista no exento de realidad sobre los trucos del sistema político diseñado por las élites para marginar la voluntad popular nacional. Después de asegurar una base conservadora original, Marine Le Pen profundizó su estrategia de extensión de la base electoral hasta alcanzar los caladeros de la izquierda en poblaciones de fuerte depresión económica, notable impacto migratorio y desigual reparto de la riqueza. Ya ocurrió en 2012, con más intensidad en 2017 y con indiscutibles resultados este año, en las presidenciales. Las legislativas se han convertido en una cita existencial para la izquierda.

En este doble esfuerzo, contra la ultraderecha y contra la derecha liberal, las formaciones de izquierda que ahora buscan desesperadamente un acuerdo unitario sobre la bocina, han evidenciado claras diferencias. Mientras socialistas y ecologistas perdedores en primera vuelta han optado por recomendar tradicionalmente el voto a las “candidaturas republicanas” (es decir, liberales o incluso conservadores) “para frenar a la extrema derecha”, los insumisos han sido siempre menos complacientes o completamente hostiles a esta plasmación electoral del consenso centrista. El propio Melenchon proclamó, tras los resultados de la primera vuelta de las recientes presidenciales, que “ningún voto debería ir a Le Pen” en la segunda vuelta, pero sin por ello animar a sus seguidores a votar por Macron, como hicieron, aunque fuera de mala gana, los candidatos socialistas y ecologistas. Los comunistas, aunque más circunspectos, también se mostraron partidarios de elegir lo malo antes que lo peor.

CONSOLIDAR LA OPOSICIÓN

Si el 3 de mayo se ha aireado como fecha emblemática no lo es menos este 2022, que marca el 50º aniversario del “programa común”, el pacto entre socialistas, comunistas y radicales que en 1972 sentó la bases de la conquista del poder por la izquierda una década después, con Mitterrand en el Eliseo y una mayoría en la Asamblea Nacional. Aquel acuerdo también fue complicado y frágil, sometido a tensiones constantes y recriminaciones permanentes. La unidad apenas duró tres años. Mitterrand, que nunca confió en los comunistas, se avino a ello por necesidad táctica. Ahora el panorama es muy distinto: los socialistas ya no escriben la partitura, los comunistas ya no pueden exhibir su potencia de percusión y los ecologistas están muy lejos de armonía táctica de sus correligionarios alemanes. El director de orquesta es un personaje flamboyant y privado de la condición presidencial por el radicalismo de sus posiciones. La unidad que ahora se plantea no tiene como objetivo el poder, sino la forja de una oposición digna de tal nombre.