Si hay algo que ya debemos agradecer a Trump es haber sacudido, de momento, la caspa sobre los hombros del paupérrimo debate nacional: Las acaloradas y sesudas reflexiones sobre normas de Comités Federales, “primarias para ti que para mí no tengo”; congresos en la lontananza existencialista;  heredades de plusvalías inmobiliarias emergentes y la avocación a un gobierno de contrición al que el caprichoso destino nos ha llevado, son temas ya menores con la transmutación del “Cavalierismo” italiano a la Gran Manzana, como ya hiciera Vito Andolini hace más de un siglo.

Es curioso, mejor dicho sintomático, que lo que apenas un nada temporal eran las simples manifestaciones histriónicas de un nuevo payaso mediático, comprador de voluntades con su indecorosa fortuna (pues ya los años te dicen que nadie decente y honesto se hace rico, salvo que te toque la Primitiva), pasa a ser un suceso histórico de dimensiones parecidas al nombramiento de Adolfo Hitler como Führer und Reichskanzler en el año 1933. No sé si esto es lo preocupante o es peor la consideración de aquellos que dicen que se ha producido la “Rebelión de las Masas” ante el agotamiento y descomposición del Estado Democrático Liberal Burgués.

En todo caso, de vez en cuando la vida nos invita a tomar con ella una taza de amarga achicoria y nos hace sentar en sucio, rugoso y feo adoquín como diciéndonos: “¿Tu quién te creías que eras?”. Y los maestros que te contaron lo que pasó y como será nos engañaron; lo habían leído en el prólogo de un libro de alquimia.

Claro está: ¿qué podríamos haber hecho nosotros? Tan sólo somos ciudadanos periféricos de donde se parte el pastel, y nos preguntamos si la cosa hubiera sido distinta si hubiéramos votado nosotros. No se preocupe la respuesta es NO. La prueba está en mirar las hojas del calendario el 25 de diciembre de 2015 y 26 de junio de 2016. Verá que lo allí elegido son los matices de lo sucedido en USA, y además hay que consolarse, puede ser aún peor. “Al tiempo”.

Hacer un análisis serio y riguroso de lo que ha pasado y puede pasar (y como nos puede afectar)  requiere más espacio. El problema es que no nos vaya a pasar como a aquel Juez, que mientras pensaba cómo se repartía la cosecha entre colindantes ellos prendieron fuego al grano. Si ayer lo importante era lo que decía Trump, y no lo que se decía de ello ahora hay que estar atento a lo que se hace, tanto por él como por sus empoderados.

¿Qué hacemos los demás? Hay varias actitudes al respecto: Quejarnos de ello según lo veamos venir, e incluso crear un grupo en una red social entre los amigos y comentarlo, mandando muchos “memes”; confiar en que políticos y líderes del “sistema” reaccionen, den respuesta a las incertidumbres y tracen las garantías que den seguridad a la sociedad; y por último, si pensamos que estos no lo van a hacer, y lo que pasa no es una broma que nos gastan, que ya está bien de despertarse sin saber que pasa, pues habrá que empezar a hacer algo más que indignarse.

Ni antisistema con cuentas bancarias que somos incapaces de leer. Ni los que, como respuesta, queman el contenedor que pagamos nosotros. Ni populistas de la ordinariez y la grosería masculina envueltos en redentores de todos, ricos y pobres. Ni aquellos que se arrogan  la herencia de una revolución perdida, gestual y semántica, que justifican el grano de su ojo pues no era malintencionado, y especular 20.000€ es menos especular éticamente que 20.000 millones.

Este primer martes, después del primer lunes de noviembre, tiene que servirnos para no mirar al lado. Si mirar atrás para saber lo que pasó y puede volver a suceder, y al frente para construir un porvenir que sea distinto. Eso no se consigue con menos democracia, pues volveríamos a que no votaran los negros, luego las mujeres y finalmente los que no dispongan de renta…, es un camino recorrido, que ya conocemos.

Requerimos más democracia, votar más y en más sitios, pero sobre todo necesitamos no convertir a los votantes en vulgares consumidores de “manteca de cacahuete”, que dicen en todas las películas de Hollywood, que debe estar horrible pero en la tele se presenta  como el más  dulce manjar.

Ciudadanos libres, responsables y consecuentes, conocedores del tiempo que les ha tocado vivir. A estos ciudadanos no les puede valer cualquier liderazgo político; no es una imagen. Por bien que hable o tenga cara de buena persona, tienen que ser líderes con convicciones, coherentes, sensatos, diciendo cómo quieren resolver los problemas, con quién y en cuánto tiempo. Líderes que no vivan de estrechar manos, dar besos y sonrisas telegénicas. Esta labor de selección como ciudadano no es delegable.

La cuestión está en romper la dinámica de abulia, conformismo, desinterés y resignación que en este momento nos invade a todos. Eso llegará próximamente. De momento habrá que quedar a tomar muchos cafés para animarnos entre todos, pero café.