Encuestas, estadísticas, datos, estudios pueden servir para analizar tendencias, encuadrar problemas dándoles su dimensión, fundamentar ideas, incluso para concretar proyectos en búsqueda de soluciones. Ahora bien, casi siempre la realidad cotidiana, la que vivimos todos por igual, sin pretender encontrar el rigor científico de lo que está pasando, es mucho más cruda. La tenemos delante de nuestros ojos y la vemos pasar día a día y nos ocupa o preocupa más o menos en función de la distancia que pongamos entre ella y nosotros, pero está ahí.

Las estadísticas, por ejemplo, nos dicen que la tasa de violencia de género en España es de 2,65 por cada cien mil habitantes frente a la de Suecia, que es de casi 57, ¿hay menos o se denuncia menos?  podíamos preguntarnos. Por ejemplo, en datos de EUROSTAT del 2015, se nos dice que se registraron 215.000 delitos sexuales violentos en la Unión Europea. Cerca de 80.000 fueron violaciones. Más escandaloso es otro dato de 2014, según el cual 25 millones de mujeres europeas fueron víctimas de violencia machista en ese año.

En el informe Violencia de género contra las mujeres: una encuesta a escala de la UE (2014) elaborado por la European Union Agency for Fundamental Rights se afirma que en Europa una de cada tres mujeres (33  %) ha experimentado violencia física y/o sexual desde los 15 años de edad. Paradójicamente sigue habiendo renuencia a denunciar y las tasas de denuncia de incidentes de violencia contra las mujeres a la policía u otros servicios son aún muy bajas.

En definitiva, considerando todos los estudios y estadísticas llegaremos a una conclusión dramática: a pesar de las políticas que los Estados instrumentan y la propia UE, el cambio social no se está produciendo con la rapidez y urgencia que sería necesario. Ello nos conduce, a primera vista, a algunas percepciones: En primer lugar, el endurecimiento punitivo no es suficiente, las medidas educativas tampoco, la efectividad es dudosa en los sistemas de protección, empezando por las órdenes de alejamiento y por el sistema de atención preventiva a víctimas de violencia machista y sus entornos emocionales y familiares tampoco. Sí, pero no parece que se tenga la solución.

Una cosa alimenta a otra.  Igualar en todos los órdenes la posición de las mujeres a los hombres es un objetivo que hay que alcanzar sin más demora; ello incluye romper los techos de cristal, pero hay más, se tiene que terminar imperiosamente con la desigualdad en el acceso al trabajo y garantizar la independencia económica, esto sí fortalecería a las mujeres para no tener miedo a denunciar. No hay que buscar ningún porqué, es cuestión de justicia humana.

Estos últimos días hemos vivido hechos descarnados, sin explicación posible. Hechos propios del  terrorismo más cruel, lejanos de la condición humana. No recuerdo haber visto a ningún periodista preguntarle por el hecho al Presidente del Gobierno en sus comparecencias en USA; si las hubo, no recuerdo que la incluyeran en sus noticiarios. Se estaba más pendiente de las grabaciones realizadas por un chantajista dedicado a gravar a sus ingenuos comensales. A tipos que reconocen que montan casas de citas para obtener información con la que traficar. Es vomitivo y todos entran en el juego pernicioso e inmoral.

Los medios de comunicación están muy lejos de hacer lo que pueden. No crean que vale con anunciar, después de dar una crónica sobre un feminicidio, el teléfono 016. Eso es cinismo e impostura. Hay que ser riguroso en cómo se abordan los crímenes. Es patético siempre acabar en lo mismo, preguntar al vecino si se lo esperaban o no, o tonterías parecidas. La frivolidad con la cual se acomete la violencia de género en las tertulias televisivas es muy preocupante, pues eso termina siendo el debate público. Hace falta sacar los crímenes machistas del espectáculo en el que se está convirtiendo todo. Estos crímenes dentro de poco dejarán de preocupar y será un relato gore. Lo vivimos con el terrorismo: ¡Un crimen más!

Hay que poner pie en pared y racionalizar con toda crudeza. No es una cuestión ideológica, es algo más profundo, de esencia humana. Si en la sociedad existe una enfermedad social con trágicas consecuencias personales un día sí y otro también, hay que encontrar nuevas estrategias de manera inmediata pues parece que lo hecho es escaso. Ello por sí solo sería motivo para tener un presupuesto que las dotara suficientemente. Jugar con el dinero público es aquí reírse de la vida de los demás. Luego hay que saber cómo se invierte de manera eficiente.

Terminemos con las encuestas. Es preocupante que la ciudadanía española no considere, en el reciente barómetro del CIS, que la violencia de género es un serio y preocupante problema de todos. Hay  que reaccionar, no como una impostura, no con dobles lenguajes, no pensando que el problema es de otros. Es de todos y todos nos debemos sentir igualmente avergonzados.