Los que hace años utilizaban quiasmos similares al título de este artículo se referían a “armas” de verdad”, no en sentido figurado. Por eso, hablaban sin recato de imponer la “dialéctica de los puños y las pistolas a la lógica de los votos”. No solo en Alemania o Italia, sino también en España, en momentos históricos en los que el choque entre las dos España era considerado como un destino inevitable.

De ahí el estremecimiento que nos causa a muchos ver como desde ciertas plataformas y sectores se utilizan conceptos, argumentos y tópicos que no solo son propios de otra época, sino que hoy en día son ajenos al sentir de la inmensa mayoría de españoles que queremos y asumimos la democracia como el “mejor sistema de gobierno posible y deseable”, o como “el menos malo”, según sostenía Churchill. Y, sobre todo, somos personas de talante pacífico a las que no se nos ocurriría enzarzarnos en peleas y luchas fraticidas por un quítame allá esas pajas.

¿En qué se parece la España de nuestros días a la de los años treinta del siglo pasado, que tan desafortunadamente han recordado recientemente algunos fanáticos, calculando la enorme cifra de españoles a los que habría que fusilar –según ellos– hoy en día para intentar imponer sus ideas –o lo que sea–? La verdad es que no se parecen en nada, por más que ciertos personajes se empeñen en torcer el gesto, impostar las voces, agriar el talante e intentar caricaturizar viejas formas de pensar y actuar.

Hoy en día estamos otra vez ante gestos e insultos que intentan contaminar la vida política con ideas, talantes, artefactos y proyectos que no sintonizan en absoluto con la realidad actual. Por eso, la crispación, el odio, los insultos y la inclinación a trocar el espíritu argumentativo y civilizado propio de una “oposición leal”, en pulsiones de odio y “destrucción”, como recordaba recientemente Carmen Calvo, es algo que no solo no tiene encaje en la lógica de la democracia, sino que tampoco es compatible con el más elemental espíritu pacífico de convivencia.

En estas fiestas navideñas mis hijos me regalaron un bonito libro de fotografías sobre diferentes etapas de la vida y de los paisajes madrileños. Viendo aquellas fotos sobre el Madrid de principios del siglo XX y hasta los años treinta, no podía dejar de pensar en las pobres condiciones de vida de muchas de aquellas personas delgadas y pobremente vestidas cuyos rostros aparecían en muchas imágenes. Niños, obreros y mujeres sin oportunidades de educación y bienestar, en casas y barrios carentes de adecuadas condiciones de vida; y junto a ellos los enormes contrastes con otros sectores sociales. ¡Cuánto poderío y soberbia traslucían algunas otras fotos! Y en relación con estos pensamientos afloraban los recuerdos sobre las situaciones políticas que se reflejaban en determinadas imágenes de la época.

En una foto de Alfonso de 1936 se veía a grupos de personas en la calle de Alcalá arremolinadas en torno a grandes carteles electorales en los que se podían leer argumentos y eslóganes que ponían en boca de un Carlos Marx imponente con su barbada cabeza, lo siguiente: “La sustitución del Estado capitalista por el Estado proletario es imposible sin una revolución violenta”. Junto a estas imágenes otros retratos de Stalin y de Lenin animaban a seguir su camino.

Aquello me hizo recordar inmediatamente otras fotos famosas de aquellos días en la Puerta del Sol con un gran cartelón de un conocido líder de la derecha que, imitando la propaganda y los eslóganes nazis de la época, reclamaba una mayoría aplastante en el Parlamento, con frases e imágenes que no se apartaban de las que en aquellos tiempos utilizaban Adolf Hitler y sus matones.

¿En qué se parece la sociedad española actual y la vida política de la España de nuestros días a la de entonces? Absolutamente en nada. ¿De qué debaten realmente algunos en la España actual? ¿Qué están planteando exactamente los sectores políticos a los que algunos motan de superradicales y sumamente peligrosos? En realidad, lo que se debate es si se sube un poco más el salario mínimo, o si se garantiza más firmemente el poder adquisitivo de las pensiones, o si es pertinente o no una ley que despenalice la eutanasia –como ocurrió con otras despenalizaciones anteriores–, o si se apoya más o menos a la educación pública en comparación con la concertada. Y, ya rozando el campo del ridículo, si se pide o no se pide “oficialmente” (?) al CIS que pregunte en sus encuestas sobre la opinión que los españoles tienen de la Monarquía con la fórmula exacta que determinados diputados tienen sobre la manera en la que esto “tiene” que ser preguntado por el CIS.

Cuando dentro de algunos años los analistas de la época o los lectores y observadores de fuentes gráficas analicen y visualicen documentos sobre estos debates seguro que se quedarán sorprendidos por las disonancias que podrán observar entre determinados gestos agriados y ciertas palabras gruesas e insultantes, y la verdadera naturaleza de las cuestiones sobre las que algunos discutían.

De hecho, muchos ciudadanos en nuestros días ya perciben las disonancias y no acaban de entender por qué algunos están avivando un clima de crispación y de agresividad tan innecesario como improcedente. ¿No será puro teatro? –se preguntan. ¿O simples mentiras amplificadas hasta extremos inauditos, siguiendo el famoso criterio de que “las mentiras políticas cuanto más grandes mejor”, como pontificó Goebbles?

Lo cierto es que la sociedad española actual está tan lejos de estos talantes, artefactos y comportamientos como lo estaba la vieja propaganda franquista y nacional-catolicista sobre la verdadera realidad de la Segunda República.

Por eso los que éramos estudiantes en aquellos tiempos –sobre todo en colegios religiosos “preconciliares”– teníamos un contraste inmediato y certero no solo en nuestras propias familias y entornos cercanos, sino también en los viejos líderes republicanos que fuimos conociendo a lo largo de nuestras vidas.

No sé si alguna vez escribiré –y menos aún si publicaré– mis memorias sobre aquel período clave en la vida que va desde la infancia y adolescencia, hasta la juventud y vida adulta, pero lo cierto es que muchas veces me acuerdo del impacto que me causaron en su día algunas conversaciones con “republicanos” de diferente filiación política a los que conocí tanto en mi Santander natal, primero, y luego en Toulouse, y desde luego en Madrid durante mi juventud, en los entornos abiertos del PSOE al principio, y luego en el propio PSOE como tal, hasta tener el privilegio de haber conocido y charlado con personas como Joaquín Prats, con Mario Tanco en mi Agrupación Local y, en especial, con Ramón Rubial, en las Comisiones Ejecutivas del PSOE en las que coincidí con él durante cerca de ocho años.

Pero, más allá de la impresión general que me causaron muchos de aquellos grandes humanistas que eran –casi sin excepción– las personas de la “otra España”, varias veces he recordado a un viejo profesor de matemáticas, alineado con las posturas moderadas de Indalecio Prieto, con el que después de su regreso de un largo exilio en América Latina, disfruté de conversaciones dilatadas. Recuerdo en especial que varias veces me explicó su teoría del diario ABC. Para aquel socialista dicho periódico era el paradigma de todos los males de la política española y el principal muñidor de maniobras erosivas y proyectos de insurrecciones y golpes de Estado contra la República española –aunque no solo–. Por eso, sostenía –estábamos en los primeros años de la década de los setenta– que si hubiera un millonario español de talante moderno e inteligente que quisiera hacer un gran servicio a la sociedad española, lo mejor que podría hacer era comprar el ABC y sacarlo de la sima regresiva en la que estaba sumido, convirtiéndolo en un periódico moderno, civilizado y sobre todo inteligentemente democrático. “Si esto se hiciera –sostenía– se habría realizado buena parte del trabajo necesario para lograr que España fuera una democracia normal, como otros países europeos”.

La verdad es que estas reflexiones las tenía olvidadas en el pasado, en tanto que otras anécdotas y recuerdos de este socialista las he recordado en diversas ocasiones.

De hecho, durante algunos años la imagen del diario ABC como “proto-coco” ultra-reaccionario de la derechona, perdió vigencia en la cotidianidad política, debido posiblemente no solo al talante más razonable de algunos de sus directores, como José Antonio Zarzalejos, así como por algunos de los artículos de opinión que eran acogidos en sus páginas, escritos por socialistas y académicos tan prestigiosos como Gregorio Peces-Barba, Enrique Mújica, o mi buen amigo Pedro de Vega, así como por la labor de periodistas rigurosos que seguían la información del PSOE, como esa magnífica persona que era Gonzalo López Alba.

Sea como sea, lo cierto es que la especial inquina que han cogido en los últimos tiempos al CIS de Tezanos en el Diario ABC me ha hecho recordar aquella vieja teoría-historia, como signo ilustrativo de un ABC que ha vuelto al túnel del tiempo, y permanece empeñado en una operación de voxicización del PP y de retorno a los talantes más regresivos y agresivos de la derechona histórica española, a la que cada vez es más difícil –e inapropiado– considerar como parte de la “derecha inteligente” y pactista que hizo posible, entre otras cosas, la Transición Democrática, y dos períodos dilatados de gobierno institucional del PP.

Pero, como casi siempre ocurre con las repeticiones de los acontecimientos en la historia, en esta ocasión estamos ante una repetición que corre el riesgo de ser básicamente chusca y desproporcionada. Por eso, en el quiasmo que da título a este artículo más que hablar de “arma o armas” hablo de “armatostes”, por calificarlo de alguna manera. “Armatostes” argumentativos y denostadores, además de un tanto chuscos, “descacharrados” y bastante disparatados, aunque no por ello menos peligrosos, como hemos visto estos días en el esperpéntico intento de Golpe de Estado en Estados Unidos.

Aunque sé perfectamente que todos los que estamos en actividades públicas tenemos que asumir que “la crítica” va en el sueldo que se nos paga –que no es tan alto como algunos sostienen–, lo cierto es que cuando la crítica se convierte en una inquina recurrente que no se basa en hecho ciertos, sino en falacias e invenciones tan simplonas, se acaba perdiendo la perspectiva de qué es lo que realmente pretende el ABC; y uno no puede por menos que preguntarse: ¿serán también falacias y mentiras las demás informaciones y críticas que el ABC recoge en sus páginas?

Personalmente, soy consciente de que criticar al CIS de Tezanos, si es necesario “porque sí”, y como una rutina más, se ha convertido en uno de los tópicos de la actual derechona, en su afán de “destruir” a Pedro Sánchez y a su “gobierno socio-comunista-chavista-madurista” (¡qué despropósito tan enorme!). Lo que ha dejado de ser una estrategia opositora (con algo de inteligencia) para convertirse en una mera estrategia destructora (Carmen Calvo dixit). Por eso, hace tiempo que he dejado de preocuparme por ciertos artículos e informaciones disparatadas sobre el CIS de Tezanos. A veces, incluso me imagino a ciertos malos periodistas sobrecogedores cumplimentando impresos justificativos o haciendo colas para cobrar estipendios cotizados a tanto el insulto o la mentira, según la entidad correspondiente.

No por eso ha dejado de llamarme la atención la manera en la que desprecian nuestra buena fe algunos de los conmilitones del ABC y otros medios de la derechona, a los que el buen talante de la Jefa de prensa del CIS y las inclinaciones amigables de este periodista no consumado que llevo dentro desde la infancia, nos lleva en ocasiones a intentar aclarar determinadas informaciones que no se corresponden en absoluto con los hechos y que desenfocan las realidades de las que dan cuenta algunos medios. Lo que hace de determinados artículos e informaciones un paradigma de lo que no debe hacer un periodista o un analista digno y respetuoso de la verdad.

De hecho, algunos de los últimos artículos publicados en ABC y en otros medios concomitantes, se han convertido en un paradigma repetitivo de la crítica al CIS de Tezanos, calificando cualquier dato del CIS como una intoxicación política. Últimamente parece que la consigna es que yo he puesto el CIS al servicio de los intereses de Salvador Illa y, en último término, del PSOE de Pedro Sánchez. ¿Por qué? Pues sencillamente, según una peculiar forma de razonar, porque he incluido el nombre de Salvador Illa entre los ministros/as que son objeto de evaluación en los barómetros del CIS (en concreto en el del mes de octubre), como hace regularmente el CIS con todos los ministros de todos los gobiernos de España desde hace años. ¿Qué querían tan curiosos opinantes? ¿Que elimine su nombre para que nadie se diera –o se dé– cuenta de que está, junto con Nadia Calviño, entre los ministros más conocidos y mejor valorados del actual Gobierno?

Pero, no contentos con estos despropósitos argumentativos, parece que algunos también pretenden que en los barómetros más recientes del CIS (de noviembre y diciembre) donde se incluyó un pequeño apéndice sobre las elecciones de Cataluña –como suele ser habitual– a aquellos encuestados catalanes que mencionaban a Salvador Illa como la persona preferida para próximo Presidente de la Generalitat, les tacháramos el nombre de Illa todas las veces que lo mencionaran en preguntas que no son “cerradas” y en las que el CIS toma nota de los nombres que mencionan los encuestados, sin poner límites a que puedan citar otros diferentes a los que están precodificados. ¿Qué quieren algunos que hiciéramos en el CIS? ¿Suprimir y no anotar el nombre de Salvador Illa cada vez que fuera mencionado? Y todo ello ¿para qué? ¿Para no enfadar a los mandamases de la derechona política?

Pero, a más y más, como dicen los catalanes, el desafuero de ciertas críticas lleva también a determinados personajes a criticar al CIS por incluir en una relación de líderes políticos de Cataluña sobre los que se piden valoraciones el nombre de Salvador Illa, a pesar de que esta es exactamente la relación que incluye en sus encuestas –la de octubre, en concreto– el CEO (el CIS catalán, como dicen algunos). ¿Cómo se podría justificar que el CIS suprimiera el nombre de un líder catalán tan conocido que es evaluado por un organismo dependiente del actual Gobierno catalán? ¿Acaso no debe ser considerado como un líder catalán una persona que es Secretario de Organización de un partido tan destacado como el PSC? ¿Por qué tanto empeño en criticar que el CIS haya preguntado por él? ¿Dónde está, pues, el problema? ¿En el CIS o en la mentalidad censora y autocrática de algunos?

Pero es que, además, los datos de todas estas encuestas del CIS se publican con total transparencia en la web de este organismo inmediatamente, de forma que cualquiera –no solo el gobierno– puede tener conocimiento de los mismos datos. ¿Dónde está, pues la ventaja del gobierno y del PSOE en conocer unos datos que son públicos? ¿Dónde está la operación partidista e intoxicadora del CIS del Tezanos? Y ¿dónde está la supuesta repetición de esa misma “estratagema” en otras encuestas? ¿Qué estratagema?

No sé si algunos autores de ciertos artículos –algunos con notables apellidos del viejo establishment franquista– han trabajado alguna vez y en algún lugar como censores, pero lo cierto es que dotados de espíritu censor sí que están.Amén de cierta simpleza, por pretender que el CIS de Tezanos censure sus datos, y además lo haga en contra de las opiniones sobre un ministro que forma parte de este gobierno “malvado” que tanto obsesiona a ciertos fanáticos de la derechona? Es decir, ¿también pretenden que actuemos como tontos de capirote, y nos critican por no serlo?

Como asunto peculiar, la verdad es que todo esto tiene cierta gracia; pero el problema puede llegar –de hecho ha llegado ya– cuando el furor crítico es tan exagerado que a algunos les nubla la visión y no les permite darse cuenta ni siquiera cuando critican cosas y datos que pueden resultar favorables a algunos de sus más queridos puntos de vista, como ya ha sucedido en relación, por ejemplo, a las opiniones de aquellos que no consideran en estos momentos a la Monarquía entre los principales problemas de España. De hecho, ciertos opinadores del ABC –y similares– parece que ante cualquier encuesta del CIS solo se dignan usar la cabeza para envestir, sin detenerse a leer antes de criticar y a pensar, aunque solo sea un momento, ni a seguir el sabio consejo de contar hasta diez antes de lanzar los improperios previstos en el argumentario de turno. Lo que en ocasiones lleva a hacer el ridículo y a causar disfunciones a diestro y siniestro, no importa por qué ni para qué, ni en qué dirección.

¿No habrá por ahí un multimillonario inteligente y de espíritu benefactor dispuesto a hacer un favor a la sociedad española y a la derecha inteligente?