2018 es un año cargado de efemérides, de acontecimientos que se conmemoran o se recuerdan y que constituyen parte esencial de nuestras raíces.

La frondosidad de los árboles no solo es lo que vemos, sino las raíces que los sujetan. Así somos nosotros: sujetos históricos; cofres llenos de memoria, de sucesos, de acontecimientos, de mitos. Aunque, en este nuevo siglo XXI, parece que solo vivamos en y por el presente, desanclados de raíces, sin entender muchas veces de dónde venimos y qué queremos proyectar.

Vivimos a tal velocidad que olvidamos pronto. La tecnología hace que todo quede obsoleto rápidamente, no solo las herramientas, sin entender la transformación que estamos viviendo.

A raíz de la inauguración del curso universitario en Gandía, tuve la ocasión de detenerme a pensar cómo se construye un puente entre dos siglos, especialmente para los que estamos anclados en el XX e intentamos comprender la velocidad vertiginosa de los cambios actuales. Y comencé recordando algunas efemérides que se celebran este 2018, y que para mí, personalmente, son significativas. Seguro que hay muchas más, pero estas nos han dejado huella:

  • Celebramos el bicentenario del nacimiento de Carlos Marx, que, como dijo José Luis López Aranguren, “su nombre es el más escalofriante de todos los nombres propios de personas que estremecen, no por crímenes, sino por puras doctrinas”.
  • Y mucho tuvo que ver la doctrina marxista con la mayor movilización social y cultural del siglo XX: Mayo del 68, que todavía emociona a los que entonces fueron jóvenes, y de la que hoy se conmemoran 50 años.
  • Un mes antes, el 4 de abril de 1968, fallecía un luchador pacifista por los Derechos Humanos, Martin Luther King, quien nos dejó su compromiso vital:Tengo un sueño, un solo sueño, seguir soñando. Soñar con la libertad, soñar con la justicia, soñar con la igualdad y ojalá ya no tuviera necesidad de soñarlas”.
  • 70 años se cumplen justamente de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que siguen siendo una guía ética de acción imprescindible. “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”.
  • Pero, para llegar a esa Declaración, todavía por aplicar, tuvieron que transcurrir 20 siglos y muchas barbaries. Entre ellas, la I Guerra Mundial, llamada la Gran Guerra, de la que, también este año, se conmemora el centenario de su finalización.
  • Antes de que finalizara, ese mismo año de 1918, nació otro hombre que hizo historia, Nelson Mandela, y que reivindicó que: “Nadie nace odiando a otra persona”.
  • Y, más cerca, en nuestra casa, renaciendo del dolor y el terror de la Dictadura franquista, conmemoramos un gran éxito político y social, la Constitución Española, que cumple 40 años. Y que se encuentra en la paradoja de ser revisada para ser útil al futuro y para ser respetada por todos los españoles que no tuvimos ocasión de votarla; al tiempo que ha demostrado su vigor, por ejemplo, con la inédita moción de censura que se produjo el pasado 1 de junio y sus consecuencias políticas.
  • Y, también este año, se conmemora el centenario del nacimiento de uno de los redactores del Preámbulo de nuestra Constitución, y que, para mí, es una de mis referencias intelectuales así como de coherencia política: el conocido como “Viejo Profesor”, Enrique Tierno Galván.

El siglo XX fue una época densa de acontecimientos, que reúne la mayor muestra de civilización y progreso junto a los sucesos más bárbaros y crueles. Por una parte, dos guerras mundiales, la segunda de ellas alcanzó las cotas más impensables de barbarie e infierno producido por la mente humana; dictaduras sangrientas que condenaron a un continente como América del Sur; el inicio de siglo con la Revolución de Octubre, el imperio del comunismo y la caída de todo ese sistema; la descolonización del continente africano o de gran parte de Asia. Por otra parte, la segunda mitad del siglo XX trajo el contrato social más importante que hasta entonces se ha producido, el Estado de Bienestar, y que aportó la época de mayor prosperidad y paz que nunca ha vivido Europa. El mejor sistema político y económico que hasta el momento conocemos.

La desesperanza y la esperanza se han alternado a lo largo del siglo; la destrucción y la construcción;  cuyo final nos ha dejado envueltos en una grave crisis de confianza, y arrojándonos a una época de incertidumbres. 1989 fue una fecha decisiva para ahondar en el final de las ideologías o en la supremacía de una de ellas.

A mediados de los años 70, aparece también el neoconservadurismo, no solamente como una acción política, sino también como una ideología social y cultural, dispuesta a modificar la esencia del ser humano, para convertirnos en lo que conocemos como un homo economicus, individualista, maximizador de su bienestar, ajeno al bien común, cuyo éxito y felicidad se mide en términos económicos.

Y también en esa época aparecieron los fenómenos de la globalización, la tecnología y la sociedad de la información, y la posmodernidad, que, sin duda, configuraron una sociedad diferente en la entrada del siglo XXI.

Junto con la globalización, cayeron algunos mitos que resultaban esenciales para mantener nuestras ideas políticas. Por ejemplo, se nos enseñó que con “mayor crecimiento económico, podría haber más reparto y bienestar social”; pero estamos viendo que, “a mayor crecimiento, mayor desigualdad, mayor concentración de la riqueza”.

El economista premio nobel Amartya Sen subraya que la pobreza no es solo falta de medios, sino ante todo “falta de libertad para llevar adelante los planes de vida”.

Para llevar adelante nuestros planes, nuestros proyectos personales y familiares, nuestra autoestima, nuestra independencia, siempre hemos contado con la herramienta del Trabajo. Nos enseñaron que debíamos “trabajar para vivir”. Pero hoy, trabajar ya no es suficiente ni liberador; ni siquiera, garantiza en ocasiones la supervivencia. Nuestros jóvenes se han convertido en la “generación de descenso”. Por primera vez, no podemos garantizar que vivirán mejor que sus padres, sino que su proyecto de vida se supedita al trabajo, allá dónde esté y en las condiciones que sean.

Si Karl Marx levantara la cabeza, vería que hay algo más grave que la explotación: es la inutilidad de no servir al sistema. Cada vez más seres humanos pertenecen a los “excluidos”, a la infra clase, a ese lugar social que no aparece en las pirámides económicas de la prosperidad.

El Siglo XX fue el siglo del desarrollo científico en todo su potencial. En ciento cincuenta años, la mente del ser humano ha sido capaz de inventar y disponer de más conocimiento que en toda la historia de la Humanidad. Basta señalar que el 80% de los científicos son contemporáneos nuestros.

A la Ciencia se le ha sumado la Tecnología. Estamos inmersos en un momento histórico tan importante en el sistema productivo como lo fue la Revolución Industrial. Los resultados de la investigación científica y la innovación tecnológica se han hecho cada vez más presentes en todos los aspectos de la actividad y de la vida humanas, hasta el punto de que están generando, como señala Peter Drucker, «mucho más que una transformación social, un cambio en la propia condición humana».

Porque es verdad que nunca en la historia el progreso científico ha resultado tan deslumbrante, ya no tenemos sueños de ciencia-ficción porque son realidad: clonar un ser humano o dejarlo dormir cien años. Nos hemos convertido en semi-dioses, capaces de modificar hasta las condiciones de nuestra vida como especie. Hay científicos, como José Luis Cordeira, que tan optimista como polémico, asegura que “él verá la muerte de la muerte”. Controlar el envejecimiento, no como algo inevitable, sino como una enfermedad, significa modificar la evolución de la especie.

Tenemos más herramientas que nunca, pero también más incertidumbre ante el futuro que jamás se haya sentido durante XX siglos anteriores.

Vivimos entre la esperanza y la desesperanza en una época donde lo nuevo no acaba de nacer ni lo viejo acaba de morir. Da la impresión de que los problemas y las soluciones están desencajadas, viven en planos diferentes. Como decía Ortega y Gasset: “Se siente profundo desprecio por todo o casi todo lo que se creía ayer, pero la verdad es que no se tienen aún nuevas creencias positivas”.

No hay recetas mágicas esperando ser rescatadas para aplicarlas como bálsamo a los problemas que nos rodean. Sí hay posicionamientos personales y sociales.

Y, si me preguntan cómo me siento ante el desarrollo del siglo XXI, les contestaré con la respuesta que a esa misma pregunta dio Tierno Galván, a finales del siglo XX:

“Como un escéptico con entusiasmo: una pura contradicción”.