Cada etapa histórica produce una necesidad distinta respecto a lo que comunicar, cuánto comunicar y cómo comunicarlo. Al tiempo que se aprecia nuestra comprensión por el fenómeno de la comunicación se plantea, en este nuestro momento histórico, la existencia de formas de comunicación inéditas hasta hace poco tiempo entre los seres humanos, en un escenario en donde nuevos canales y códigos comunicativos han tomado el protagonismo en las relaciones interpersonales, a la par que se ha producido una hiperconexión a nivel planetario.

Hay cuestiones de interés subyacentes. Si como plantea la Sociología de la Comunicación nuestro mundo es el lenguaje y el límite de cada uno de nosotros es el mismo, entonces el lenguaje y el mundo están íntimamente vinculados. El lenguaje surge como necesidad frente al mundo y es una forma de dar a conocer las propias experiencias y las ajenas. El lenguaje y el mundo eran, en sociedades previas a las tecnológicas avanzadas, distintas tanto para un español como para un noruego, por poner un ejemplo, porque ambas realidades eran también divergentes, por lo que el lenguaje estaba circunscrito al mundo del sujeto en concreto. Cada estructura social permitía hablar de unas cosas, lo que suponía no hablar de otras. Esto sigue aconteciendo en las sociedades desarrolladas actuales, con rasgos y peculiaridades, si bien han surgido nuevos lenguajes universales (uno muy particular es el de los llamados “emojis”), que llevan años inculcándonos las grandes multinacionales de la comunicación y la información, y al que pocos han podido sustraerse. Estamos socializados en formas de comunicación desconocidas, hasta hace unas décadas, y varias son ya las generaciones que, desde su más tierna infancia, dominan las nuevas vías comunicativas y las redes sociales virtuales.

Redes sociales virtuales que abren el abanico a un potencial enorme de contactos, con sujetos individuales o con grupos, con los que intercambiamos mensajes en variados formatos y les hacemos partícipes de lo aparentemente más íntimo de nuestro vivir (en la idea de que nos desenvolvemos en sociedades espejos de la apariencia) aunque pueda sumergirnos en espacios de aislamiento e incomprensión.

La pluralidad es uno de los valores sociales propios del mundo más desarrollado, pluralidad matizada por una progresiva homogeneización cultural. Pluralidad versus homogeneización/estandarización que conviven en todas las presentaciones y dimensiones de nuestra presencia en esta gran “aldea global”, con la traza de singularidades de comunitarismo (en la línea argumental desarrollada por el gran sociólogo alemán Ferdinand Tönnies) que tratan de no subsumirse en lo prevalente. Supervivir dentro del sistema mundo supone vivir en y vivir en y con el sistema, con la pretensión de vivir futuro y vivir mejor, lo cual exige competir en un contexto en donde el mañana parece depender cada vez menos de nuestra voluntad y deseos. Y todo ello emitido a gran escala.

Vivimos en sociedades altamente competitivas, en donde objetos y sujetos establecen nexos privativos. El objeto tiene que ser algo susceptible de posesión virtual o material (muy marcada la magnitud virtual en nuestros días), tener una alta consideración y ser valioso para la comunidad. De ahí que los sujetos sean juzgados en función de la adquisición/posesión de objetos socialmente reconocidos y no, en cambio, atendiendo a sus valores intrínsecos. Además, si estas pertenencias se retransmiten en las redes sociales, y la audiencia muestra su aprobación con “likes”, ¡no se puede pedir más! priorizándose el “tener” y/o el “hacer” sobre el “ser”, paradigma para la gran mayoría del éxito social. Tan sólo en Instagram se suben 95 millones de fotos y se intercambian 4.200 millones de “likes” en todo el planeta. Una plataforma que ha sustituido el lenguaje verbal por el visual y que sirve para que las personas se sientan más seguras, ocultas tras lo que las imágenes que exponen representan, con la consiguiente pérdida de espontaneidad, por lo que ¿dónde queda entonces el poder de la palabra? Para algunos en esta pérdida de la espontaneidad es donde situar el fracaso de la comunicación humana en nuestra civilización, en concreto, debido a que las personas tienen temor a mostrar cómo son realmente y zozobra a los efectos de presentarse tal cuál son.

Diversos trabajos confirman que los jóvenes muestran cada vez más preocupación por la imagen que proyectan en las redes sociales, por lo que seleccionan con atención las publicaciones que lanzan para lograr el mayor número de “likes” (dictadura de los “likes”). Una presión de tal alcance puede dañar su nivel de autoestima, provocarles sentimientos acusados de frustración e inferioridad; generarles problemas de identidad, al obligarles a simular una imagen de sí mismos no ajustada a la realidad, ponerles en situaciones de riesgo personal o someterles a una sobreestimulación por la búsqueda continuada de la mayor aceptación de sus seguidores. Recordemos que hace una semana un joven que se definió como “idiota profesional” escaló un rascacielos de Benidorm para hacerse un “selfie”, ante el horror de los allí presentes. En definitiva, a arrastrarles a la angustia y al quebrantamiento de su narcicismo. Con una filosofía diferente, posiblemente proveniente de su potencial económico, ya están activas algunas plataformas que son utilizadas por adolescentes que buscan expresarse con libertad sin la presión de los ‘likes’.

Otra cuestión que merece unas líneas en relación a este mundo comunicativo que discurre en las redes virtuales se vincula a la idea de aburrimiento. El aburrimiento es una actitud, que cabe diversificar en tres categorías: la de las personas que no se interesan por lo que acontece a su alrededor, pues lo que buscan es eludir las preocupaciones; el de quienes no logran salir de sí, ni tampoco estar en sí (son quienes no se  interesan por nada y se instalan en el nihilismo); el de quienes constantemente intentan vencerlo, aunque nunca lo consiguen, es decir  “no saben qué hacer”, puesto que han dejado de saber qué hacer con sus vidas y con los demás, por último y, quizá más que nunca, el aburrimiento emanado de la saturación comunicativa e informativa. Hoy en día el aburrimiento, en un escenario extendido de posibilidades y alternativas comunicativas y lúdicas, adquiere nuevas perspectivas que, bajo determinadas circunstancias personales, incitan a la incomunicación y al aislamiento. En definitiva, a la soledad, el desasosiego y la infelicidad.

Estimo que no hay una verdadera conciencia social sobre lo que es en el mundo más desarrollado una de las “epidemias” sociales del siglo XXI, la soledad, una patología invisibilizada que ya está produciendo sufrimiento a personas de diversas generaciones. En ese sentido, considero hay que debatir sobre una problemática del tal magnitud, y adoptar medidas preventivas contra la misma en todos los grupos de edad. En lo que a nuestro país se refiere hay una iniciativa para poner en marcha una Estrategia Nacional contra la Soledad, puesta la mirada en las personas mayores. Es obligado, desde mi punto de vista, ampliar el vislumbre a todos los grupos de edad, ya que el semblante en ocasiones esconde verdades a medias.