La protesta en numerosas Universidades americanas por la campaña militar israelí en Gaza se extiende y ha provocado ya medidas represivas. La inmensa mayoría de los estudiantes pide que su gobierno presione a Israel para que ponga fin a la aniquilación de Gaza, pero también que las Universidades corten sus vínculos económicos con empresas e intereses que invierten y comercian con Israel o en el negocio de la guerra. Esto último es lo que más ha irritado al establishment norteamericano.

La situación en cada uno de los campus difiere en función del alcance y la intensidad de la protesta, de la actitud y posición de los rectorados y órganos de gobierno de las universidades, de la estructura de financiación de los centros y de la presión social y política subyacente en cada caso.

El argumento de que los campamentos alteran la vida universitaria resulta extravagante. En un momento en que se pretende justificar la intervención en una guerra en Europa por la defensa de los valores liberales de la democracia resulta revelador que se responda a la expresión de rechazo y espanto ante una masacre como la de Gaza con la descalificación, el ataque a los derechos que se dice defender y, cuando esto no ha bastado, la intervención policial, la amenaza de expulsión y, finalmente, las sanciones y los arrestos estudiantiles (1).

Las autoridades académicas, que se mostraron inicialmente más comprensivos con la protesta para comprometer sus credenciales profesionales, han sido superadas. Sectores de estudiantes favorables a Israel han reaccionado apelando al sufrimiento histórico del pueblo judío y enfrentándose a los críticos. Lo que ha derivado en choque a veces violentos entre unos y otros.

Nuevamente, se vuelve a confundir una comunidad étnica, un pueblo o una religión con una realidad política, en este caso Israel. Esa es la argucia que utilizan los defensores a ultranza de ese Estado para justificar sus políticas: convertir una crítica política en un impulso racista, en un instinto de odio. Todo es antisemitismo. De esta forma, no sólo se desautorizan política o moralmente las críticas. Lo más relevante es que, al señalar que existe un delito de odio, se justifican las medidas represivas.

Los estudiantes más activos escalaron el desafío, ocupando edificios administrativos. El caso más destacado ha sido el de la neoyorquina Columbia (2), que acabó con la detención de un centenar de ellos, el pasado fin de semana. Lejos de apagar la protesta, la represión ha generado otros focos de radicalización, singularmente California. Hay ya más de un 1.300 estudiantes detenidos en todo el país.

La prensa liberal americana hace difíciles equilibrios para, de un lado, defender la libertad de expresión y, por otro, condenar expresiones que no duda en calificar de antisemitas, asumiendo el discurso oficial dominante. Se citan manifestaciones radicales de algunos estudiantes, aunque se admite que son minoritarios (3).

LA DIMENSIÓN POLÍTICA

Las autoridades norteamericanas pretenden sofocar la expresión de hartazgo de un sector de la sociedad ante la impunidad con que Israel está practicando su venganza por el ataque sufrido el 7 de octubre y la hipocresía de la administración, que dice rechazar el comportamiento de su aliado, pero le sigue procurando armas, dinero y blindaje internacional. En este apoyo acerado coinciden los dos partidos que monopolizan el poder institucional, aunque los republicanos se hayan manifestado de manera más agresiva: algunos ha solicitado incluso la intervención de la Guardia Nacional para acabar con la protesta.

Se repite con frecuencia el peso del lobby judío, la sólida influencia de esa comunidad en el sistema financiero, en el sostenimiento y promoción de las carreras políticas, en la penetración en los medios y en otros ámbitos que crean opinión en Estados Unidos. Con ser ciertas estas apreciaciones, en términos generales, lo cierto es que la base de la relación privilegiada reside en una alianza estratégica que asegura la defensa de los intereses norteamericanos en una zona del mundo que ha sido fundamental para la economía, aunque en los últimos tiempos se haya reducido su peso por la explotación de crudo y el descubrimiento de nuevas fuentes de energía en territorio nacional.

El problema para Biden es que la venganza de Israel coincide con la guerra de Ucrania y la coherencia del discurso sobre las libertades, la democracia y los valores del orden liberal ha saltado por los aires, y así se lo recuerdan, ya sin pelos en la lengua, incluso sus aliados en otras zonas del mundo, eso que se viene en llamar el Sur Global (4).

Gaza -Palestina, en general- se ha insertado en el debate político interno y, con particular acrimonia, en el propio Partido Demócrata. El sector más progresista no se conforma con las regañinas de su Presidente al Primer ministro israelí, ni con la expresión pública de discrepancias sobre la forma de conducir una guerra que sigue calificando de “legitima”. Exigen medidas concretas para acabar con la matanza, que permita el auxilio a una población civil exangüe y martirizada, que obligue a una negociación realista para liberar a los israelíes en poder de Hamas; en definitiva, que fuerce a Israel a parar la guerra (5).

En estos sectores demócratas críticos hay políticos de base que representan a una elevada población árabe, incluidos los palestinos; pero la mayoría son ciudadanos sensibles que se manifiestan espantados ante lo que está sucediendo.

Biden sabe que esos votos, hasta ahora seguros, se han vuelto esquivos, que en noviembre podría ampliarse la corriente de rechazo ya apuntada en las primarias. Teniendo en cuenta lo apretado que se presenta la contienda, la pérdida de esos votos puede costarle la derrota electoral y la catástrofe que supondría, para los demócratas, el regreso de Trump a la Casa Blanca. Según una encuesta de Harvard, la ventaja electoral de Biden entre los menores de 30 años es sólo de 8 puntos; en 2020 era de 23, a estas alturas de la campaña (6).

La orquestación de las discrepancias con Israel y los gestos compasivos hacia los palestinos “inocentes” resulta poco convincente para los progresistas. Biden y su equipo escenifican desde hace varias semanas su oposición al asalto de Rafah, donde han sido desplazados un millón de gazatíes. Pero no es suficiente para los críticos. Este gobierno demócrata, como los precedentes, no cuestiona la ocupación, la desposesión o la represión policial, económica y social de los palestinos: apela simplemente al sufrimiento humano y desautoriza el ánimo “inadecuado pero comprensible” de venganza. Tampoco le alcanza a la administración el rescate del proyecto de dos Estados, después de décadas de parcialidad en favor no de una solución justa sino del blindaje de los intereses israelíes, que son los de Estados Unidos.

A Netanyahu le puede interesar la consolidación de las relaciones abiertas con Arabia Saudí y la mayoría del resto del mundo árabe como recompensa a las concesiones a favor de los palestinos. Pero sus socios imprescindibles de la ultraderecha religiosa no se lo permiten y amenazan con hacer saltar el gobierno.-

LA LECCIÓN DE LA HISTORIA

Hace medio siglo, las Universidades fueron vanguardia de la protesta social contra la guerra de Vietnam. Hubo represión, violencia y crisis moral y política en todo el país. Entonces, eran americanos los que morían en aquella guerra, la inmensa mayoría, pobres, negros o hispanos, que no podían pagar el costoso proceso de exención del alistamiento o que necesitaban el salario militar para que vivieran sus familias. Biden, ya licenciado en 1965, no participó de esas movilizaciones estudiantiles, pero en sus memorias no les reserva precisamente palabras amables (7). En estos días, el presidente ha sido fiel a su trayectoria política: se ha alineado con las cúpulas bipartidistas y ha preferido destacar las alteraciones del “orden” por encima de la libertad de expresión. Y, naturalmente, ha recurrido también al antisemitismo para deslegitimar las protestas.

En 1968, los estudiantes que no aceptaban el trágala del “dominó comunista en Asia”, justificación de la intervención militar, hicieron descarrilar la Convención demócrata en Chicago, concluida en el caos. Tres meses después, accedía a la Casa Blanca un tal Richard Nixon, un político que había prometido acabar con la guerra, para luego extenderla y profundizarla en el ejercicio de su poder. Acabó vapuleado y desprestigiado como el rufián que demostró ser. Ahora, quien asoma de nuevo por la puerta del Despacho Oval es objeto de decenas de procesos judiciales: un rufián consumado. A buen seguro, los estudiantes acampados en las Universidades no olvidan este paralelo histórico.

NOTAS

(1) “Here’s where protesters on U.S. campuses have been arrested”. NEW YORK TIMES, 30 abril; “After weeks of college protests, police responses ramp up”. WASHINGTON POST, 1 mayo.

(2) “Columbia students occupy university building as tensions rise in campuses”. NIHA MASIH. WASHINGTON POST, 30 abril.

(3) “How to confront antisemitism, deal with protests- and respect free speech”. WASHINGTON POST, 29 abril.

(4) “How Washington should manage rising middle powers”. CHRITOPHER CHYVVIS & BEATRIX GEAGHAN-BREINER. FOREIGN POLICY, 30 abril.

(5) “College protests over Gaza deepen democratic rifts”. NEW YORK TIMES, 28 abril.

(6) https://iop.harvard.edu/youth-poll/47th-edition-spring-2024

(7) “A bystander to ’60 protests, Biden now becomes a target”. PETER BAKER. NEW YORK TIMES, 30 abril.