Una cuestión reiterada, cuando de estimar comportamientos electorales se trata, es la tendencia a definir todas las situaciones como equivalentes. Es la famosa presunción del equilibrio, que es verosímil en una mirada coyuntural, pero que no resiste la perspectiva longitudinal. En España hemos vivido tres ciclos electorales y un protociclo (anterior a la configuración de electorados).

En las elecciones de 1977 votaron los mayores de 21 años a una miríada de partidos sin ningún peso conocido. Multitud de partidos socialistas, partidos comunistas, movimientos, alternativas demócratas, etc. Una UCD en la que las élites conservadoras navegaron bajo bandera democrática de conveniencia. Un marasmo político, con participaciones electorales en 1979 menores incluso que en 1977 (y eso que podían votar los mayores de 18 años), donde Martín Villa era el mago de las urnas y se mantenía vivo el debate entre reforma y ruptura. Un debate que resolvió de golpe el golpe de estado de febrero de 1981; la cosa iba de reforma o nada, así que ya lo saben…  En dicho protociclo, no existía realmente una configuración definida de electorados. Por brevedad ahí lo dejo.

El primer ciclo fue de mayorías absolutas del PSOE, con una derecha en desbandada y que, hasta su refundación en PP, poco tenía que decir o contar. Si consideramos la horquilla entre el voto mínimo y máximo de la derecha, su resultado mejor ni siquiera se solapaba con el resultado mínimo del PSOE. En aquel ciclo lo difícil era fallar, y allí se fraguaron famas prospectivas apoyadas sobre la tremenda inercia de los electorados de izquierdas. Tan así era la cosa que incluso con coeficientes correctores registrando el deterioro de voto socialista se aproximaban a identificar las mayoría absolutas del PSOE. Un nivel.

El segundo ciclo, con la revitalización de la derecha concentrada en el PP y la refundación del partido comunista en una Izquierda Unida abrió una nueva etapa, en la que los decisivo era la participación. Si se acertaba con la participación, tenías el resultado. Especialmente dado que la movilización y la abstención era selectiva. Estaba segmentada. Así, cuando Felipe González clamó “He entendido el mensaje” para después laminar a los renovadores votados por las bases (Borrell y Romero cambiados a golpe de dirección por Almunia y Asunción) anticipaba la abstención de 1999 y de 2000, que dieron mayorías absolutas al PP en Comunidad Valenciana y España. Era un periodo calmo de bipartidismo basculante, donde IU actuaba como referente testimonial y la cuestión era quienes se moviliza y quienes se abstienen.

Una de las claves era el anclaje de los votantes con los partidos. La intención de voto era a un partido, como variable discreta, y en la práctica la simpatía se empleaba para imputar la indecisión, pero no como una hipótesis realista de opción de voto. Incluso votar a un partido para castigar a otro se encontraba claramente referenciado. Las elecciones no se ganaban, las perdía el contrincante, generalmente por abandono.

 

Y aquí llegó el tercer ciclo. Este ciclo lo desató la crisis económica, con un derrumbe en cascada de los electorados del PSOE en 2011 y del PP en 2015. El PSOE por unas razones sobrevenidas y el PP por mentir sobre su política económica (ya metidos en la crisis hasta las trancas). Llegaron los partidos del desengaño. La eclosión de Ciudadanos y el salto de Podemos primero, Vox después. Este tercer ciclo tiene propiedades diferentes y específicas. No solo por el multipartidismo. Los electores son diferentes. Dada la tremenda contigüidad ideológica que evidencia el origen de los partidos de derechas, la intención de voto se convierte en una respuesta múltiple. Un ciudadano podía votar PP, Ciudadanos y Vox con total naturalidad.

Una contigüidad mayor que en la izquierda, dado que la fusión fría de IU y Podemos anuló las transferencias en la izquierda (potenciando la abstención en la izquierda), y el distanciamiento del PSOE respecto a Unidas Podemos ha roto la continuidad. El puente electoral posible desde UP al PSOE es ya frágil, casi inexistente. Por eso, mientras que en la derecha el votante ni se crea ni se destruye sino que se trasforma (como la energía) votando a otro de derechas, en la izquierda el votante tiende a desvanecerse entre las rendijas que separan a los partidos progresistas.

Y aquí nos vemos intentando comprender. No solo los efectos electorales del multipartidismo, sino una intención de voto que es real en la media que es borrosa e indecisa. Tal y cómo se observa en sus cuestionarios electorales, el CIS ha efectuado un desarrollo en la medición de la intención de voto múltiple, no ya como imputación y sí como realidades alternativas, altamente dependientes de la coyuntura. Es una revolución metodológica que busca medir la naturaleza de una nueva realidad (mientras dure el tercer ciclo). La de un elector que no es unidireccional y donde la matrices de trasferencia de voto son una simplificación de una dinámica potencial de transferencias latentes múltiples. Existe un estado de salida (el recuerdo de voto) pero no un solo estado de llegada (dónde se trasfiere el voto). Una vez fuera de la diagonal (e incluso dentro de ella) los estados de llegada son múltiples. Entre partidos en la derecha y hacia la abstención en la izquierda. Esa realidad del votante en el tercer ciclo lleva a dos conclusiones. La primera, que los instrumentos de medición (cuestionarios) deben ajustarse a la nueva configuración cognitiva de los electorados en su relación con los partidos. La segunda, que alguien debería ponerse a estudiar lógica borrosa y métodos de aprendizaje de patrones (redes neuronales, por ejemplo). Ya anticipo que será que no. Cuando ni siquiera se ven las consecuencias de los cambios de ciclo ¿Cómo pedir que aprendan nuevas metodologías? Ya saben, el mantra de ponderar por recuerdo llueve, truene o haga calor… En fin. En mi caso, ya viví el inicio del primer ciclo (era técnico en el CIS trabajando en prospectiva en 1989) y el segundo (como director de investigación en 2019). Siempre en un mal ciclo para dejar de fumar. Tuvo que ser una gozada la prospectiva del primer ciclo. Solo dejarse llevar…