«Aquellos que educan bien a los niños merecen / recibir más honores que sus propios padres, / porque aquellos sólo les dieron vida, /  éstos el arte de vivir bien.» Aristóteles

 

Uno de los artículos que la revista Temas, en su número 300, abordó es el futuro de la Educación. Un asunto que merece especial atención, y más después de los datos recibidos del informe PISA.

No podían ser más desalentadores: hemos bajado puestos en la clasificación, estamos por debajo de la media europea, y bajando. Algunos de los preocupantes síntomas que dice este informe son:

  • se han obtenido los peores resultados en ciencias desde que se realizan estas pruebas, con un retroceso de 13 puntos, en relación al mejor resultado obtenido en 2013; también en matemáticas el retroceso es importante.
  • España se sitúa en la media de los 79 países examinados, aunque en renta está en los mejores situados.
  • Una de las cuestiones más preocupantes es la gran diferencia que se observa en comunidades autónomas. Según el informe, un niño de Ceuta iría tres cursos por detrás de un gallego en ciencias, y tres cursos por detrás de un navarro en matemáticas. Lo que indica un fallo en la igualdad de oportunidades.

¿Cuáles son las causas? Seguramente no hay una sola: efectivamente la LOMCE, la controvertida ley de Wert es un elemento negativo esencial; los recortes aplicados durante la crisis económica también son significativos; la inexistencia de un Pacto de Estado por la Educación es algo troncal; la continua controversia con la religión como materia curricular nos hace perder energía y desgasta el debate social.

Comunidades que deberían ser motor del conjunto de España como Madrid y Cataluña han perdido puestos de forma considerable. El gobierno del PP de Madrid, caracterizado desde hace décadas por sus recortes educativos y su degradación de lo público (tanto en educación como en sanidad); y el gobierno de Catalunya porque está inmerso en su sueño territorial que está convirtiéndose en una pesadilla social para los propios catalanes.

Ahora bien, ¿es solo eso? Hay profesores que alertan de la falta de interés de los jóvenes, de la escasa curiosidad ante las preguntas, de lo poco que se disfruta con la literatura clásica, o de no saber discernir la ingente información que circula en las redes.

Sin duda, la educación está expuesta a los vaivenes de los cambios sociales, y nuestra sociedad está en plena ebullición de una forma vertiginosa. Hay elementos nuevos que están transformando nuestra propia condición humana y nuestras relaciones sociales: la ciencia, la tecnología y la globalización son algo más que herramientas; forman parte del acervo cultural de la sociedad del siglo XXI. Al mismo tiempo, se producen nuevos retos a los que hemos de dar respuesta: la igualdad hombre-mujer, la diversidad, la supervivencia de nuestro planeta, nuestra privacidad y la sociedad virtual, o el aumento imparable de la desigualdad.

Al sistema educativo, “a la escuela”, se le exige que sea reparador de todos los problemas. Cada vez más escuchamos dos factores. El primero es que, ante cualquier problema, la escuela debe tener una asignatura (contra la violencia, para la convivencia, por el medio ambiente, por la movilidad, para el reciclaje, para comer sano, educación en valores, …). En segundo lugar, se reprocha que el sistema educativo no “prepara” a nuestros jóvenes para el mercado laboral (“hay que adaptar el currículo para la oferta del mercado”).

¿Estudian poco nuestros jóvenes? ¿Les faltan horas? ¿Nos equivocamos con las materias? ¿Quién debe decidir las materias a estudiar? ¿Debe ser el mercado? ¿O el conocimiento no significa tan solo una transmisión de conocimientos especializados para el trabajo? ¿existe deshumanización en el sistema educativo? ¿saben nuestros jóvenes para qué estudian?

Pero dicho todo eso, habría que alzar la mirada para saber por dónde va la educación del futuro, porque, una vez más y en una cuestión más, el liderazgo lo demuestran los países asiáticos, especialmente China. Lo que indica que los llamados países desarrollados que componen Europa y EEUU no están analizando bien la vertiginosa transformación que se está produciendo en Asia.

Desde hace una década parece que España solo está mirándose el ombligo, ocupada en sus propias luchas cainitas, territoriales, de confrontación, o de postureos políticos para impedir conformar un gobierno. Quizás debería ejercerse la responsabilidad política por parte de todos, alzar la ambición política que va más allá de ser el jefe de la tribu, y analizar el retroceso que supone el auge peligroso de la ultraderecha.

El conflicto catalán, entre catalanes, entre catalanes y españoles, entre Catalunya dentro y fuera, entre España-Catalunya, o como quiera usted llamarlo, con toda la gravedad que supone, con toda la preocupación y angustia que nos genera, con toda la ilusión que unos puedan tener en una República independiente, u otros en una España nostálgica del franquismo, lo cierto es que está alterando la vida política, social, económica y cultural de España, y no para bien. Además de obligar a mirarnos tanto el ombligo, que el mundo global, el que está más allá de Pirineos, mientras tanto no se detiene.