Hasta 22 fuerzas políticas con representación parlamentaria han sido citadas por el Rey para las consultas previas a la investidura del nuevo Gobierno. Este número ofrece una idea precisa acerca del grado de fragmentación al que hemos llegado en la representación popular.

En todo caso, es la voluntad del pueblo soberano. Este es el Parlamento que han decidido los españoles con su voto, y con este Parlamento tenemos que investir a un Gobierno y echar a andar la Legislatura XIV.

¿Cuál es la única manera posible? Mediante el pacto, como es obvio. Sin embargo, cada paso que da la fuerza ganadora de las elecciones para lograr ese pacto, es tachado desde determinadas trincheras como chalaneo, conchabeo, trapicheo, guirigay… cuando no directamente como traición o felonía infame.

¿Y qué alternativa ofrecen al pacto los descalificadores del pacto posible? ¿La ingobernabilidad permanente? ¿El fracaso del vigente sistema democrático? ¿Su sustitución, quizás, por otro sistema que no requiera ni de pactos, ni de votos, ni de parlamentos para determinar quiénes ejercen el poder?

Hay que tener convicciones sólidas para ponerlas a prueba en una negociación. Sólo quienes creen en la fortaleza de sus ideas se atreven a pactar con aquellos que, de entrada, tienen ideas diferentes. Por contra, los que desconfían del vigor de los planteamientos propios suelen negarse a buscar el entendimiento con los demás.

El PSOE tiene más de 140 años de historia. Durante estos años ha gobernado con mayoría absoluta y con mayoría relativa en todas las administraciones, a todos los niveles. También ha ejercido la oposición, ha sido extraparlamentario, ilegal e, incluso, ha padecido persecución, cárcel y exilio durante la dictadura. Los socialistas no tememos al pacto. Acudimos al diálogo y al entendimiento desde la fortaleza de nuestros principios.

Por voluntad de los españoles, el PSOE ha ganado las elecciones, es la primera fuerza política del Congreso y, como tal, le corresponde la iniciativa para la formación de Gobierno. Pero solo cuenta con 120 escaños de 350. ¿Qué cabe hacer en estas circunstancias?

Primero, adoptar la decisión de si se quiere gobernar o no. El partido Ciudadanos, por ejemplo, decidió renunciar siquiera al intento tras ganar las elecciones autonómicas en Cataluña. El PSOE no ha cometido tal irresponsabilidad. Queremos dar a España el Gobierno que votó mayoritariamente, que necesita y que merece.

Segundo, asumir la realidad, como hizo el PSOE de manera inmediata tras el 10-N.

Para investir a un Presidente del Gobierno se necesitan 176 votos en primera votación o más síes que noes en la segunda votación. Es decir, que con 120 votos no bastan. Hay que entenderse y pactar con otros para obtener los apoyos precisos.

Esos “otros” son necesariamente diferentes a nosotros. Es decir, que tienen ideas y programas distintos a los propios del PSOE. Y, en consecuencia, cualquier pacto ha de pasar necesariamente por renunciar a la aplicación universal de nuestro programa. Y ha de pasar por asumir el programa de otros, al menos en parte y de forma acordada. Porque resulta altamente improbable que los otros acepten apoyar, sin más, a un candidato ajeno con un programa completamente ajeno.

Parece una explicación de perogrullo, pero a tenor de lo que se lee y se escucha en estos días, se antoja necesario explicitarla.

Tercero, establecer un para qué. Esto es, definir unos objetivos políticos y unas prioridades programáticas con los que dirigirse a aquellos que representan los apoyos potenciales para la investidura.

Es lo que ha hecho el PSOE al manifestar su intención de formar un Gobierno progresista, modernizador y con vocación de estabilidad. Es lo que ha hecho el PSOE al hacer públicas 370 medidas para responder a los desafíos sociales, económicos y ambientales del país. Y es lo que ha hecho el PSOE al establecer también sus límites: el ordenamiento constitucional y las obligaciones fiscales contraídas con nuestros socios europeos.

Cuarto, decidir hacia dónde mirar para buscar apoyos. ¿Cómo? Desde luego, atendiendo a la razón aritmética para establecer con quiénes se puede sumar y con quiénes no es posible. Y, desde luego también, atendiendo a la voluntad expresa de quiénes han decidido no pactar contigo.

¿Cuál es el escenario de posibles apoyos que se le abre al PSOE? El PP rechaza apoyar la investidura del candidato socialista, como es lógico. No obstante, el PP, aun careciendo de alternativa, también rechaza facilitar con una abstención la investidura del candidato ganador de las elecciones, y esto no es ni lógico, ni responsable, ni patriota. Pero es la realidad.

Ciudadanos anda perdido en su propio y penoso laberinto, y los independentistas radicales apuestan de manera más o menos explícita por la ingobernabilidad de España.

¿Qué alternativas quedan? Con Unidas Podemos siempre hubo una razonable coincidencia programática y ahora hay, además, un acuerdo firmado con el propósito conjunto de formar un Gobierno coherente y estable.

El PNV y otras formaciones nacionalistas y regionalistas están dispuestas a negociar un eventual apoyo a cambio de compromisos compatibles con el programa socialista.

Y se está explorando con una parte del independentismo catalán la posibilidad de una abstención imprescindible, mediante una oferta que combine diálogo acerca de la problemática territorial y seguridades acerca de la problemática social. Ya saben que con el PSOE, esta oferta llegará siempre dentro del marco de la Constitución y el orden legal.

¿No es lo razonable intentarlo por esta vía?

Porque, ¿cuál es la alternativa? ¿Actuar como si tuviéramos la mayoría que otros dirigentes socialistas tuvieron en tiempos distintos, negando el principio de realidad? ¿Reclamar inútilmente el apoyo de fuerzas que ya han negado su apoyo? ¿Renunciar al intento de formar Gobierno? ¿Conducir al país a unas terceras elecciones en menos de un año? ¿Convertir definitivamente una crisis en la democracia en una crisis de la propia democracia?

El PSOE está intentando formar Gobierno cumpliendo el mandato democrático. Honestamente. Desde la fortaleza de su historia, de sus principios y de la decisión contundente de su militancia.

Y los demás pueden hacer tres cosas. Procurar una alternativa viable. Y si no la tienen, ayudar. O, al menos, no poner palos en las ruedas de quienes tienen la voluntad de procurar el bien común.