En las complejas sociedades de nuestro tiempo, los partidos políticos, como vehículos de representación que son, deben ser también entendidos –y organizados− como estructuras sociales complejas.

Las sociedades industriales fueron entidades de una relativa complejidad creciente, en comparación con las antiguas estructuras agrarias, de forma que sus instituciones sociales y políticas también adquirieron un mayor grado de complejidad.

Las sociedades actuales son el resultado de una evolución hacia una complejización y diversificación cada vez mayor, que requiere también esfuerzos paralelos de incremento de la complejidad de las estructuras de representación.

Los partidos políticos del siglo XIX y de buena parte del siglo XX se organizaron a partir de elementos sociales de naturaleza básicamente unicausal. Por ejemplo, los partidos liberales tenían el propósito de hacer avanzar los ideales de libertad, poniendo un énfasis especial en la libertad de mercado, pero no solo, sino también en el disfrute práctico de los derechos y libertades. De igual manera, la mayor parte de los partidos conservadores tenían el propósito de mantener en el mayor grado posible las estructuras, privilegios e intereses del poder establecido.

Frente a estos partidos, las organizaciones de raíz obrera hicieron de la causa social su referente casi exclusivo. Referente que continuó siendo decisivo incluso en aquellos partidos que se orientaron de manera más plural y abierta, y a los que algunos analistas como Kirchheimer llegaron a calificar como partidos “recogelotodo” (coach all party).

Sin embargo, en las sociedades de nuestros días ni siquiera con un enfoque propio del coach all party los partidos son capaces de recoger toda la complejidad de la realidad social y de las posibles propuestas programático-ideológicas. Y, sobre todo, no son capaces de articular sociológicamente en su seno todos los elementos de diversidad y complejidad que se derivan de la realidad social.

De ahí que uno de los principales retos de los partidos socialdemócratas de nuestros días sea lograr complejizar su organización al mismo nivel que se ha complejizado la propia sociedad. En su momento, estos partidos se organizaban en torno a federaciones territoriales y, en muchos casos, a sindicatos que operaban como “organizaciones hermanas” y que trabajaban con un considerable grado de sintonía. Pero esa fue básicamente la complejidad que se incorporaba entonces: una pertenencia y encuadramiento en un ámbito territorial (para la acción municipal y para la representación parlamentaria) y una implicación (más amplia y extensa) en el ámbito laboral, de la empresa (para el ejercicio de la acción sindical y de defensa de los intereses laborales).

Es evidente que esta concepción de los partidos políticos ya no se ajusta adecuada y completamente a las realidades presentes. Lo que deja a muchos ciudadanos –sobre todo jóvenes− sin un espacio de pertenencia adecuado a su situación específica y a sus propias afinidades e intereses. De hecho, hoy en día muchas personas no son solamente –en términos políticos− residentes en un municipio y/o trabajadores en una empresa (en el mejor de los casos), sino que son también ciudadanos sensibilizados prioritariamente por el medio ambiente, el feminismo, por la defensa de la paz y la igualdad internacional, por la defensa y mejora de la sanidad y la enseñanza públicas, o de otras múltiples cuestiones de carácter sectorial.

Esta complejidad estructural y motivacional-ideológica implica que muchos ciudadanos no se ven ni se sienten suficientemente cómodos en estructuras binarias de pertenencia (partido territorial y sindicato), sino que demandan y necesitan otras modalidades y formas de pertenencia. Ello sin considerar que algunos partidos socialdemócratas han tendido a diferenciarse de sus organizaciones hermanas sindicales, con lo que el antiguo modelo de estructura bimodal se ha reducido a una realidad unimodal. Con todos los problemas y dificultades de agregación social de intereses conectados a ello.

Consecuentemente, en sociedades cada vez más complejas, los partidos políticos que quieran mantener altas cotas de representatividad deben avanzar hacia una densidad organizativa estructural cada vez mayor, y no menor, como sucede en algunos casos.

El debate actual sobre el futuro de los partidos políticos tiene, por lo tanto, que partir de un serio esfuerzo de comprensión y de una voluntad clara de innovación. Hay que entender que no todo está inventado ni desarrollado en la vida de los partidos políticos y que, de la misma manera que estos evolucionaron desde los viejos modelos de partidos de notables, más propios del viejo régimen, hacia los partidos de masas, ahora es factible y necesario evolucionar hacia partidos más complejos en su estructura y más abiertos al desarrollo de nuevas fórmulas y modelos de pertenencia y activismo. Sobre todo si se quiere superar el tremendo desfase que actualmente existe entre el porcentaje de afiliados que tiene un partido y el porcentaje de sus votantes.

Cualquier partido que tenga voluntad de abrir nuevos espacios de participación y de implicación en ese ámbito más amplio de sus votantes –incluso entre sus votantes potenciales−, deberá partir de una concepción distinta de la realidad de los partidos, abriendo nuevas instancias de participación y de movilización social. Incluso con plataformas específicas de movilización y activismo político, bien sean estas de carácter temporal o más permanente.

A través de estas plataformas los ciudadanos podrían participar, tanto en campañas específicas de apoyo a unos u otros candidatos, como en movilizaciones específicas en defensa de determinados objetivos y propósitos políticos, como determinadas mejoras en las prestaciones del Estado de Bienestar, o en la reivindicación de campañas de remunicipalización de servicios públicos, o de defensa de determinada legislación favorecedora de una mayor igualdad de género, o en iniciativas que garanticen una más efectiva defensa de los equilibrios medioambientales.

De alguna manera, los partidos socialdemócratas tendrían que ofertar a sus seguidores y simpatizantes la posibilidad de una especie de pertenencia e implicación a la carta, con diferentes grados y tipos de pertenencia y actividad en distintas estructuras organizativas. Todo lo cual, evidentemente, podría enriquecerse con las posibilidades de pertenencia y movilización que actualmente pueden hacerse a través de las redes.

En definitiva, en partidos políticos en los que existe un alto grado de posibilidades de implicación de sus afiliados también en las propuestas programáticas, las estructuras de participación deberían ofrecer la posibilidad de compromisos específicos por objetivos, con diferentes modalidades y con distintas posibilidades de actuación en función de las posibilidades y de los intereses más motivadores de cada uno de sus afiliados y simpatizantes.

Obviamente, estos nuevos enfoques sobre los partidos políticos exigen, como primer requisito, asumir una concepción de los partidos más compleja que la que se corresponde con las realidades actuales, entendiendo que en realidad un partido está formado –si se me permite utilizar el símil de la fruta− no solo por el núcleo más duro, comprometido y más formalizado (como es la pepita de un melocotón), sino también por otras capas menos duras, más flexibles, como es la propia capa carnosa de una fruta, e incluso por una piel periférica, que no por esto deja de formar parte de la realidad de la fruta –o de la organización− como tal.

Desde luego, las posibilidades prácticas que ofrece el tiempo histórico en el que vivimos, con todos sus medios de acción e interconexión, pueden llegar a producir sensaciones de vértigo e incluso de cierto desánimo, o de parón –ideológico− ante estas nuevas realidades tan complejas, en las que hay que aprender –y asumir− que todas las movilizaciones no van a conducir al logro de objetivos de manera inmediata y repentina, sino que los avances tendrán que ser entendidos de manera más progresiva, más dinámica y más susceptible de ser valorados con una perspectiva intertemporal más dilatada. Es decir como avances paso a paso en determinada dirección que se lograrán más palpablemente con la implicación activa de bastantes ciudadanos en estas tareas. Y no solo de unas pocas personas más activas, e incluso en algún grado más profesionalizadas. El problema en ese caso, será como superar las frustraciones que puedan producirse en situaciones de transición, y ante la demora que los tiempos políticos y las dificultades puedan suponer en los avances que forman parte de la propia evolución histórica de nuestro tiempo.