Hace varios meses la ciudad de Nueva York anunció que desde el año 2017, bajo el mandato del alcalde Bill de Blasio, se “exportaba” a personas y familias en situación de “sin hogar” a todos los Estados Unidos. El programa de asistencia especial única (SOTA por sus siglas en inglés) está integrado en el Departamento de Servicios a Personas sin Hogar (DHS). Una iniciativa que “aparentemente” soluciona el problema de raíz, alejándolos de la vista de los transeúntes que pasean por las calles de una de las más destacadas capitales del mundo.

La SOTA empleó 89 millones de dólares para asumir el transporte, el alquiler de un año y los muebles de 12.482 personas que “trasladaron” de la ciudad a otras del resto del país, lo cual ha implicado hasta la fecha a 5.070 familias. Fueron enviadas a más de 370 localidades en 32 estados, incluyendo Puerto Rico y Hawai, no habiendo sido informados, a su vez, los lugares receptores de sus nuevos residentes. Varias de estas ciudades han promovido órdenes municipales para prohibir que se continúe “facturando” a personas a través de la SOTA, con requerimientos como los del alcalde de Mount Vermont que exige a Blasio que recupere para Nueva York a las personas que “exportó”, en gran medida porque el programa no garantiza las ayuda y apoyo que requieren y les cronifica en su contingencia.

Estas anti-políticas sociales, iniciadas en los años noventa del pasado siglo de la mano del alcalde Rudy Giuliani, a modo de “limpieza estética” de las personas “sin hogar” de las calles de Nueva York, dio lugar, tal como detalló la ensayista Jennifer Toth, en su libro del año 1993 titulado The Mole People: Life in the Tunnels benneath New York City, a una sociedad paralela en las alcantarillas, a la que fueron incorporándose, con los años, una diversidad de seres humanos que se desenvolvían en los márgenes de la sociedad. Diecisiete años después todo sigue igual, es más considero se ha agravado, pues no se ha dado solución a una problemática humana y social, que lejos de mitigarse en el país más rico del mundo aumenta año a año.

Lo anterior obedece, desde mi punto de vista, a la línea argumental desarrollada por Zygmunt Bauman, que concretó en los efectos del individualismo, la globalización y el capitalismo de mercado feroz que, según planteaba, da lugar a la necesidad de eliminar (“esconder”) a los que denomina “residuos humanos”. Según sus palabras: “Los problemas de los residuos “humanos” y la eliminación de residuos “humanos” pesan mucho y para siempre en la sociedad líquida, moderna y consumista cultura de la individualización. Saturan todos los sectores más relevantes de la vida social y tienden a dominar las estrategias vitales y alterar las más importantes actividades de la vida, alentándolas a generar sus propios derechos sui generis: relaciones humanas malogradas, incapaces, inválidas o inviables, nacidas con la marca del residuo permanente”[1].

Se calcula que en estos momentos cuatro mil personas en situación de sin hogar habitan en las vías subterráneas, túneles del metropolitano, viejas conducciones de agua y minas de carbón, estaciones y salas de espera abandonadas, gasoductos no utilizados, antiguas salas de máquinas y otros espacios disponibles bajo Manhattan. Los que allí se encuentran, los llamados “topos” se han organizado en comunidades con nombres como “Carretera de Birmania” o “Los Bloques” y disponen de una organización política bajo el gobierno de “alcaldes” electos.  Muchos de ellos no salen a la superficie durante largos periodos de tiempo, se alimentan de los productos que les llevan los “mensajeros”, que sí suben a la superficie, y su salud desde su llegada al subsuelo experimenta un enorme deterioro tanto física como mentalmente. Resulta llamativo que sus ojos se adapten a niveles de luz tan bajos y sufran problemas graves oftalmológicos cuando salen al exterior. Además, disponen de escuelas, pues madres con hijos a su cargo ante el miedo de que los servicios sociales les retiren la custodia de sus hijos y los den en adopción optan porque crezcan con ellas en las profundidades de la ciudad, a pesar de que las condiciones de vida sean de una dureza extrema. Algunas estimaciones sobre sus años de supervivencia bajo estas condiciones apuntan a que no suelen superar los dos años.

La “Coalición para las Personas sin Hogar”, que organiza todos los eneros recuentos nocturnos en Nueva York, cuantifica actualmente en 68.000 las personas “sin hogar” en esta gran metrópoli, una cifra que ha ido creciendo desde la llegada de Blasio. De hecho, tan solo en la última década se han duplicado los varones adultos (18.000) y las familias han pasado de 9.600 a 15.000.

En nuestro país también tenemos algunos ejemplos de invisibilización forzada de este grupo social ante determinados eventos de alcance internacional. Recordemos, también, que el 13 de abril de 2011, desde la alcaldía de Madrid se promovió la aprobación de una ley estatal que posibilitará a los ayuntamientos “retirarles” de las calles.  Iniciativa que, afortunadamente, quedo en una mera declaración de intenciones, a pesar de que algunos ayuntamientos recogieron el testigo y aprobaron ordenanzas en ese sentido.

Lo anterior refleja la persistencia de un discurso de criminalización hacia estos hombres y mujeres. No en vano cierto segmento de la opinión pública española muestra también sus reservas. Así las cosas, al 43,19% de los entrevistados en la Encuesta de Tendencias Sociales del año 2010 del GETS, “les incomoda la presencia en las calles de personas indigentes y “sin techo”, un 11% estimaba que las autoridades debían forzarles a vivir en albergues y centros de acogida y el 1,5% juzgaba obligado retirarles de la calle, incluso por la fuerza.

¿Es realmente la solución para esta drama humano y social, que genera tanto sufrimiento, erradicar a estas personas de las calles de las principales ciudades del mundo “empaquetándolas” y llevándolas a otros lugares involuntariamente, lo es retirarles de la vista de los viandantes recluyéndolos en centros cerrados, lo es intimidarles con la finalidad de que crean sociedades paralelas “bajo tierra”? Rotundamente no, es impropio e indigno en un mundo que se dice civilizado, pues lejos de dar oportunidades para que puedan retomar las riendas de sus vidas, se les aloja por siempre en la oscuridad.

Por lo que todas las iniciativas y medidas que les permita autonomizarse merecen la más alta valoración y para ello es necesario entender que sus procesos vitales son el resultado fundamentalmente de factores estructurales, aunque también deba valorarse el peso de los de naturaleza familiar y personal, que apartan de la sociedad a aquellos ciudadanos con mayores vulnerabilidades.

Promover, en nuestro país, una Estrategia Nacional para Personas en situación de Sin Hogar realmente eficiente, que aborde el problema en todas sus dimensiones es preceptivo y para ello es necesaria una adecuada coordinación y participación de cuantos agentes están implicados en tan compleja realidad: las diversas administraciones públicas (Administración General del Estado, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos), el Tercer Sector y las propias personas “sin hogar”. Considero ahora es el momento de hacerlo, puesta la mirada en la construcción de una sociedad realmente inclusiva.

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[1] Zygmunt Bauman, Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias, Paidós, Barcelona, 2005, pág. 19.