Hace ahora cien años, en 1924, moría Lenin (enero) y el oscuro y maniobrero Stalin conseguía desplazar al resto de dirigentes bolcheviques y hacerse con el timón de lo que, un par de meses después, sería la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), nombre del nuevo país consagrado en la primera Constitución del nuevo estado revolucionario.

Un siglo más tarde, un agente secreto de nivel medio de ese Estado está ahora en vías de convertirse en el dirigente más longevo de la historia rusa. Esta Nueva Rusia no es una URSS rediviva, ni una reedición del Imperio de los Zares. No es comunista ni es monárquica. Es una República presidencialista con contrapeso parlamentario sólo aparente. En realidad, una autocracia. La línea que claramente conecta esos tres tiempos de Rusia es el dominio de un nacionalismo autoritario subyacente encarnado por un Padre, un hombre providencial.

TRES RUSIAS, TRES MODELOS

La guerra (o las guerras) construyeron el Imperio Zarista, y lo destruyeron. Algo así puede decirse del régimen soviético, convertido en superpotencia tras su heroica victoria militar contra los nazis, pero luego socavado por guerras menores y , sobre todo, por el esfuerzo de la guerra definitiva que nunca ocurrió. Y ahora, una guerra cercana, la guerra de Ucrania, consagra y determina, de momento, la solidez del poder político, de una autocracia nacional casi absoluta.

La guerra es el factor a la vez unificador y disolvente en la historia de Rusia. En el momento actual, asistimos a la primera fase de ese proceso. ¿Acabará la actual guerra con esta tercera morfología del poder ruso? ¿Los elementos diferenciales de hoy abren la posibilidad de un desenlace distinto? Aún es pronto para decirlo, aunque algunos analistas, académicos y estrategas, movidos por sus pulsiones ideológicas o por los intereses económicos de sus patrocinadores, anticipen un final catastrófico del actual sistema político ruso.

Putin ha ganado las elecciones presidenciales. Importaba poco o nada las cifras concretas: superior al 87%, 11 puntos más que en 2018. La participación ha sido mayor (77,4%), en un índice similar. Gobiernos y gabinetes de estudio occidentales han detallado estos días las perversiones del sistema electoral, tantas y tan graves que difícilmente encajarían en una democracia, incluso en las ya muy deficientes del mundo occidental. Ni siquiera puede hablarse de un plebiscito: las opciones contrarias a la guerra, eje vertebrador del discurso político, han sido eliminadas.

La reciente muerte en una prisión ártica de Alexei Navalny, el oponente a Putin preferido por Occidente y, por ende, capaz de movilizar ciertas sensibilidades en el interior (en realidad, en las grandes ciudades) salpicó de dramatismo la cita electoral. La llamada de la organización de Navalny para votar a mediodía, con la idea de colapsar los colegios, no parece haber tenido gran efecto (1). La maquinaria oficial aplasta cualquier manifestación de protesta, y la criminaliza.

La élite intelectual anti-Putin, que opera en el exterior, evidencia desánimo ante la resignación de las masas. El analista Andrei Kolésnikov, que trabaja para la Fundación CARNEGIE, uno de los transatlánticos del pensamiento liberal en Estados Unidos, habla del “conformista pasivo” como “antihéroe” de estos tiempos. Se refiere a un personaje literario del novelista decimonónico ruso Mijail Lermóntov. La sociedad recreada por el autor era la Rusia zarista. Luego, durante los años de estabilización del sistema soviético los entonces llamados “disidentes” (los de dentro y los de fuera del régimen) se quejaron de lo mismo: la aceptación resignada del abuso de poder.

Pero Kolésnikov introduce un matiz interesante en su análisis. No se trata ahora de una aceptación total y “silenciosa”. El poder actual adopta un carácter de “híbrido totalitarismo”, de “semiautocracia” suavizada por procesos electorales formales, que demandan “complicidad”. El poder absoluto que caracteriza la dinámica política rusa se adapta a los tiempos para que la sociedad se adapte a las exigencias del poder (2).

En una crónica de un diario occidental sobre la jornada electoral, una ciudadana cualquiera dice que vota a Putin para que les proteja (3). Esa es la naturaleza del contrato social y político ruso, inalterado durante siglos: el poder autoritario exige sumisión; o complicidad, según el tiempo, a cambio de garantizar la seguridad, más colectiva que individual, puesto que se trata de proteger a la nación su conjunto. Una noción abstracta y elusiva.

LAS FALSAS ANALOGÍAS

Políticos y académicos apegados a la primera Guerra Fría tiende a comparar o a asimilar el putinismo al estalinismo, es decir, la deriva personalista del inicial liderazgo colegiado soviético, recuperado parcialmente a mediados de los años 50. Se basan en una conexión aparentemente obvia: Putin fue un agente del KGB, la institución más perversa del degradado sistema soviético en la etapa de Stalin y sus decadentes herederos. También han contribuido a cimentar esta analogía ciertas declaraciones del propio Putin, singularmente aquella en la que calificó la desaparición de la URSS como “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. Lo que, a ojos de los propagandistas occidentales, convertía a Putin en un “nostálgico soviético”. Esas palabras fueron sacadas o aisladas del contexto.

A lo que se refería Putin era a que, sin la URSS, el mundo quedaba a merced de una única potencia mundial, que podía dictar sus intereses al mundo entero. Es una afirmación discutible, pero no escandalosa. La emergencia de China modificó las percepciones del dirigente ruso, de ahí que su opción estratégica mundial haya sido forjar una sólida alianza con Pekín.

Que Putin sea un comunista disfrazado es otra añagaza propagandística. Haber cobrado y vivido del aparato comunista no le convierte en devoto de esa ideología. Bien lo sabemos eso en España. Y en cualquier otro lugar. Si algo ha demostrado Putin a lo largo de su carrera política es que es un oportunista que usa (y se desprende) de la ideología a su conveniencia. Como jefe de gabinete de Yeltsin apoyó con entusiasmo la irrupción irresponsable del capitalismo, aunque se atuvo al contrapeso de los aparatos estatales en forma de capitalismo de Estado, para garantizar la supervivencia de las élites. El comunismo había dejado de ser una divisa ideológica útil en Rusia, mucho antes de la desaparición del régimen soviético.

Ahora, el candidato del Partido Comunista ha sido el segundo más votado, pero no ha llegado al 5%, ocho puntos menos que en 2018. Sus dirigentes apoyan a Putin en tanto líder de un país en guerra, igual que quienes sobrevivieron a la purga se rindieron a Stalin para derrotar al nazismo. Los renovadores consideran a Putin un dictador carente de escrúpulos. No hay vestigio alguno de la URSS en el Kremlin de hoy. Si acaso, se mantiene la música del himno nacional, pero, naturalmente, no la letra. Sin embargo, proliferan los símbolos de los Zares. La iglesia ortodoxa, sofocada durante el comunismo, ejerce ahora una influencia controlada pero notable. Putin se ha convertido a la fe tradicional, como una herramienta más de la unificación nacional.

La izquierda comunista en Europa (neocomunista o postcomunista) se esfuerza por digerir el sistema Putin, sin incurrir en contradicciones ideológicas y políticas flagrantes, ni favorecer el discurso liberal occidental. Es una tarea ardua. La guerra de Ucrania ha agudizado ese dilema. Se siente en esas latitudes que combatir a Putin equivale a combatir a Rusia, y eso cuesta, porque muchos quieren creer que la utopía comunista no ha muerto completamente en la que fuera Patria de los trabajadores de todo el mundo. Engañosa nostalgia.

La socialdemocracia, que pactó con la URSS sólo por realismo, sin pretensiones de reunificación ideológica alguna, asimila el putinismo al actual nacionalismo identitario, xenófobo, racista y religioso que abanderan los partidos de la extrema derecha en sus países respectivos. El socialismo democrático ve en Putin una recreación disparatada del desaparecido orbe zarista, no del liquidado comunismo y desdeña cualquier vinculación sentimental con el sovietismo.

Las conexiones entre el Kremlin y las fuerzas ultranacionalistas europeas son de nuevo elevadas de rango por analistas rusos opuestos a Putin. Tatiana Stanovaya (CARNEGIE), ahora residente en Francia, considera que Putin “no se detendrá en Ucrania” y tratará de exportar su ideología de tradicionalismo nacionalista a Europa Occidental (4). Afirmaciones especulativas que abonan el creciente clima belicista en Occidente. Hasta ahora, las relaciones entre Putin y la extrema derecha europea y americana han consistido en modesta financiación, asesoramiento en guerra de propaganda y amagos de intervención electoral, con escaso recorrido.

CÚSPIDE Y CONTINUIDAD DEL SISTEMA

Putin ha presentado ese 87% como legitimación indiscutible de su proyecto de “primavera nacional”, frente al desafío de su enemigo inmediato (la Ucrania neonazi que se empeña en ser independiente) y sus protectores imprescindibles (las potencias occidentales en decadencia). Le importa poco o nada lo que se diga fuera. Salvo China, que lo ha felicitado, en el actual espíritu de “amistad sin límites”. Pero esa lucha contra la amenaza exterior exige tiempo, de ahí que la reforma constitucional introducida en plena pandemia (2020) garantice el ejercicio casi vitalicio del poder del Líder. Putin podrá ser presidente hasta 2036, cuando presumiblemente se encuentre en el límite de sus capacidades. Tendrá entonces 83 años: edad similar a la de los actuales candidatos presidenciales norteamericanos.

No se habla en Rusia, o se habla en voz muy baja y en círculos restringidos, de la sucesión. A Putin no le importa o aparenta que no le importa. No parece pensar en una dinastía, a lo norcoreano. Lo sustancial es asegurar la pervivencia del sistema y evitar rencillas explícitas. Los putinólogos no descartan un poder más colegiado, como el Politburó de las dos últimas décadas soviéticas, aunque esa fórmula se vincula con la decadencia (5).  En todo caso, la prioridad es ganar a Ucrania y frenar a Occidente. Y en ese empeño resulta esencial fortalecer la relación estratégica con China y afianzar sus posiciones de influencia en el Sur Global.

En definitiva, ni neozarismo, ni reconstrucción del sovietismo estalinista: un sistema nuevo capaz de aprender de los viejos errores que condenaron a la extinción a ambos sistemas. Un nuevo nacionalismo para el siglo XXI. Una Rusia Unida (nombre del partido que el mismo fundó y que domina la Duma). Pronto, quizás, asistiremos a su transformación en Rusia Única.

NOTAS

(1) “Vladimir Putin’s sham re-election is notable only for the protests”. THE ECONOMIST, 17 de marzo.

(2) “Eroding consolidation”: Putin’s regime ahead of the 2024 ‘Election’”. ANDREI KOLESNIKOV. CARNEGIE MOSCOW, 14 de marzo.

(3) “With new Six-year term, Putin cements hold on Russian Leadership”. NEW YORK TIMES, 17 de marzo.

(4) “Putin’s six-years manifesto sets sight beyond Ukraine”. TATIANA STANOVAYA. CARNEGIE, 1 de marzo.

(5) “Forever Putinism. The Russian Autocrat’s answer to the Problem of Succession”. MICHAEL KIMMAGE & MARÍA LIPMAN. FOREIGN AFFAIRS, 13 de marzo.