Un alcalde de provincias decía que no leía la prensa “nacional” hasta el final de la jornada. Nacional, no sólo por ser diarios que se editan en Madrid, “nacional pues pretenden dictarnos a los provincianos que pensar y que hacer”.

Grave es querer influir desde una aparente superioridad. Más, proyectar una visión rancia y “casposa” de la identidad española. Cuarenta años de dictadura siguen pesando y uno teme encontrarse un día publicado un artículo de Giménez Caballero o un poema de Pemán. Divertido si fuera sólo sarcasmo, pero es una triste realidad que aqueja a Madrid desde hace más de veinte años. ¡Pronto se diluyó ser el exponente de la modernidad democrática española!

La comparecencia de Cifuentes en la Asamblea madrileña, para dilucidar sus roces con la histórica corrupción del Partido Popular de Madrid, fue una palmaria declaración de que aunque lo casposo se vista de Prada casposo se queda. «Cometí el pecado de no valorar, di por bueno el criterio del técnico”… “No valoré, di por bueno lo que dijeron los técnicos, como siempre he hecho». Oírla decir esto es como recibir un puñetazo en la boca del estómago, y como ciudadano duele. La máxima autoridad de la CAM, pagada y bien, con los impuestos de los madrileños, no puede hacer gala de tanta chulería. Sus pecados van directamente en la merma de nuestros servicios públicos. Da por bueno, sin más, lo que hacen otros, “ósea” ni abrió la carpeta. Cifuentes está detentando[1] y haciendo escarnio de la responsabilidad asignada y que se la supone, tiene que gestionar. Así se comporta para asignar, ayer una cafetería a un “compi de partido”, hoy una depuradora o la construcción un hospital… Lo mismo que González y López Madrid. Y luego dirá como Aguirre: “mecachis no vigilé, que tontona soy

Esto no es anécdota. Madrid como región, desde su configuración en los acuerdos autonómicos para configurar el mapa patrio, fue un engendro y a Madrid capital, se la dejó el papel de mucho quiero y poco puedo.

Si los Constituyentes hubieran sido valientes en este tema, hubieran hecho de este territorio un distrito federal que fuera un régimen especial, no privilegiado en el concierto autonómico, no un competidor más en obtener protagonismo frente al Estado, como las otras nacionalidades y regiones. Madrid no ha perdido sus reminiscencias del siglo XVI[2], ser el rompeolas de todas las especulaciones y corruptelas, especialmente las inmobiliarias. Los desmanes de aquel siglo llevaron a las intentonas de segregación de parte de diferentes territorios del país. Ahora que no extrañe la motivación ciudadana de algunos de querer marcharse, auspiciados y jaleados por filibusteros políticos de igual calaña.

Los dos grandes centros de poder económico españoles, Catalunya y Madrid, han sido los mayores viveros de corrupción. Si de ranquin hablamos, tienen el mayor número de personas acusadas según el índice de población.

En la novela “Los años felices”, del periodista Gonzalo López Alba, hay una maravillosa descripción del desafuero de estos años, donde política, economía y vanidades, han vivido un total despelote. Ahora debemos estar tomando conciencia que ascensión, éxito y estrepitosa caída es causa de haber construido todo en barro pintado de hilo de oro. Personajes henchidos de soberbia y prepotencia como González, Aguirre, Granados, y un largo etcétera de consejeros, alcaldes, empresarios encarcelados, procesados o investigados. No olvidando el gravísimo hecho que fue subvertir el resultado electoral en el 2003 por oscuros motivos de índole económico inmobiliario. Con aquello la ciudadanía se quedó con cara de haba, tanto por lo sucedido, como por lo explicado. Hoy sigue igual.

Madrid tiene una deuda pública que ha crecido a la par que la corrupción; con la cantidad malversada se pagaría una cuarta parte[3].

Eso explica que la sanidad y las universidades públicas, la educación secundaria y básica, los sistemas de control e inspección del consumo, el empleo generado y las expectativas de la juventud no sólo se hayan precarizado, sino que pierdan su sentido de bienestar compartido.

Con todo ello lo peor es el deterioro moral de un territorio donde el primer foco de importancia es el dinero, el segundo el dinero y el tercero, si se puede, la fama que no la reputación. Ciudadanos estresados, cabreados que hacen trasparente al indigente, que conducen cuan circuito de carreras y cuyo objetivo es consumir aunque lo que estén adquiriendo sean nubes de azúcar amargo.

Madrid, cada vez es menos ejemplo de nada y no cumple la función capitalina de ser un elemento integrador de “todas las Españas”. Tendría que haber ejercido un papel bien distinto en el desarrollo de la España actual. Para ello, debería haber tenido una clase política con mejores talentos y talantes. No todos han de ser el modelo que en los albores democráticos quiso proyectar Tierno Galván de excelencia y excentricidad intelectual; tampoco todos han de mostrar la sobriedad y exquisito rigor de Gabilondo, siendo ambos los mejores ejemplos que en Madrid ha habido. Lo no generalizable es la detestable chulería de un casticismo barriobajero que hace que Madrid termine siendo, políticamente, el centro de la nada.

Madrid no debe obsesionarse en objetivos mediáticos televisivos como las Olimpiadas, por significativas que sean, sino en apostar por una excelencia integral y duradera que comprometa a sus gobernantes con sus ciudadanos y con los agentes sociales, aportando las actitudes positivas que hacen florecer territorios. Vamos, todo lo contrario a lo que vivimos y hemos estado viviendo en las últimas décadas. Ahora bien los ciudadanos tienen que exigir representantes públicos que crean que Madrid, a pesar de su edad, puede estar lleno de esplendor y futuro y sobre todo que quien gobierne no responda con el brazo apoyado en la barra del bar la cazalla en la mano y el palillo en la boca, aunque venga vestida de blanca seda y estandartes beneméritos en la pechera.

[1] Detentar. Del lat. detentāre ‘retener’.1. Retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público.

  1. Dicho de una persona: Retener lo que manifiestamente no le pertenece. Real Academia Española

[2] Recuérdese al Duque de Lerma cambiando la capitalidad para especular con los suelos de Madrid.

[3] Deuda Pública: En 1994, 2.503Mill€/489€ por habitante. En 2016,  30.451Mill/4.727€ por habitante. La malversación de fondos públicos en toda la Comunidad de Madrid, se calcula que puede ser superior a 656 millones de euros,  102 por cada uno de los 6,4 millones de madrileños.