El “trato” (deal) diplomático entre Marruecos y Estados Unidos es el último ejemplo del desaliño internacional del presidente (saliente) norteamericano. Ya que no ha podido impedir el bloqueo jurídico e institucional de la elección de su rival demócrata, Joe Biden, se ha embarcado en intensificar una serie de iniciativas incoherentes con los compromisos exteriores de Estados Unidos y dudosamente consistentes con la legalidad internacional. Se teme que de aquí al 20 de enero pueda cometer todavía alguna tropelía mayor.

La sustancia del “trato” con Marruecos consiste en el reconocimiento norteamericano de la soberanía marroquí sobre el territorio del Sahara Occidental, a cambio del compromiso de normalización de relaciones plenas del Reino con Israel. El promotor hotelero se ha convertido en el “agente matrimonial” de los estados árabes aliados de Occidente con Israel. El operador de este ambicioso designio ha sido el yernísimo Kushner, cuya hoja de servicios incluye los acuerdos de Sudán, Emiratos Árabes y Bahréin con Israel, el canal discreto, que no secreto, entre este país y Arabia Saudí (paso previo a la normalización, condicionada a otros avances) y, por último, la mencionada iniciativa ante Rabat.

El “acercamiento” israelo-marroquí no supone una novedad y mucho menos una “enorme avance” diplomático, como ha dicho Trump. Marruecos lleva décadas colaborando informalmente con Israel, con mayor o menor discreción, incluso antes del parteaguas diplomático regional por antonomasia, que fue el viaje de Sadat a Jerusalén, preludio de los tratados de paz con Israel, primero de Egipto y luego de Jordania. Hay que recordar que los acuerdos egipcio-israelíes de Camp David partieron de una sesión preliminar, un año antes, precisamente en Marruecos. Más tarde, tras los acuerdos de Oslo entre Israel y la OLP, Marruecos y el estado judío iniciaron el proceso de reconocimiento diplomático mutuo, que quedo interrumpido por la Intifada palestina del año 2000.  Y mucho antes que todo eso, a mediados de los años sesenta, el Mossad tuvo un papel decisivo en la localización, asesinato y desaparición del cadáver del disidente marroquí Ben Barka, en París (1).

TENSIÓN BÉLICA EN EL SAHARA

Este pacto triangular se produce en un momento delicado en la situación de no-paz-no guerra en el Sahara occidental. El gobierno de la RASD (República árabe saharaui democrática) acaba de declarar el final del alto el fuego y la reanudación de sus operaciones militares, tras una operación armada de Marruecos en la zona desmilitarizada, en torno a Guergerat, bajo control de la MINURSO (misión de la ONU).

El origen de este nuevo foco de tensión fue la protesta, el pasado noviembre, de civiles saharauis por la construcción de una carretera marroquí que pretende conectar su territorio nacional a través de Mauritania con los países del África Occidental. En estimación de los saharauis, estas obras suponen una violación de los acuerdos de 1991, ya que supone atravesar un territorio formalmente en disputa. Militares marroquíes abrieron fuego contra los manifestantes y el Frente Polisario replicó. No se informó de daños personales (2).

Las consecuencias de este brote de tensión son aún difíciles de calibrar. Aunque los saharauis desearían desbloquear el estancamiento actual, tras treinta años de dilaciones marroquíes, que han reducido el proceso de pacificación internacional a papel mojado, no parece que cuente con muchas opciones para obligar a Rabat a hacer concesiones. Un intento de acercamiento hace dos años concluyó en fracaso (3). La situación de inestabilidad y revuelta social en Argelia le priva de un apoyo práctico imprescindible.

A estas alturas nadie cree que vaya a celebrarse el referéndum patrocinado por la ONU, aunque Marruecos podría ganarlo porque lleva décadas repoblando el territorio con marroquíes de otros lugares del Reino. Estos inmigrantes constituyen ya la mayoría de los habitantes del Sahara. Mientras tanto, casi la mitad de los saharauis siguen residiendo en los campamentos de refugiados en las zonas fronterizas de Argelia. Pero para el Reino, la soberanía es indiscutible, una cuestión de principios. La nueva generación de dirigentes saharauis considera agotado el tiempo de espera. Hace tiempo que Marruecos pretendió desnaturalizar el proceso de descolonización, mediante la concesión de una autonomía a los saharauis. Pero estos consideran que esa oferta era una trampa que legitimaría la ocupación.

Ante esta situación de bloqueo sin salida a la vista y del riesgo de una reanudación de las hostilidades sobre el terreno, cabe preguntarse, qué gana cada parte en este pacto que Trump pretende presentar como una pieza clave de su legado exterior.

Marruecos. – Es el actor más beneficiado en apariencia. Obtiene de Estados Unidos el reconocimiento formal de su soberanía sobre el Sahara, lo que supone un cambio formal en su posición de culminar el proceso de paz tutelado por la ONU. Sin embargo, en la práctica, Washington ya había avalado el planteamiento marroquí de la autonomía y se ha abstenido de presionar a Rabat, en sintonía con París y Madrid. El rey Mohamed VI asume un riesgo menor en el acercamiento a Israel (que no será inmediato, ni siquiera sujeto a fechas establecidas), ya que la normalización entre los estados árabes proccidentales e Israel es ya imparable. Por el contrario, el reino aspira a recibir ayuda militar israelí, en caso de necesidad, lo que reduciría su dependencia actual de Estados Unidos, que le suministra el 90% de las armas que compra.

Israel. – La ganancia es más diplomática o de imagen que práctica. Marruecos es una brecha más en un muro árabe de hostilidad que se cae a pedazos. El beneficiado más claro es el primer ministro. Netanyahu intenta a duras penas sostener la gran coalición con el partido de los generales centristas de Kajol Lavan (Azul y Blanco), amenazada con mociones de censura y tensiones anunciadas recurrentes. Hay también un componente sociológico. En Marruecos viven todavía 4.000 judíos, una población menor comparada con los 200.000 en el año de la partición de Palestina, pero en Israel reside un millón de ciudadanos judíos de origen marroquí.  El turismo israelí en Marruecos no ha dejado de crecer y se espera que experimente un auge considerable. Las relaciones económicas y comerciales (o militares, como ya se ha dicho) serán provechosas para Israel (4).

Estados Unidos. – Poco o nada gana en esta operación. Incluso el neocon Bolton, ahora enemistado con Trump, pero poco sospechoso de hostilidad hacia Marruecos, considera que la iniciativa es “innecesaria y peligrosa” y recomienda a Biden que la revierta y siga la pauta del senador republicano James Inhofe, partidario de la línea tradicional (5). Stephen Zunes, experto en la materia y profesor de la Universidad de San Francisco, recuerda los compromisos jurídicos internacionales de Estados Unidos y Europa  y reclama coherencia (6). Los países de la ONU están obligados a respetar la culminación de un proceso de descolonización. Cuando Marruecos decidió convertir la cesión administrativa de España en ocupación primero y anexión después, vulneró esa disposición. Su declaración de soberanía, para ser legal, debe contar con la sanción internacional. Al endosar, primero de hecho y ahora formalmente, la actuación marroquí, la administración Trump se evade de sus obligaciones con la comunidad internacional. Pero esas sutilezas escapan al presidente saliente, que sólo piensa en lo que él cree que puede conferirle estatura de estadista, además de dejarle un papelón más a Biden, cuyo triunfo electoral sigue sin admitir. En fin, este trato triangular está hecho a la medida de su fraudulento promotor.

NOTAS

(1) “Le ‘deal’ de Donald Trump entre Maroc et Israël”. LOUIS IMBERT. LE MONDE, 11 de diciembre.

(2) “Violence erupts in Western Sahara”. SARA FEUER. THE WASHINGTON INSTITUTE ON NEAR EAST, 17 de noviembre; “Morocco launches military operation in Western Sahara buffer zone”. ABDI LATIF DAHIR. THE HEW YORK TIMES, 13 de noviembre.

(3) “A new push to resolve the conflict over Western Sahara”. THE ECONOMIST, 1 de diciembre.

(4) “Morocco joints list of Arab nations to begin normalizing relations with Israel”. THE NEW YORK TIMES, 10 de diciembre.

(5) “Biden must reverse course on Western Sahara. Trump recognition of Moroccan sovereignty dangerously undermines decades of carefully crafted U.S. policy”. JOHN BOLTON. FOREIGN POLICY, 15 de diciembre.

(6) “Western Sahara’s fate lies in the hands of U.N. Security Council. The East Timor offers a way out”. STEPHEN ZUNES. FOREIGN POLICY, 9 de diciembre (Zunes es autor del libro “Western Sahara: War, Nationalism and conflict irresolution”).

 

Fotografía: Carmen Barrios