El viernes 21 el gobierno de Pedro Sánchez se reúne en Barcelona. Todo un acontecimiento político que mantiene en vilo al Estado, a los dos gobiernos, el central y el autonómico, a las medidas de seguridad y a la ciudadanía española que no entiende bien a qué viene tanta agitación.

En primer lugar, corresponde al gobierno reunirse donde le convenga sin que ello suponga ninguna intromisión ni injerencia. Más bien al contrario.

Ese es el segundo punto. Debería ser un gran acontecimiento en positivo el hecho de que el gobierno de España fuera hasta Barcelona. Supone un acercamiento, un puente para establecer diálogos, una nueva manera menos centralista de entender el poder. Así debía entenderse.

Pero, en tercer lugar, cómo ha podido desvirtuarse de esta manera, e insinuar que la reunión del gobierno supone más una provocación o una amenaza que un acercamiento. Resulta sorprendente el grado de distorsión que existe en todo este asunto.

Las relaciones Catalunya–España son cada vez más extremas. Y las relaciones entre catalanes están rotas, llenas de reproches, de palabras grandilocuentes, y de acciones difíciles de olvidar. ¿Hasta dónde llegará esta escalada?

Lamentablemente, el conflicto catalán sigue generando votos a uno y otro lado. A los independentistas nos les hará ganar, porque parece que han tocado techo electoral. El problema es que se han metido en un callejón sin salida.

Sin embargo, los que tensan la cuerda por el otro extremo, con una irresponsabilidad sin palabras, sí obtienen votos hablando de la ruptura de España y envolviéndose en la bandera, patrimonializando el símbolo nacional como la derecha ha hecho siempre.

Lo que vemos ahora es una enloquecida carrera entre los partidos de la derecha, incluyendo a Ciudadanos, para ver quién la tiene más grande y quién es más “español”. Para contribuir al extremismo, a la ruptura, a las certezas sin matices, a dar golpes en la mesa y donde haga falta, aparece Aznar, el hombre sin complejos, que se ve recuperado históricamente.

Vivimos en tiempos muy complejos, más que nunca, donde no existen soluciones fáciles. Por eso mismo, el populismo simplista de frases anchas está haciendo muchísimo daño, un daño irreparable. Además de que es absolutamente falso, jugando, como está de moda en el conservadurismo, en la permanente confusión entre la verdad y la mentira.

La única solución sensata es que el bloque independentista se rompa, que coja las riendas la sensatez y quien representa la posición política, y se siente en la mesa junto al PSOE, que sigue representando la capacidad negociadora. Que no se equivoque Torra agitando a los CDR, porque hay quienes están esperando la provocación.

Si la visita del Gobierno no se produce dentro de la normalidad democrática, y no tiene por qué ser de otra manera, habrá fracasado el independentismo, porque protegerse dentro de los muros de su “República” ficticia, no les salvará de los “salvapatrias”.

Me sigue sorprendiendo la capacidad demagógica de utilizar la bandera española en los actos electorales, haciéndola propia, siendo los defensores de las señas de identidad, excluyendo (la derecha actúa siempre excluyendo y dividiendo) a todos los que también somos españoles, pero sentimos nuestra patria de una forma diferente. La queremos solidaria, vanguardista, culta, igualitaria, libre, divertida, negociadora, democrática, ….

Hay canciones que reviven por culpa de la intransigencia política y de la intolerancia.

Mi querida España / Esta España viva, / Esta España muerta / Mi querida España / Esta España mía, / Esta España nuestra