Blanca se sumerge en la lúgubre infancia del profesor Fontana, en los esfuerzos de quienes por haber nacido donde lo han hecho no esperan nada, aunque no cejan en su empeño. También se adentra en sus ilusiones de juventud, en su espíritu inquieto, en su capacidad de “mirar” con los cuatro sentidos, en sus sentimientos más puros y en su resignación ante lo imprevisible. En definitiva, es un recorrido por el ser humano tal cuál es, con sus virtudes y defectos, con sus parabienes y sinsabores.

Además, es una obra que nos habla del valor de la amistad, de su importancia y de cómo el tiempo, aunque se reconozca en nuestros rostros con mayor o menor benevolencia y deje en algunos la terrible huella del olvido, avanza sin tregua y, como un riachuelo, se lleva nuestros recuerdos y lo que fuimos y nunca volveremos a ser.

Pero, sobre todo, es una reflexión sobre las segundas oportunidades, sobre la idea de que el sol acaba por salir, aunque en ocasiones sintamos estar tan a oscuras, que no veamos más que sombras y nuestro cuerpo esté gélido de esperanzas.

Les recomiendo su lectura, les resultará agradable, les permitirá recrear la España del pañito de ganchillo y olor a puchero, y complacerse de la amplitud de miras de un país abierto a la experiencia de compartir con los demás. Y, muy especialmente, es un rayo luminoso cuándo la tormenta aflora.