Parece que Pablo Iglesias Turrión, y los suyos, hacen cada día nuevos gestos de desprecio a las normas de cortesía parlamentaria, y hasta de simple urbanidad, en el Congreso de los Diputados. Pero, es posible que no sean gestos forzados.

Hay que recordar, que, si algo grazna como un pato, anda como un pato, tiene pico de pato y parece un pato, es que es un pato. Lo mismo se puede decir de Iglesias Turrión. Y no es que crea que se asemeja a un noble ánade. Me refiero a que, si dice lo que dice en el Congreso, se comporta como se comporta, se viste como le sale del carrefour y parece lo que parece, es que, efectivamente, es eso que aparenta.

Y no se esfuercen ustedes en cambiarle ni se empeñen en que dimita de su papel de representar en el Congreso una forma de ser. Es tan natural como el hipo y va por el hemiciclo, como podríamos decir, como Pablo por su casa, con su pareja al lado, como si estuvieran en el sofá viendo su serie favorita en la tele.

Porque eso es lo que hace la gente a la que representa, aunque no sea, exactamente, toda la que dice representar. No. Con esos modos, el representa a esa gente que, cuando se encuentra en un estado de imperturbabilidad no es que padezca ataraxia. Es, simplemente, que se la pela o se la bufa. Es gente, debe serlo, que si no hubiera suficiente seguridad en el Congreso, utilizaría la jornada de puertas abiertas para entrar en manifestación por la puerta de los leones y no se quedaría tras las vallas metálicas. Gente, al parecer, de confesión evangélica, judía o musulmana, por lo que Podemos no ha pedido que se suprima la retransmisión de esos ritos religiosos en TVE. Gente que debe beber Pepsi Cola, en lugar de Coca Cola.

Es a esa gente a la que se debe Su Señoría, el Excelentísimo Señor Don Pablo Manuel Iglesias Turrión (Por cierto, ¿cuándo renunciará oficialmente a dichos tratamientos?). Y, por eso, no puede hacer otra cosa que lo que hace. Vaya en mangas de camisa, se ponga una chaqueta o alquile un smoking para ir al cine. Da lo mismo y, si lo tuviéramos que explicar con otro dicho, apelaríamos a lo de la mona y la seda.

Y, esas apelaciones al carácter ceremonial del parlamento que se hacen desde los sectores tradicionales, la verdad es que solo sirven para significar las diferencias entre la cortesía y la grosería, dicho sea sin ánimo de faltar a nadie y, menos que a nadie a los que se comportan exactamente como son.

Abogo, pues, porque se puedan criticar, faltaría más, las formas que exhiben sus Señorías de Podemos y las diversas mareas. Pero estimo que la única legitimación para pedirles que cambien esas formas solo la tienen aquellos que han aupado a esos señores, y señoras, al palacio de la Carrera de San Jerónimo. Ellos verán si se sienten representados así.

Yo, por ejemplo, no me sentiría capacitado para hacer de asesor de imagen de Pablo Iglesias Turrión. ¿Le recomendaría que, ahora que llega la primavera se abrigara con una chaqueta para sudar más?, ¿le diría que no debe escupir en el suelo?, ¿le limitaría el calibre de los insultos a los de la casta?. Cualquiera sabe lo que enardece a sus representados aunque me temo cualquier cosa.

Por otra parte, lo peor no es que un político tenga un concepto de la cortesía parlamentaria basado en conformarse con hacer sus necesidades en los servicios. Lo peor es que quiera llegar al poder con Duverger y mantenerlo, si lo consigue, como Maduro.

Además, por mucho que se empeñen, Pablo Iglesias Turrión no va a cambiar sus usos. Es como el conductor kamikaze que cree que es el resto del mundo quien va por dirección contraria. Hablando de patos es como el del cuento de Prokofief, Pedro y el lobo. Cuando el pajarito pregunta al pato: ¿Qué clase de ave eres tú que no sabes volar?, este responde: ¿Qué clase de ave eres tú que no sabes nadar?