Siempre me ha parecido admirable, al tiempo que preocupante, la enorme capacidad adaptativa que tenemos los seres humanos. Admirable porque conseguimos navegar contra corriente, sobrevivir a adversidades, y sonreír incluso en los peores momentos. Esa capacidad adaptativa es la que ha hecho que, como especie, salgamos siempre a flote.

Sin embargo, también me parece preocupante porque manifestamos una tendencia a la costumbre y a dar por hecho como inevitable cosas que de por sí son absolutamente extraordinarias. Y cuando aceptamos lo excepcional como una norma habitual ya no le damos valor, ya no lo consideramos, ni nos alegramos ni nos enfadamos. Lo que es peor: perdemos nuestra capacidad crítica y nuestra percepción de ver un poco más lejos del presente.

Cierto que vivimos en una permanente ruleta de inestabilidad e incertidumbre, agravada de forma exponencial con la pandemia, que nos obliga a veces a improvisar, no solo a nivel personal o social, sino mucho más en quienes toman las decisiones. Antes de verano no sabíamos cómo iba a evolucionar el coronavirus y todo parecía bajo control; ahora no estamos en una segunda ola pero el virus, lejos de irse, campa a sus anchas entre nosotros con el riesgo de desbordar nuevamente tanto los contagios como los fallecidos. Es cierto que no estamos en las mismas cifras pero también es cierto que esta situación anómala estará presente durante muchos más meses de los que hubiéramos previsto.

Y cuando eso ocurre, nos adaptamos a situaciones excepcionales convirtiéndolas en “nueva normalidad”.

Pero no es normal que vivamos socialmente con una mascarilla en la boca que elimina toda nuestra expresión; que no podamos abrazarnos ni acercarnos unos a otros; que los niños vayan al colegio en clases burbujas; que nuestros trabajos pendan de un hilo, no por una crisis económica (habituales en el capitalismo), sino por contagios virológicos. No es normal pero es absolutamente necesario. Lo hacemos y lo cumplimos por nuestra propia salud (salvo los “negacionistas” que este mundo nuestro está lleno de gente absurda).

De la misma forma nos habituamos también a un paisaje social y político lleno de excepcionalidades sobre las que sobrevolamos.

Me resulta tan sorprendente que hayamos asumido que las medidas sociales, las ayudas, los Erte,s, la renta mínima, en definitiva, la red social que está tejiendo el gobierno es lo más normal cuando en la anterior crisis del 2008 las acciones tomadas por el anterior gobierno del PP fueron en una dirección totalmente contrario. Claro que es obligación del Estado crear la red para evitar que los ciudadanos se despeñen en esta situación excepcional. También lo era en otras etapas, y en cambio, la acción del gobierno fue recortar lo público a niveles paupérrimos como ocurrió con la sanidad y la educación públicas de la Comunidad de Madrid.

Si no tenemos capacidad de discernir que todas las políticas no son iguales ni todas las medidas para paliar una crisis son las mismas, confundiremos la privatización con los derechos sociales, los recortes con las ayudas, lo público con lo innecesario.

De la misma forma que nos habituamos a que es normal que Isabel Díaz Ayuso sea presidenta de una Comunidad Autónoma, porque es una decisión democrática que no debe entrar a valorar si está capacitada o no para ello. ¿Lo está? ¿Acaso la gestión del gobierno autónomo madrileño, más allá de lo que se escapa a su control y las facultades en esta situación anómala, no es desastrosa e ineficaz, además de una prepotencia que raya lo absurdo?

Y así nos vamos habituando a convivir entre aciertos y “horrores” como si pesaran lo mismo en la balanza. Seguimos arrastrando el caso Bárcenas, ahora llamado casi Kitchen, con personajes de sobra conocidos como Bárcenas, M.R., Cospedal, Fernández Díaz (antiguo ministro de interior), el excomisario Villarejo, etc, al que se le van sumando nuevos personajes en una operación indescriptible de espionaje, corrupción, deslealtad, traición, dinero, … Seguro que cualquier día nos divertimos viendo una serie tan larguísima como “Cuéntame”, que nos haga alucinar tanto como si fuera “La Casa de Papel”.

Porque todo lo que está ocurriendo en el seno de la cúpula del PP, del gobierno que ha dirigido este país durante años, es realmente alucinante. Como también es vergonzoso, preocupante, miserable, abominable.

Si ante ello nos sentimos indiferentes porque estamos habituados a ver, ¡otra vez!, en las noticias a Bárcenas y la corrupción, y suspiramos pensando que esto ya lo sabemos, cuando cada día la madeja que se va desentrañando muestra una podredumbre difícil de tragar en un sistema democrático, entonces estamos mal de salud social y democrática. De la misma forma que nos ponemos la mascarilla para evitar contagios, deberíamos mostrar la indignación para evitar que esto quede impune.

El hábito no puede atrofiar nuestros sentidos, y mucho menos, el de la justicia.