Como científicos sociales cada vez se hace más imperativo reconocer que las nuevas formas que adopta el cambio social tienen raíces profundas. Vale que las dinámicas de cambio reptan cada vez menos en tendencias y cada vez más saltan como rana asustada. Esa evidencia está sobre la mesa de cálculo desde hace tiempo. El informe Global Trends 2025 destacaba la importancia creciente de los shocks y las discontinuidades. En el siguiente informe (GT2030) ya pasa de la categoría de observación metodológica a la de advertencia.

Y sin embargo, la cuestión trasciende la metodología y las técnicas, o la naturaleza los datos obstrusivos (encuestas, entrevista y grupos) o no obstrusivos (Big Data). Ahora toca buscar Tuber (trufas). La apariencia puede cambiar por muchas razones (qué decir de modas) pero cuando es la dinámica la que cambia de formas (discontinuidades, disrupciones, crisis, et.) expresa una modificación drástica de las bases del sistema: de la violencia legitima a la legitimación de la violencia es un ejemplo de esto. Sin irnos por las ramas weberianas, legitimar la violencia es el día a día. Una violencia que surge del interés particular, de la conveniencia nacional, apelando a lo irracional desde el egoísmo individual o grupal. ¿Es algo nuevo? Diría que no. Este escenario lo han sufrido en África desde siempre. Viviendo crisis tras crisis sometidos al arbitrio de la violencia de los poderes económicos de los países dominantes o de los capitales multinacionales, de las pandemias, estados institucionalmente frágiles con política extremadamente corrupta, conflictos étnicos o religiosos, hambrunas, sequias e inundaciones, expuestos como sociedad a todas las inclemencias de la naturaleza humana y medioambiental.

La cuestión por contestar, la trufa a buscar es hasta qué punto las sociedades desarrolladas, los Estados democráticos en los que vivimos, se aproximan a una lógica africana. Lo extraño y los giros de guion histórico son ya la regla. Y no solo en el ámbito del comportamiento político y electoral, donde la sociedad absorbe o escupe la política según lo amargo del último trago. Es ya un rasgo generalizado de todos los ámbitos y dimensiones.

Crisis económicas, pandemias, conflictos bélicos que no existen pero matan, oleadas de refugiados maltratados en origen y destino, lideres enloquecidos que proponen murallas chinas en México, hambrunas, sequias e inundaciones, movilizaciones nacionalistas, un Brexit enloquecido… Las tendencias las alumbra la suavidad de la razón y del respeto al derecho. Cuando la lógica de la violencia se impone, sus expresiones son siempre de ruptura. El gobierno británico afirma que actuará rompiendo con el derecho internacional en sus fronteras con Irlanda. Un peldaño más en la profunda escalera mundial que partiendo del “todo vale si me vale” conduce al más allá del derecho. Israel ya fue un alumno adelantado y aventajado, los Estados Unidos le siguen los pasos con su América primero (antes fue Alemania sobre todos): asesinatos selectivos, cárceles secretas, torturas conocidas, fraudes electorales, y un etcétera de verdad.

El orden mundial (lo poco que se alcanzó tras la caída del muro de Berlín) ya es desorden, y en ese desorden surge la violencia y el caos. Y en la violencia y el caos florecen los lideres caudillistas (usted ya sabe quiénes) que retroalimentan el caos y el desorden. Mucho es de temer, que para comprender este nuevo mundo nos toque repasar lo peor de nuestro pasado y generalizar el presente de algunos. La política española es una anécdota, un esquife remando con un solo remo en el mar del norte, cuando es mar del norte. Falta amplitud de visión sumada a la habitual falta de miras. Poder o no ser, esa es la cuestión.