El lunes 16 de marzo de 2020, millones de personas se encontraron confinadas en sus domicilios en aplicación del estado de alarma que el Gobierno había decretado. Era una situación inédita de consecuencias desconocidas. Con los ciudadanos confinados en sus casas, empresas y colegios cerrados y la economía en shock, la incertidumbre era máxima. En un tiempo asombrosamente breve, miles de empresas reabrieron con sus empleados en teletrabajo, las compras online suplieron el cierre comercial, los colegios conectaron por Internet con su alumnado y el ocio ofrecido por la red llenó muchas horas de encierro. La transformación digital, de la que se venía hablando años, parecía haber eclosionado. El Centro de Investigaciones Sociológicas ha llevado a cabo un estudio para conocer la profundidad de esta transformación y sus consecuencias. El estudio se basa en una muestra aleatoria de 3.014 entrevistas representativa de la población española mayor de edad, de la que he realizado la dirección científica.

Para poder evaluar si la tecnología digital existente en España ha servido de ayuda frente a la crisis de la covid-19 y conocer adicionalmente si la pandemia ha producido una aceleración en el proceso de transformación digital de la sociedad española, se ha realizado la encuesta al público en general, seleccionando cuatro ámbitos de análisis: el teletrabajo; la actividad escolar; actividades cotidianas como compras por internet entre otras; y el equipamiento y uso de internet. Veamos los resultados.

Teletrabajo

La evolución del teletrabajo durante la pandemia es muy significativa. Antes de marzo de 2020, solo el 8,8% de los trabajadores activos habían realizado teletrabajo con frecuencia, pasando a ser el 46,7% un año más tarde. Los autónomos, que eran los mayores usuarios del teletrabajo y lo hacían el 21,4% en 2019, han doblado esta cifra hasta el 46,9% ahora. Entre los que trabajan en empresas se han multiplicado por seis, pasando del 8,2% al 51,3%. Pero el caso más singular es el de los funcionarios, que han saltado desde un insignificante 5,3% al 66,6%.

Muchos empleadores no tenían planificado implantar el teletrabajo, puesto que el 50,3% de los trabajadores tuvieron que usar su propio ordenador durante el confinamiento. Sin embargo, un 35,7 % ya había sido equipados por su empresa con un ordenador portátil y el resto lo recibieron en esta ocasión. También aquí hay diferencias significativas entre el comportamiento del sector privado y del público. Mientras que el 47,5% de los empleados que hacen teletrabajo, tenían un portátil de su empresa con anterioridad, solo el 14,8% de los funcionarios pueden decir lo mismo. El 56,7% de los funcionarios que han teletrabajado durante la pandemia, lo han hecho con su propio ordenador, frente al 27,6% de los empleados en empresas. La falta de adecuación de los domicilios particulares para compartir vida familiar y laboral ha sido una dificultad añadida en muchos casos, pero a pesar de ello, el 69,9% de los asalariados consideran que el resultado de su trabajo durante la pandemia ha sido igual o mejor que el de antes, dato que en los funcionarios baja hasta el 47,7%. De hecho, el porcentaje de los funcionarios que consideran que su trabajo en casa ha sido peor (44,3%), es más del doble que el de los asalariados que opinan lo mismo (20,9%). Lo cual es consistente con la menor experiencia previa de los funcionarios y la menor anticipación que hemos constatado en el sector público. Se diría que la pandemia ha actuado como un acelerador de la transformación digital de las empresas y que, en el caso de la administración, la aceleración ha sido disruptiva.

En todo caso, el teletrabajo tiene buenas bases para consolidarse. Se ha incluido una batería de preguntas para valorar la percepción de beneficios y perjuicios que el teletrabajo significa para cuatro entornos: empresas, trabajadores, sociedad y vida familiar, con un resultado positivo, pues en todos ellos los beneficios superan ampliamente a los perjuicios. La mayor diferencia se da en las empresas (el 62,1% consideran que les beneficia y el 8,8% que les perjudica), pero los resultados son también muy positivos en el resto: empleados (50,1% frente a 19,1%), sociedad (52,5% frente a 22,4%) y vida familiar (58,7% frente a 19,3%). Los factores que se consideran más influyentes, en positivo, son, en el caso de las empresas, la reducción de costes y aumento de la productividad. En los otros tres casos los factores positivos son: la conciliación familiar; el tiempo ganado para uno mismo o para la familia; y la menor contaminación por el ahorro de desplazamientos. Por contra, los perjuicios se derivan del aislamiento, el mayor estrés o la inadaptación de los domicilios. Ante la pregunta de si el teletrabajo aumentará o disminuirá cuando se vuelva a la normalidad, 28,8% de los entrevistados estiman que seguirá aumentando, 16,1% que disminuirá, mientras el 51,9% creen que seguirá igual o que dependerá de los casos.

Una cuestión interesante es que el teletrabajo no parece generar diferencias de género, puesto que las cifras de personas activas de uno u otro género que lo hacen son muy similares, con una pequeña diferencia a favor de las mujeres (48,4% de mujeres frente al 44,3% de hombres). En cambio, las mujeres son más escépticas que los hombres en la evaluación positiva del teletrabajo, ya que el porcentaje de las que dan una valoración positiva es aproximadamente diez puntos porcentuales inferior al de los hombres, en cada uno de los cuatro ámbitos señalados (la valoración media de los hombres es 60,8% y la de las mujeres 51,0%).

Actividad escolar

La digitalización también ha permitido mantener la actividad escolar de los niños, niñas y adolescentes que se han visto encerrados en casa durante el estado de alarma. Pero en este caso la percepción sobre la preparación del sistema educativo para mantener la normalidad escolar y su capacidad de respuesta, no es tan positiva.

Solo el 35,1% de los encuestados con menores a cargo, constatan que sus colegios habían introducido actividades online antes de la pandemia. El 89,1% dicen que, durante el confinamiento, el centro estableció algún procedimiento de seguimiento a distancia, pero el 8,2% responden negativamente. El 59,3% consideran que los protocolos online que estableció su centro educativo, suplieron las clases presenciales y el seguimiento personalizado de los alumnos, de manera bastante efectiva (52,3% en el caso de los centros públicos y 72,4% en los concertados), mientras que el 37,4% considera que su centro no estableció protocolos y cada profesor o profesora actuó con sus propios criterios (42,3% públicos y 25,3% concertados). El 83,5% opinan que los centros educativos tuvieron que improvisar métodos para impartir los contenidos del curso; El 42,6% afirman que, a menudo, los adultos tuvieron que hacerse cargo de la explicación de los contenidos porque el colegio se limitaba a enviar los materiales por correo electrónico. Un 12,2% manifiestan que el centro se desentendió de los alumnos con dificultades de conexión, lo que unido al citado 8,2% que afirman que el colegio no estableció ningún procedimiento, da una idea de la dimensión del grupo de alumnos descolgados. Por otra parte, un 5,5% de las personas encuestadas reconocen haber recibido algún tipo de ayuda para tener ordenador o conexión.

Las herramientas utilizadas, según la opinión de los adultos, han sido: correo electrónico (92,5%), videocomunicaciones directas con cada alumno (75,2%), conversaciones telefónicas con los adultos para dar instrucciones y seguimiento (71,5%), talleres a través de plataformas online (69,1%), videos o audios grabados por los profesores (67,6%) y clases magistrales a través de plataformas online (62,8%).

Respecto a los profesores, el 50,4% de las personas encuestadas consideran que están altamente cualificados y el 79,9% que han sabido adaptarse a la situación. Pero también se constata el estrés al que los profesores se han visto sometidos, a través de la opinión de los adultos consultados, ya que el 54,1% de los cuales creen que los profesores se sentían desbordados y el 42,2% que se sentían frustrados. Al 14,6% les ha resultado muy difícil o imposible contactar con los profesores por teléfono o por Internet. Existe un amplio consenso (89,2%) sobre la necesidad de que el profesorado reciba formación específica y profunda sobre técnicas pedagógicas de educación online.

El 58,9% de los adultos con menores a cargo han experimentado un aumento de su implicación en la educación de los mismos. La experiencia educativa durante el confinamiento es valorada negativamente por el 47,3% de los adultos con menores a cargo, aunque ha servido para crear un estado de opinión favorable (78,5%) a la educación presencial, pero incorporando actividades online progresivamente desde los últimos cursos de Primaria.

Actividades de la vida cotidiana

La presencia de Internet y de aplicaciones digitales en la vida cotidiana es una realidad insoslayable. El confinamiento ha contribuido a acelerar la transformación digital de la sociedad también en el ocio, las compras de todo tipo, las relaciones con la administración, con los bancos y con los proveedores de servicios. En todas estas materias se han introducido preguntas que demuestran que el grado de madurez alcanzado es muy alto. Que ya lo era antes de la pandemia, pero que con ésta se ha consolidado.

El 92,4% de las personas entrevistadas que tienen acceso a Internet, consideran que antes de la pandemia eran ya usuarios habituales. El 52,9% de ellos afirman que, desde entonces, ha aumentado su tiempo de uso. Esto ha implicado que el 13,5% de han contratado mayor capacidad, que el 93,6% tenían ordenadores en casa y que el 22,8% de estos han adquirido nuevo equipamiento informático. Que, en la actualidad, tienen 2,8 ordenadores por domicilio para atender a las 2,37 personas que habitan en él, por término medio. Respecto a los servicios que han disfrutado durante el confinamiento, el 93,3% consideran que las videoconferencias les han permitido mantener el contacto con familiares y amigos, el 79,9% que el acceso a servicios audiovisuales desde el domicilio les ha hecho más llevadero el confinamiento, el 67,7% que el teletrabajo ha permitido mantener muchas actividades profesionales desde casa con alto nivel de calidad y el 66,1% que se ha podido disfrutar de una oferta de cine de calidad sin salir de casa, aunque el 28,2% manifiestan que la insuficiente capacidad o calidad de Internet ha sido un problema añadido al confinamiento. El 77,6% han realizado búsquedas por Internet de asuntos de su interés, el 67,4% han utilizado plataformas digitales para mantener reuniones, el 42,0% han realizado acciones formativas, el 37,8% han participado en conferencias o eventos en la red y el 29,8% han realizado actividades deportivas, gimnasia, yoga o similar en la red. Respecto al futuro, el 56,3% opinan que Internet será más importante cuando volvamos a la normalidad, mientras que el 38,9% piensan que será igual de importante. Son cifras representativas de una infraestructura madura que ha podido responder satisfactoriamente a una inesperada demanda, pero que también ha hecho aflorar sus limitaciones.

El estudio también nos informa sobre la evolución de las compras realizadas a través de Internet, que reflejan un alto nivel de madurez. Aquí se ha observado el crecimiento de las personas que compran todo tipo de productos y servicios, alcanzándose valores del 83,8% en la relación con los bancos, 73,4% con la administración, 59,1% en la compra de ropa o 49,1% en la de libros, también crecimientos muy importantes en sectores menos habituales como alimentos frescos (de 9,9% a 19,9%), alimentos cocinados (de 20,4% a 26,0%), muebles (de 17,5% a 21,7%) o prensa digital de pago (de 9,0% a 11,6%). Solo se registran reducciones muy importantes en sectores muy consolidados en la compra online, pero muy afectados por la covid-19, como la compra de billetes de avión o tren (de 66,9% a 30,4%) y entradas a espectáculos (de 63,8% a 31,2%).

Internet

Toda esta cultura digital circula por las redes y en particular por Internet. Ambos se han convertido en actores imprescindibles. Ya nada se puede hacer sin su concurso. Pero, según el estudio, un 12,8% de la población no tiene conexión a Internet, inasumible si queremos que nadie se quede atrás.  El análisis de detalle de los datos de la encuesta y su cruce con las variables socioeconómicas y sociodemográficas, nos permite rastrear donde se acumulan los grupos de personas que carecen de conexión a Internet y nos descubre cuatro entornos en los que la brecha supera el 25%: las personas que viven en zonas rurales despobladas, los que se consideran de clase baja y media-baja, la población mayor de 65 años y aquella cuyo nivel educativo no alcanza la Secundaria completa. Cuatro entornos a los que el Plan de Digitalización del Gobierno debería dar dos cosas: cobertura de Internet y competencias digitales.