Parece que lo más lógico sería que mi artículo de esta semana (y las siguientes) fuera sobre las primarias socialistas, pero he de reconocer que no tengo nada nuevo que aportar, y que aún queda demasiado tiempo, más de un mes por delante antes de las votaciones, con lo que correrán todavía ríos de tinta.

Además, hay opiniones para todos los gustos, y también “dolores”, pues no deja de ser preocupante la división que se está produciendo en el PSOE, que ha vivido otras ocasiones de confrontación interna pero no con la virulencia que se sufre en esta ocasión. Gane quien gane, da la impresión de que no será posible “coser” el partido fácilmente. Al final, no todo es fácil de olvidar (ni lo que se dice ni lo que se hace). Y, en medio de los discursos, las “llamaradas acusatorias”, las “zancadillas”, los censos, y un largo etcétera de complicaciones enturbian el proceso.

Pero, los problemas del PSOE no son solamente nacionales, sino que, cuando levantamos un poco la mirada, podemos comprobar que el problema del socialismo se vive en la cuna de Europa. Salvo excepciones que son más bien coyunturales, el socialismo está sufriendo su mayor crisis desde la II Guerra Mundial y la construcción del Estado de Bienestar.

Para ser justos, deberíamos señalar que el liberalismo político también está contra las cuerdas, puesto que es incapaz de mantener la defensa de los derechos individuales en un mercado globalizado, y se ve arrastrado por el canto de sirenas del populismo y la extrema derecha, que agitan fantasmas de miedo y nacionalismos para imponer, contra toda lógica del pensamiento conservador, el proteccionismo económico y político (véase Trump en EEUU y sus seguidores entusiastas como Marie Le Pen en Europa).

Este pasado fin de semana se celebraba el 60 aniversario de la construcción de la Unión Europea. Y la gran mayoría seguimos pensando en la necesidad de reforzar esta construcción como solución a los problemas transnacionales que nos ha traído la globalización. ¡Más Europa y mejor Europa! Esto lo gritamos en un momento donde la desafección con Europa es grande, donde ya se habla de la Europa a dos o tres velocidades, y donde cada vez se agitan más las banderas de los antieuropeos.

En un panorama tan conflictivo como el actual, el socialismo europeo se está tambaleando.

En Gran Bretaña se inicia el proceso de separación con la Unión Europea, y los laboristas (que defendieron permanecer en Europa) se encuentran ahora, en palabras de su líder, respetando la decisión y apoyando la salida de la Unión Europea porque así lo han querido los británicos, sabiendo además que, entre su propia militancia, hay división de opinión e incluso seguramente la mayoría de la clase obrera votó por el Brexit.

En segundo lugar, nos felicitamos porque en Holanda se ha conseguido frenar a la extrema derecha, pero el socialismo ha caído a niveles espectaculares. Y nos conformamos con que “el mal menor” sea el gobierno de los conservadores.

Así es como ocurre en Francia, todos miramos asombrados qué pasará con Marie Le Pen, porque nadie espera que el socialismo francés tenga la mínima posibilidad de aspirar a repetir gobierno. Tanto es así que el primer ministro, todavía socialista, Manuel Valls, ya ha anunciado en público que votará al candidato conservador para frenar a la extrema derecha.

Si subimos la mirada a Alemania, parece que se nos reaviva el corazón pensando que quizás Martin Schultz consiga sacar cabeza, pero una cosa son las encuestas y otra los resultados, y de momento, nada indica que las cosas vayan especialmente bien.

Y, qué decir de España, donde el PSOE, él solito, se puso la cuerda al cuello y apretó la soga tan fuerte que está a punto de dividir en dos al partido, ofreciendo en bandeja el gobierno a Rajoy y al PP sin condición a cambio, mientras parece que la flaca memoria de los españoles o la saturación por la corrupción hace que “el gatopardo” siga gobernando.

Como señala Carlos Elordi, “las celebraciones del 60º aniversario del Tratado de Roma han tapado durante un par de días el anti-europeísmo rampante en buena parte de los países miembros de la Unión Europea y particularmente en los que son sus socios fundadores”.

El proyecto de la Unión Europea flaquea y está en peligro, en un momento de la historia donde es más necesario que nunca, pero tiene instalado el huevo de la serpiente en su propio centro. Procuramos no hacer mucho ruido para que no se despierte, pero las políticas europeas del austericismo propiciadas por los mismos conservadores están exaltando los ánimos de la población.

Lo más paradójico se produce cuando los conservadores europeos se están convirtiendo en el “mal menor” para frenar a la extrema derecha, cuando son sus políticas las que nos llevan a esta situación de quiebra social.

Como dijo Antón Costas el otro día en un reportaje sobre “los hijos de la ira”, “la historia no se repite, pero rima”.