De los cinco elementos de la ecuación electoral, el clima es sin duda el de más difícil medición. Y posiblemente el fundamental. Actúa como un factor que genera una elevada interacción, en su combinación con los demás factores (elementos), produciendo resultados electorales discontinuos y no lineales. Ahora para todos públicos. Que cuando el clima de opinión cambia, todo cambia. A saltos (discontinuo) y con crecimientos inesperados (no lineal). Hay quien lo resuelve con la pregunta “¿Qué partido cree que ganará las elecciones?”. Como “proxy” juego da. Pero no es suficiente. Dicha creencia puede actuar desmovilizando, pero también produciendo movilizaciones segmentadas. En jerga académica: necesitamos más investigación con datos más completos (más variables) para desambiguar la explicación. Cuando faltan variables para controlar los efectos, en efecto, es difícil medir los afectos.

Usted se preguntará, y desde aquí ¿dónde vamos? A la última revolución. La emancipación de la opinión pública española del “sentido común recortado” de los gobiernos conservadores y la llegada de la civilización y la modernidad. “Menuda exageración”, me parece escuchar por ahí. Pero deje que me explique y veremos qué hay de menuda y qué de exageración. Para comenzar, hay varias teorías sobre el “sentido común”. Reducidas a dos, por una parte, el “sentido común” es universal y expresa las variantes tácticas de las estrategias de supervivencia (individual, por supuesto) inspiradas en Hobbes. En otra, el “sentido común” es cultural, histórico y con variantes específicas de grupos sociales en la defensa de sus intereses. Aunque hay refranes para las dos, mi opinión es más de esta última consideración. Digamos que el sentido común del carretero no es el mismo que el del banquero (Marx diría, salvo carretero alienado que defiende y paga los intereses al banquero). En España el clima (ambiente) estaba enrarecido por la versión profundamente ideológica del “sentido común” conservador. Las peras y las manzanas de Ana Botella. La sensatez era su autoelogio favorito (M. Rajoy) y la insensatez (en todas sus variantes y sinonimias) su principal descalificación.

En una de sus frases memorables (en tono “martes y 13”) el ínclito y afortunadamente periclitado ex presidente de España M. Rajoy, afirmaba que “Haré todo lo que pueda y un poco más de lo que pueda, si es que eso es posible. Y haré todo lo posible e incluso lo imposible, si es que lo imposible es posible”. No es un trabalenguas, aunque lo parezca. Es un tropezón cognitivo. En la derecha española lo posible forma parte de lo imposible porque lo suyo es el “sentido común”. La diferencia es esencial. En lo posible entra la razón. Es parte de su campo semántico. En el “sentido común” es lo verosímil la referencia final. Y lo verosímil es una parte pequeña y distorsionada de la realidad. Más aun, en ese “sentido común” recortado moralmente que acostumbra la derecha.

Y es moralmente recortado al regirse por el axioma “Burniano” (Los Simpson) de lo mío para mí, lo tuyo también. ¿No era de sentido común el estilo de la cooperación internacional del Gobierno PP-Camps de Valencia? En qué cabeza sensata cabe enviar dinero a unos desconocidos con lo bien que se queda en casa. Y es sensato (aunque nadie lo demostraría jamás) la mezquindad absoluta de suprimir la sanidad universal con la idea, “obvia”, de que se ahorraba dinero. La sanidad para ciertos españoles: lo mío para mí. La memoria histórica se resume en las batallitas del abuelo (decía el máster del universo). Eso sí. Menudo drama de quitar una placa fascista. Las efemérides para mí. Y por supuesto. Si la Iglesia católica reparte fe, que menos que pueda dar fe de si misma y registrar propiedades por su cuenta y sin riesgo. La derecha en España se ha caracterizado por extender durante tanto tiempo una baba cognitiva que elevaba a categoría kantiana un “sentido común” recortado respecto a fines. Es exactamente lo mismo que significa Trump con su Estados Unidos primero, o la Alemania nazi con su himno Alemania sobre todos.

Esa miseria moral ha sido un pegamento viscoso que atrapaba en ocasiones al pensamiento progresista. Y lo atrapó de tal modo que el sentido común recortado convertía las propuestas de base democrática en “extremistas”. Por ejemplo, era extremista pedir que la multinacional católica dejase de permear las instituciones del estado, o que respondiese de sus actos en la tierra (que más bien están fiscalmente en el cielo). Podría estar mucho rato, pero ya le digo que la mayor parte de lo que anuncia el actual gobierno socialista era hace poco inverosímil, extremista y de poco sentido común. Como en su tiempo lo fue pedir la supresión del servicio militar, excarcelar a los insumisos, revisar el concordato… ¿Es tan complicado darse cuenta de que el Vaticano es un estado extranjero con sus propios intereses y que sus embajadores (jerarquía católica) pretenden decidir sobre la vida e interferir en lo público de otro estado (España)? ¿Estos señores del “sentido común” no perciben la alta traición que representa la obediencia a un estado extranjero? ¿Es patriótico someter a los españoles a las decisiones e intereses de otro estado? Mi consejo es que pregunten a los ingleses. Y para qué hablar de Franco. Vale que en cuarenta años de dictadura no lo desalojaran del poder, pero ¿En cuarenta años de democracia tampoco pudieron desalojarle de esa pirámide construida por sus presos políticos?

Ya han pasado tantas generaciones… que no comprenden el tabú del “sentido común” conservador. Es el “sí se puede” (gritado antes de que se franquiciara la frase). Por eso, por fin se saluda la llegada de lo posible. Claro que se puede. Es solamente que lo puede hacer cualquier partido progresista, moderno, democrático y ocupado del bien común. Sintonizado con la civilización, la razón, los derechos propios y de los demás. Luchar contra la mezquindad como moral no es monopolio de ningún partido. Solo era cuestión de querer hacerlo. Es simple y fácil.

Por ello, repentinamente la bruma se disipa y el clima cambia. Ha sido como liberarse de una opresión mental. Cerrazón le llamaban en su época. Ayer, un candidato del PP afirmaba que su partido ha sido poco flexible y no se ha adaptado a los cambios. Difícil decirlo mejor. Resta añadir que, en esa pesadez, densificada por todos los miedos de la incertidumbre, tenían mortecina a la sociedad española.

Los ayuntamientos llenos de pancartas “refugiados bienvenidos”, saludando a quienes nunca llegaron. En los barómetros europeos la sociedad más solidaria es España, la más abierta social y culturalmente, la de valores más igualitarios. Analizar las encuestas europeas es llorar de emoción al comparar con el patio europeo. Ahora, por ahora, por fin estamos otra vez sintonizados en lo social y en lo político. No ha sido el “sentido común” acobardado (los miedos que representa) el que hace avanzar y extender la civilización, los derechos humanos, entre ellos el legítimo derecho a cambiar. Por fin lo “posible”, que se reduce a hacer lo que se debe (al bien común y a la democracia). Como ven, era una exageración menuda a menos.