Llega el 8 de marzo, una fecha esencial para el reconocimiento de los derechos de la mujer y que, sin duda, es importante para las mujeres y para los hombres. Sí, también para los hombres. Muchos lo han entendido: todos aquellos hombres que no tienen miedo a perder privilegios sustentados sobre el poder del varón y la sumisión de la mujer porque prefieren encontrar una compañera, una amiga, una amante, una mujer libre que una vasalla. Sobre todo, porque ellos ganan también: se liberan de estereotipos, pueden ejercer de padres, dejan de ser los “machotes” violentos, y pueden dejar de fingir.

Para los otros, no me apetece seguir dando explicaciones porque todo movimiento de progreso y cambio de las estructuras culturales y sociales conlleva resistencia. Y quedan aún muchos hombres cafres que todavía basan su masculinidad en la violencia y la barbarie. Ni tampoco me apetece seguir explicando la utilización nefasta y bochornosa que se hace de las manifestaciones del 8 de marzo. Porque, pese a las resistencias y los negacionistas (siempre son los mismos), se avanza.

Este año será diferente porque la pandemia así lo exige, pero no por ello menos ilusionante, comprometido, esperanzador y combativo. Porque siguen existiendo muchos obstáculos, algunos de ellos realmente graves como la violencia de género, la explotación del cuerpo de la mujer, los matrimonios forzados de niñas, y un largo etcétera.

Hace poco tuve que realizar una conferencia sobre “Literatura y Mujer” para la Caixa Popular, en un ciclo coordinado por la cineasta Paqui Méndez. Y la primera reflexión que me vino a la cabeza es si las mujeres éramos lectoras o escritoras. Una división de papeles que, al principio, resultaba extraña, pero que, cuando se analiza, ahí quedan recogidos los estereotipos y cánones culturales que se arrastran, no solo a la literatura, sino a toda la vida social y pública de la mujer.

En definitiva, es la división público/privado sobre la que se ha asentado el rol de género sobre hombres y mujeres. A la mujer se le ha asignado siempre el ámbito privado, incluso prohibiéndole su acceso al público. En cambio, el hombre puede representar cualquier papel social, porque a él le corresponde el ámbito público. La educación, la economía, la religión o incluso la filosofía han perpetuado esta división de papeles sociales.

A partir de aquí, comienzan los estereotipos.

¿Quién no recuerda el famoso y divertido cuento de los pitufos, esos muñecos azules? Había pitufos de todo tipo: sabio, perezoso, carpintero, viejo, joven, deportista, intelectual, etc y etc. Tantos pitufos como roles sociales o estados de ánimo puede tener un hombre. En cambio, solo había una pitufa que representaba a todas las mujeres. Ella fue creada con arcilla y un hechizo la hizo malvada para utilizar sus encantos y provocar los celos entre los pitufos. Es guapa y vanidosa.

Luego, se crearon más pitufas: la madre, la abuela y la hechicera. ¡Qué típico!

Esta división público/privado corresponde a dos adjetivos que se estereotipan: activo/pasivo. Los hombres son los activos y productivos socialmente, las mujeres las pasivas. Y eso deja huella.

Lo podemos ver en la literatura o en muchas otras áreas de la cultura o la sociedad.

Por ejemplo, según los datos del último barómetro de hábitos de lectura y compra de libros: un 37.8% no lee nunca libros en su tiempo libre. El 68.3% de las mujeres lee libros frente al 56% de hombres. El 40% de las mujeres leen todos o la mayoría de los días frente al 25%. Unas cifras en España similares a las europeas. ¿Por qué? Los sociólogos dicen que la lectura forma parte de un estereotipo femenino. A los chicos les interesa menos la lectura, más la acción y el deporte, porque lo ven más “productivo”. La actividad física (activa) frente a la lectura (pasiva).

La mujer tiene mayor relación con los libros. Las mujeres van más a las bibliotecas y asisten a más clubs de lectura. Y, entre quienes se gradúan en Filología, más del 70% son licenciadas.

Siendo así, deberíamos pensar que el mundo de la escritura está copado por mujeres. Y no es así.

Los resultados indican que de los 62.231 ISBN que se corresponden con un solo autor, el 60% eran hombres, el 35,6% mujeres y el 4,5% no consta. Por tipo de soporte, las cifras muestran que, entre los libros inscritos en soporte papel las proporciones observadas de autores hombres se sitúan en el 61,4% y de mujeres en el 33,9%.

No se pretende cambiar la historia, pero sí conocerla, y modificar el futuro. La actividad pública de la mujer estaba prohibida: ser visible en sociedad era una lucha por los derechos. Pero lo que tampoco es cierto es que no haya habido ninguna mujer pública a lo largo de la historia. Muy al contrario. Porque, como decía Virginia Woolf, “Anónimo era una mujer”.

Ese ha sido uno de los primeros problemas: la ocultación. Un hombre nunca ha usado un nombre de mujer para publicar. Pero entre las mujeres tenemos muchos ejemplos:

  • Las hermanas Brönte cambiaron sus nombres –Charlotte, Emily y Anne- por otros masculinos (Currer, Ellis y Acton Bell, respectivamente).
  • También la autora de la célebre novela Mujercitas, adaptada al cine bajo el mismo nombre, cambió su nombre como Luisa May Alcott por A.M. Barnard para muchos de sus escritos.
  • La famosa película Mary Poppinsse basa en un libro publicado bajo la autoría de P.L. Travers, siglas que en realidad escondía el nombre de Pamela Lyndon Travers.
  • Y los seudónimos llegan incluso hasta el siglo XX, con una de las autoras más famosas gracias a su saga de novelas Harry Potter, J. K. Rowling, quien ocultó su nombre femenino (Joanne) por sus siglas, pero también llegó a utilizar el nombre de Robert Galbraith para El canto del cuco(2013).
  • El inglés George Eliot (Mary Ann Evans) y el francés George Sand (Amantine Dupin) eran mujeres.
  • Cecilia Bohl utilizó el seudónimo de Fernán Caballero.
  • María Andresa Casamayor (siglo XVIII), autora del primer libro científico realizado por una mujer en España, aunque lo firmó bajo seudónimo masculino.
  • María Lejárraja firmaba con el nombre de su marido: Gregorio Martínez Sierra.
  • O la valenciana María Cambrils fue la única del grupo socialista (Pablo Iglesias, Saborit, Prieto o Largo Caballero) que desapareció en la historia. Su olvido fue doble: por ser del bando de los perdedores y por ser mujer.
  • Uno de los casos que más me emociona es el de Harriet Beecher Stowe, autora de la novela más vendida en EEUU en siglo XIX (después de la Biblia), “La cabaña del tío Tom”, y que supuso uno de los alegatos más valientes, que generó mayor revuelta social, contra la esclavitud. Cuenta la leyenda que Lincoln dijo “es usted la mujercita que escribió el libro que empezó esta guerra”.

Recordemos que, de la misma manera que no se permitía la autoría de una obra, tampoco la representación visual en el escenario. Las obras de Shakespeare que tenían papel de mujer, se representaban exclusivamente por hombres.

El Consejo de Castilla autorizó la presencia de mujeres en los escenarios con una orden del 17 de noviembre de 1587, y siempre que cumplieran varias condiciones: debían estar casadas, ir acompañadas por sus maridos, y vestir siempre hábito en escena.

Estos son quizás los casos más conocidos, pero la primera voz literaria fue una sacerdotisa acadia que escribió unos 2.500 años a.C, Enheduanna, Aspasia de Mileto, maestra de Platón, influyente en la Atenas del siglo de Oro. Cleobulina fue experta en la poesía en hexámetros, citada por Aristóteles en su Poética. Fátima Al-Fihri, quien fundó la primera universidad del mundo, todavía operativa, en el año 859: la Universidad de Qarawiyyin en Fez. Nos quedamos con Safo, poeta griega, fue catalogada por Platón como la décima Musa, quien ya advirtió que “alguien se acordará de nosotras en el futuro”.

No es solo leer o escribir, sino la gran influencia sobre las letras de mujeres esenciales como María Moliner, la bibliotecaria y filóloga, autora del mejor Diccionario de español. Ángela Ruiz Robles, la ignorada inventora del ebook en 1949. María Luz Morales (1889-1980), periodista, durante la Guerra Civil se convirtió en la primera mujer en dirigir en España un periódico de alcance nacional: ‘La Vanguardia’. María Goyri, investigadora, la primera mujer en licenciarse en Filosofía y Letras en una universidad española, sus estudios sobre el romancero español, junto a su marido Ramón Menéndez Pidal, han sentado las bases de la investigación en este campo, aunque sólo ha trascendido el nombre de su esposo.

Porque muchas, mujeres han quedado también silenciadas por el nombre de sus maridos o compañeros, ocultando que ellas existieron y tuvieron relevancia en el mundo de la cultura. El ejemplo más representativo lo tenemos con las “Sin sombrero”, las mujeres de la generación del 27, como Maruja Mallo, María Zambrano, María Teresa León, Josefina de la Torre, Rosa Chacel, Ernestina Champourcín o Concha Méndez.

No nos olvidemos de una precursora del feminismo desde otra orilla ideológica. La escritora Emilia Pardo Bazán, de la que conmemoramos su centenario.

El papel de la mujer va más allá. Carmelina Sánchez Cutillas tiene un escrito titulado “Dona i Literatura”, donde señala que la mujer jugó un papel de “transmisora oral” de leyendas, historias, cuentos, desde siempre. Ha sido una narradora como las trovadoras del siglo XII. O como señala Irene Vallejo, “El infinito en un junco”, que le gusta pensar que la relación entre literatura y costura tiene mucho que ver porque era la mujer la que narraba, la tejedora de relatos, y por eso textos y tejidos comparten palabras: la trama del relato, el nudo del argumento, el hilo de la historia, bordar un discurso, urdir una intriga.

Porque las mujeres hemos sido la voz de la literatura. Aunque se nos haya negado la posteridad. Y es que el camino al reconocimiento social es difícil.

Uno suele leer aquello que aparece en los medios, que se premia, que se difunde, que es noticia, a mí me ocurre. Los “referentes” son esenciales.

El premio literario internacional más conocido es sin duda el Nobel de Literatura. Desde su creación en 1901 ha premiado a 17 mujeres frente a más de 100 hombres. El Premio Cervantes, tan sólo ha galardonado a cinco mujeres frente a 39 hombres desde que se instauró en 1976. Y el Premio Planeta, ha distinguido a 18 mujeres desde 1952.

La Real Academia Española (RAE) se creó en Madrid en 1713. No fue hasta 1874 cuando encontramos a la primera mujer (María Isidra de Guzmán) nombrada socia “honoraria” (sin sillón). En 1978 le toca a Carmen Conde, quién al ser nombrada la primera mujer académica de número de la Real Academia Española, declaró: “Vuestra noble decisión pone fin a una tan injusta como vetusta discriminación literaria”.

El último informe del Ministerio de Cultura señala que el 82% de las direcciones de instituciones culturales la ocupen hombres. Las mujeres, dice el informe, “son las sostenedoras del sistema cultural, pero no deciden”.

Y es que los estereotipos existen también en la literatura. Como recuerda mi amiga y escritora Rosario Raro, el refrán de “mujer que sabe latín no tiene marido ni tiene buen fin”.

¿Alguien se acuerda de la famosa película de Frank Capra en “Qué bello es vivir”? Seguro, porque Navidad tras Navidad se repite en la programación. Recordemos a la mujer del protagonista, una ama de casa feliz y atractiva, pero que si él no existiera, ella hubiera sido una amargada bibliotecaria, austera, poco atractiva, con gafas, moño, solitaria y huraña. Como dice en la película, “está a punto de cerrar la biblioteca…. Es una solterona, nunca se casó”. ¡Ayyyy, los estereotipos!

La pregunta continua: ¿Hay literatura para mujeres y para hombres? Las mujeres no discriminan a quién leen. Los hombres sí suelen hacerlo. Porque parece que las mujeres escriben para mujeres: “de sus cosas”. Aunque ya hemos descubierto, que la mujer puede escribir sobre cualquier género, sigue existiendo esa losa sobre la literatura escrita por mujeres.

Afortunadamente, la situación está cambiando y la mujer se revela en el ámbito público y también en el literario. Tenemos buena muestra de ello con escritoras extraordinarias que se han convertido en referentes en el mundo de las letras.

Como también se escriben cuentos infantiles alejados de la factoría Disney con el príncipe azul para educar en igualdad desde la infancia.

También las Administraciones Públicas contribuyen. Por ejemplo, la creación del Observatorio de Género en el Ministerio de Cultura. O el proyecto Erasmus, liderado por la Conselleria de Educación, Cultura y Deporte, titulado ‘Women’s Legacy: Our Cultural Heritage to Equity’, que vincula a instituciones educativas de cuatro países (España, Lituania, Reino Unido e Italia). Este proyecto trasnacional europeo pretende introducir nombres de mujeres relevantes en los libros de texto de la educación (literatas, pintoras, científicas, etc). Coordinado por mi respetada amiga Ana López Navajas.

Y, como hay que nombrar las cosas para que podamos pensar en ellas, la Academia Valenciana de la Lengua ha incorporado el término ‘criptogínia’, en su diccionario normativo. Un vocablo fue creado por los Begonya Pozo y Carles Padilla, ambos docentes de la Universitat de València. De raíces griegas, compuesto de ‘crypto’ (ocultar) y ‘gyné’ (mujer), significa la ocultación de los referentes femeninos.

La ausencia de la visión femenina en la cultura no solo es injusta para las mujeres, también lo es para el propio público, porque se limita la información, la perspectiva, el enriquecimiento de miradas diversas. La cultura no es solo entretenimiento, también genera patrones de conducta, estereotipos y referentes.