En los grandes procesos históricos es posible detectar documentos y declaraciones de sus protagonistas que ofrecen una visión de la realidad certera, sin mentiras ni deformaciones. Otras veces, en cambio, hay que construir una gran mentira para ocultar los verdaderos fines del proceso que se está promoviendo o para deslegitimar al adversario de ese proceso. Ejemplo de lo primero son los documentos de la independencia de Estados Unidos o los primeros textos de la Revolución francesa, que ayudan a entender bien por qué las trece Colonias querían romper con Gran Bretaña o por qué la burguesía francesa necesitaba ya un marco institucional ajeno al absolutismo. Por el contrario, otras veces las declaraciones de los protagonistas utilizan la langue de bois que enmascara una realidad que no se desea reconocer. Así pasó con las declaraciones de los militares y monárquicos que se sublevaron en julio de 1936 o la justificación que dio el Pacto de Varsovia para invadir Checoslovaquia en 1968. Algo similar ocurre en Cataluña, donde los independentistas han elaborado, con apoyo de la Administración, una falsa historia que renuevan cada día.

Dejando a un lado, por sabidas, las grandes mentiras del independentismo (1714, la agresión de Franco contra Cataluña y no contra todos los españoles o el “España nos roba”), no hay día que no nos encontremos con varias mentiras que enmascaran los fines golpistas del secesionismo. Aquí vamos a señalar unas pocas aunque se pueden llenar telediarios enteros con falacias y medias verdades.

Primera mentira: Puigdemont está ofreciendo diálogo a Rajoy. Es una mentira. Puigdemont sólo quiere dialogar con el Estado la forma de organizar la salida de España. Su presupuesto es que la independencia es innegociable y lo único que quiere negociar es cómo el Estado español abandona Cataluña.

Segunda mentira: los catalanes ya han votado a favor de la independencia en el referéndum del 1 de octubre. Ahora sabemos que los independentistas saben que no votó la mayoría. Ahora sabemos que se pudo votar (y se votó) varias veces. Ahora sabemos que no había censo electoral. Ahora sabemos que era imposible hacer el recuento y no había una autoridad independiente que ofreciera resultados fiables. No obstante, a sabiendas también de la inconstitucionalidad de todo el pseudo-referéndum, los secesionistas siguen diciendo que el referéndum no sólo fue legal sino efectivo. Y sobre esa mentira, Puigdemont, ante el Pleno del Parlamento, y todos los Diputados independentistas declararon la independencia, aunque sea en cómodos plazos.

Tercera mentira: las manifestaciones de los días 20 y 21 de septiembre ante la Consejería de Economía fueron pacíficas y sólo eran el ejercicio de la libertad de expresión. Muchas personas vieron en televisión cómo se destrozaron varios vehículos de la Guardia Civil. Otras muchas vieron cómo el personal de Policía Judicial y del Juzgado estuvo cercado. Y la prensa (y luego el Ministerio Fiscal) ha identificado la operación de convocar las manifestaciones por medio de las redes sociales, la preparación de la intendencia de la concentración y el reparto de chalecos. Y en televisión y en fotografías se ha visto a los presidentes de la Asamblea Nacional de Cataluña y de Omnium Cultural arengando a los manifestantes. ¿Por qué nos negamos a ver que ahí hubo delitos y hubo delincuentes? ¿Por qué La Vanguardia llora con lágrimas de cocodrilo en un lloroso editorial “Una mala noticia”? ¿Por qué tienen la deshonestidad de decir que a su oferta de diálogo el Gobierno de la Nación responde con represión?

Cuarta mentira: España tiene un nivel de democracia similar al de Turquía. La última persona que lo ha dicho, a propósito del encarcelamiento de Jordi Sánchez y de Jordi Cuixart, es el Diputado Rufián, que desprestigia a la democracia parlamentaría cada vez que abre la boca. Pero lo han repetido, hace mucho tiempo, todos los dirigentes secesionistas, desde Puigdemont para abajo. Es evidente que si estuviéramos en Turquía Puigdemont, Junqueras, Forcadell y sus cómplices estarían encarcelados hace mucho tiempo.

Quinta y última mentira: la represión (como el encarcelamiento de Sánchez y de Ciuixart y, antes, de los altos cargos de la Consejería de Economía) refuerza a los independentistas. No cabe ejemplo de mayor estulticia y de vagancia intelectual. ¿Alguien puede decir en qué se podría diferenciar la respuesta de Puigdemont ante el requerimiento gubernamental que concluye el día 19 de octubre con Sánchez y Cuixart en libertad o en prisión? No me extiendo más en este punto porque es el que más ofende a una inteligencia media.

Los próximos días veremos más mentiras pero éstas son cinco ejemplos de cómo el buen aparato de agit-prop del independentismo trabaja. Llama la atención el constante silencio del Gobierno y la mala política de comunicación de quienes están en contra de la secesión.