El término “posverdad” se está popularizando en el debate social, en las tertulias mediáticas y en los análisis políticos más serios, incluso. No es una buena noticia para la calidad de nuestra democracia. Porque con el neologismo se relativiza, se trivializa y se normaliza el uso de la mentira. Eso y no otra cosa es la “posverdad”. Se trata de mentir, de engañar y de manipular, desde la ignorancia a veces, de manera deliberada en la mayoría de las ocasiones, para alcanzar un propósito político determinado.

Se miente en los pequeños detalles y en los grandes argumentos. Se engaña en lo relevante y en lo aparentemente inocuo. Se abusa de eufemismos engañosos, se utilizan medias verdades, se tergiversan argumentos, se falsean estadísticas, o se intenta hacer pasar directamente lo incierto como verdad. No son licencias propias del debate democrático. No son la consecuencia legítima de la libertad de expresión. Y no son derivadas excusables de la “emocionalidad” en la controversia política. No. Son mentiras inexcusables a desmentir, por el bien de nuestra convivencia democrática.

Hay mentiras con implicaciones de carácter global, como las utilizadas por Donald Trump en la campaña presidencial estadounidense. Recordemos el falso apoyo del Papa a la candidatura republicana o el falso caso de la factoría de Kentaky que trasladaba su producción a México. Se mintió con repercusiones internacionales graves en la campaña del “brexit”. Recordemos la falsedad determinante para el electorado británico sobre la supuesta recuperación de miles de millones de libras para mejorar la sanidad pública. Se miente cada día desde las formaciones ultraderechistas europeas culpabilizando a los inmigrantes de las crisis presentes y de las amenazas futuras.

También hay mentiras más domésticas. Vamos asumiendo como inevitables los penosos eufemismos de la derecha gobernante: desde la movilidad exterior con que se refieren a los jóvenes emigrantes en búsqueda de empleo, hasta la flexibilidad laboral con que denominan a la facilitación del despido, o la aún más creativa “iniciativa para facilitar la tributación de las rentas no declaradas” con que camuflan la amnistía fiscal a los delincuentes fiscales. Mienten cuando dicen que en España no se han subido los impuestos, o cuando aseguran que aumentan los salarios o cuando afirman sin rubor que cada vez son más los contratos estables.

Mentiras desde la derecha y desde el populismo. Porque miente Podemos con reiteración y dolo al situar en la reforma del 135 de la Constitución la causa fundamental de los recortes sociales de los Gobiernos del PP y el empobrecimiento de los españoles. Y engañan, con ignorancia unos y con voluntad mendaz otros, cuando señalan al CETA u otros tratados comerciales como epítomes de la maldad universal.

Yo mismo he leído con estupor, por ejemplo, supuestas noticias sobre mi participación personal en reuniones “para acordar la participación socialista en el gobierno municipal de Madrid”, detallándose incluso el número y la fecha de tales citas, cuando en realidad nada de eso hubo. Nada de nada.

No es un asunto trivial. El ejercicio de la política democrática consiste en organizar el espacio público compartido conforme a la voluntad de las mayorías. Si esa voluntad mayoritaria se manipula y se tuerce con mentiras, la democracia se pervierte.

Es cierto que algunas de las características del “tiempo nuevo” que experimenta la política democrática facilitan los falseamientos generalizados de la realidad. Se da la paradoja de que cuando la ciudadanía tiene la posibilidad tecnológica de acceder a más información es cuando, por desgracia, más riesgo de desinformación padecemos. Cuando más proliferan los canales de comunicación, más concentración empresarial se produce entre los detentadores de los canales de uso mayoritario. Y cuando más espacios de debate político parecen abrirse, en realidad se promueve la “espectacularización” de la política, como un motivo de entretenimiento más, haciendo llegar a los ciudadanos simples diatribas superficiales sobre asuntos de orden casi siempre muy menor.

Ante tales peligros, no cabe ni la resignación ni la normalización de la mentira mediante neologismos. Es preciso defender la verdad y combatir la mentira, en defensa de la calidad de nuestra democracia. ¿Cómo? Educando a la ciudadanía en la comprobación y contraste de las informaciones que se reciben por cauces diversos. Siendo exigentes ante los medios de comunicación en la verificación de las noticias y en la estricta separación entre información y opinión. Promoviendo la pluralidad de fuentes de información y puntos de vista. Defendiendo con vehemencia la libertad efectiva de expresión e información.