A punto de afrontar una Navidad atípica -también desde la perspectiva de una previsible menor explosión del consumo que caracteriza esta época- como consecuencia de una pandemia que lleva nueve meses trasformando nuestras vidas y, en parte, hasta las relaciones de producción, acaba de publicarse la información sobre la “huella ecológica” y su relación con la “biocapacidad” territorial[1]. Información que recogemos anualmente en estas páginas (pese a ser un indicador que se calcula con tres años de retraso) porque es útil como indicador sintético de sostenibilidad ambiental, al estimar la oferta y la demanda de la biocapacidad de la Tierra (y/o de un país o territorio determinado), a partir de datos oficiales publicados por Naciones Unidas, en este caso para el período 1961-2017.

Para el conjunto del planeta, como apreciamos en la Figura siguiente, en 1970 la huella ecológica igualaba a la biocapacidad del planeta, entrando con posterioridad en una situación de claro déficit ecológico (insostenibilidad) como consecuencia de la dinámica de crecimiento socioeconómico y transformación territorial asociada. Desde entonces, en la serie 1961-2017, las sucesivas crisis de 1973, 1979, 1991, 2007 y 2013, hacen que el indicador de insostenibilidad disminuya, recuperándose siempre posteriormente hasta su último valor disponible, para 2017, de 1,73; lo que significa que la sociedad utilizaba, ya en 2017, un 73% más de la biocapacidad que la tierra posee, tanto para: satisfacer la demanda requerida (utilizando la tecnología disponible y la gestión de recursos al uso), como para producir todos los recursos que consume, acomodar su infraestructura urbana ocupada y absorber los desechos que genera. En la práctica, superar el valor de uno implica que se está produciendo una sobreexplotación de los recursos disponibles (patrimonio territorial), que se materializa en pérdida de biodiversidad, en concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, o en contaminación de suelo, agua y mares.

Las consecuencias de esta sobreexplotación de los ecosistemas y de destrucción de la biodiversidad son particularmente graves, como tuvimos ocasión de constatar en los Informes del IPBES[2] –comentados en el artículo de 10 de mayo de 2019 en esta sección- que constituían la síntesis más completa del conjunto de documentos científicos realizados hasta esa fecha en materia del estado de la biodiversidad y de los servicios de los ecosistemas en el mundo. Allí se señalaba que nos encontrábamos en una situación de degradación de esos ecosistemas y de la biodiversidad del planeta gravemente peligrosa, con riesgo creciente para la salud de los ciudadanos, advirtiendo de la urgencia y necesidad de actuaciones globales correctoras.

La pandemia del Covid 19 iba, varios meses después, a confirmar la realidad de esos riesgos. Sin embargo, los comportamientos actuales de la inmensa mayoría de los Gobiernos mundiales, pese a la irrupción de los graves efectos asociados al Covid 19, a la creciente preocupación por el cambio climático y a la moda de la “transición verde”, están llevando a que los cambios reales hacia la mejora de la sostenibilidad sean marginales, lo que no hace sino resaltar el pesimismo sobre la viabilidad de un avance o corrección significativa del “bussines as usual” origen de esa dinámica de degradación ecosocial.

Redundando en esa perspectiva pesimista, el Informe del IPBES hecho público el 29 de octubre de 2020, al que hacíamos referencia en esta sección en el artículo de 9 de noviembre[3], reiteraba que, pese a que los impactos económicos de las pandemias registradas últimamente (y particularmente del Covid 19) permiten estimar que son 100 veces más altos que el costo que hubiera tenido su prevención, esta prevención, poniendo freno a la destrucción de ecosistemas y de la biodiversidad, y estableciendo regulaciones que modifiquen las interrelaciones antrópicas con la vida salvaje y sus hábitats, son poco probables a niveles efectivos. Lo que hará que las pandemias surjan con más frecuencia, se propaguen más rápidamente, maten a más personas y afecten a la economía mundial con un impacto creciente.

Lo que coincide con los informes de los organismos de Naciones Unidas -o de distintos organismos y grupos científicos que reiteradamente recogemos en esta sección- que redundan en señalar que la dinámica derivada del modelo de crecimiento imperante, regido por una sociedad de consumo capitalista, dominada por los intereses financiero-especulativos, difícilmente puede corregir sus procesos expansivos de uso de recursos o de trasformación en los usos del suelo[4]; con lo que la expansión de la afección a ecosistemas y las pérdidas de biodiversidad, junto al correspondiente riesgo de nuevas zoonosis nos seguirá acompañando por largo tiempo.

Un crecimiento continuo de la población humana mundial (un aumento del 30% de 6.000 millones en 1999 a 7.700 millones en 2019), que se espera continúe en los próximos años tras el paréntesis generado por el Covid 19 (ver Figura siguiente), acompañado del crecimiento de la producción y del consumo mundial (un aumento del 70% en el PIB mundial de 84 billones de dólares en 1999 a 142 billones de dólares en 2019), que se espera que, a medio plazo, se vuelva a situar en la senda de un crecimiento medio anual global similar al de 1999-2019 (del orden del 3,5%), implicarán continuar con la tendencia de transformación en el uso de la tierra, con potencialmente mil millones de hectáreas de tierra transformadas a nivel mundial para 2050 y sus correspondientes destrucciones de ecosistemas y biodiversidad.

Aunque es difícil saber cómo la pandemia puede terminar afectando a la población total y a su dinámica futura, lo cierto es que el número de muertos oficialmente atribuidos al Covid 19 supera los 1,3 millones de personas, aunque las cifras reales y el “exceso de mortalidad” que se ha producido en paralelo a las muertes certificadas de pacientes infectados por el virus, pueden ser muchísimo mayores en el conjunto del planeta (distintos centros de investigación las estiman entre 2,5 y 4 millones de muertos totales por el Covid 19, directa o indirectamente). En todo caso, se ha producido un descenso en la esperanza de vida, sobre todo para los mayores de 60 años, y las tasas medias de mortalidad se han incrementado significativamente en los países más envejecidos y entre la población más desfavorecida.

Si a esto le unimos la previsible incidencia sobre la natalidad del previsto deterioro en las condiciones socioeconómicas mundiales[5] y del incremento de las desigualdades globales, con particular incidencia en el deterioro de la situación de las mujeres, podemos prever que las previsiones demográficas se sitúen más cerca del intervalo inferior del 95% de las previsiones de Naciones Unidas (unos 8,3 miles de millones para 2030 y 9,4 miles de millones para 2050) con, en todo caso, una incidencia insostenible sobre los impactos ambientales, si se desea alcanzar para toda la población del planeta los niveles y pautas de consumo medios de las sociedades desarrolladas.

Efectivamente, volviendo al “National Footprint and Biocapacity Accounts 2021”, una segunda consideración nos lleva a tener en cuenta cómo se calcula la huella ecológica en función del tipo de uso del suelo asociado al tipo de consumo o degradación equivalente correspondiente, aspectos a los que se refiere la Figura siguiente:

Como apreciamos, el mayor incremento histórico se corresponde con la huella ecológica asociada al incremento de la superficie edificada (139% entre 2017 y 1961, y 11% entre 2017 y 2009) seguido del correspondiente al carbón (69% entre 2017 y 1961, y 2% entre 2017 y 2009) y del de los cultivos (13% entre 2017 y 1991, y 5% entre 2017 y 2009). En cuanto a descensos, destacan la huella ecológica forestal per cápita (-36% entre 2017 y 1991, aunque +3% entre 2017 y 2009) y la correspondiente a pastoreo (-49% entre 2017 y 1991, y -10% entre 2017 y 2009). Por otro lado, dado que el carbón representa el 61% de la huella ecológica total per cápita y los cultivos el 19%, es claro que son estas dos variables, junto al crecimiento poblacional, las que pueden tener una mayor incidencia en la evolución futura de este indicador sintético de sostenibilidad.

Por otra parte, para la consideración de la relación posible entre las perspectivas de sostenibilidad y la influencia potencial del coronavirus, conviene tener en cuenta la alta correlación producida a lo largo de las últimas crisis, desde 1991 hasta la actualidad, entre el PIB per cápita y la correspondiente huella ecológica per cápita, tal y como se aprecia en la figura siguiente, en la que también se incluye la evolución de la biocapacidad per cápita media global, cuyo descenso viene fundamentalmente asociado al incremento de población.

Como consecuencia, la reducción en el saldo demográfico de 2020 y la incidencia potencial en la disminución del crecimiento de población para años venideros derivada de los efectos asociados al coronavirus, es evidente que implicará una menor reducción en la tendencia de la biocapacidad per cápita. En paralelo, la reducción en el consumo y en la producción asociada al Covid 19 implicarán una merma paralela en la huella ecológica, con lo que podemos estimar que, en 2020 –y previsiblemente en 2021- nos encontraremos con una mejora sustancial del indicador sintético de insostenibilidad que relaciona la huella ecológica con la biocapacidad.

También la pandemia va a tener una influencia en la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) antrópicas y, consecuentemente, va a tener una cierta influencia en la dinámica de incremento de la concentración de GEI en la atmosfera y su influencia en el calentamiento global y cambio climático asociado; aunque no por la vía esperada hace cinco años cuando se firmaron los Acuerdos de París[6].

Hoy, desde múltiples instancias internacionales y nacionales se pide y aboga para que los elevados recursos movilizados para combatir los efectos asociados a la pandemia se inserten en una “recuperación verde” que permita revertir los graves daños socioeconómicos producidos, cambiando en paralelo los modelos de producción y de consumo para lograr la descarbonización (energías libres de carbono), mejorar la eficiencia energética y lograr la desmaterialización de la economía. El PNUMA, en el Informe citado en la nota de página número 6, señala que se pueden reducir alrededor del 25% las emisiones de GEI previstas para 2030 si se actúa con esa “recuperación verde” corrigiendo la dinámica socioeconómica previa al Covid 19.

No obstante, aunque se mejore la dinámica de emisiones y se frene el calentamiento por debajo de los 2ºC (objetivo harto difícil de conseguir incluso para 2050), mientras la población siga su dinámica de crecimiento la insostenibilidad del modelo de crecimiento dominante será patente. Sólo cambios radicales que reduzcan la huella ecológica per cápita, asociadas a la reducción de los consumos energéticos, a cambios radicales en las pautas de consumo y modos de vida, con la desmaterialización de la economía (ingeniería/economía circular), y al freno en los cambios en el uso de la tierra exigidos por ese incremento demográfico, de la producción y del consumo, permitirían una cierta esperanza de mejora en la sostenibilidad del planeta y de reducción del calentamiento global por debajo de umbrales catastróficos. Pero, como se ha señalado reiteradamente en estas páginas, esos cambios exigirían acuerdos globales, poco esperables, para cambiar democrática y pacíficamente (al menos en los países del G20) el actual modelo de sociedad capitalista de consumo.

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[1] National Footprint and Biocapacity Accounts 2021 Edition. https://data.footprintnetwork.org/

[2] IPBES (2019).- “Informe de Evaluación Global sobre Biodiversidad y Servicios de Ecosistemas”. Séptima sesión plenaria de la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas, que se reunió del 29 de abril al 4 de mayo de 2019, en París. https://www.ipbes.net/sites/default/files/downloads/spm_unedited_advance_for_posting_htn.pdf

[3] En el que destacábamos su advertencia de que, entre 631.000 y 827.000 virus desconocidos en la naturaleza podrían producir pandemias más frecuentes, mortales y costosas como consecuencia, principalmente, de los cambios ambientales antropogénicos, tanto por la degradación ambiental y el cambio climático, como por la pérdida de biodiversidad y el incremento de interacción con animales y especies que favorecen los procesos de zoonosis.

[4] Como señala el citado Informe del IPBES (página 23), en el mundo, entre 1992 y 2015, la superficie agrícola aumentó en un 3%, en su mayoría a costa de bosques tropicales, con lo que, en 2015, el uso humano afectaba directamente a más del 70% de la superficie terrestre sin hielo: el 12% eran tierras de cultivo, el 37% pastos y el 22% bosques gestionados o plantaciones. La tierra restante con un uso humano mínimo consistía en un 9% de bosques primarios o intactos, un 7% de ecosistemas sin bosques y un 12% de tierras rocosas o estériles.

[5] El FMI estima que la economía mundial se enfrentará a una recesión del -4,5%, en 2020, con el 90% de los países mundiales en recesión en dicho año. En paralelo, Naciones Unidas advierte que los niveles de pobreza podrían retroceder a la situación de hace treinta años y FAO señala que el hambre y la inseguridad alimentaria están creciendo fuertemente en muchas partes del mundo, incluida Europa.

[6] En el último Informe del PNUMA, de 2020, “Emisions Gap Report” (https://www.unenvironment.org/es/emissions-gap-report-2020) se señala que, a pesar de una breve caída en las emisiones de dióxido de carbono causada por la pandemia de COVID19, el mundo todavía está lejos de alcanzar los objetivos de la Agenda de París, ya que los planes que han presentado hasta ahora los Gobiernos, de cumplirse, llevarían a un incremento de la temperatura de 3,2ºC a final de siglo.

 

Fotografía: Carmen Barrios