Mucho se ha dicho y escrito sobre los congresos celebrados recientemente por los partidos representantes de la derecha (PP y Ciudadanos), cuyo denominador común ha sido la exaltación de sus líderes (Mariano Rajoy y Albert Rivera), la ausencia de autocrítica y la falta de alternativas para solucionar los graves problemas de los ciudadanos. En el seno de la izquierda, Podemos ha celebrado también su congreso polarizado en torno a la lucha por espacios de poder y el modelo de partido: democracia interna, participación (en la calle y en las instituciones), respeto a las minorías… Nada ha transcendido de sus alternativas a los problemas de la gente y tampoco se conocen sus posiciones finales en relación al modelo territorial y a las políticas económicas, laborales y sociales. La actitud, deliberadamente hostil, de los grandes medios de comunicación ha contribuido en buena medida a que esto no se haya trasladado a la opinión pública.

En este escenario, carente de alternativas originales e ilusionantes, se celebrará el congreso ordinario del PSOE en el mes de junio. Lógicamente, este congreso está generando muchas expectativas en los militantes y en la opinión pública. De entrada, debemos manifestar que los antecedentes electorales del PSOE son muy negativos (en los últimos años ha perdido 5 millones de votos), a lo que hay que añadir la fuerte división interna que arranca del comité federal del pasado mes de octubre, donde se vio forzado a dimitir su secretario general Pedro Sánchez. Desde hace muchos años, en el PSOE vienen conviviendo dos corrientes de opinión notablemente diferenciadas. La mayoritaria ha estado encabezada por los sucesivos órganos de dirección del partido, y ahora por la Gestora, así como por militantes relevantes con experiencia de gobierno en torno al llamado coloquialmente Felipismo. En general, esta posición, anclada en el reformismo, ha sido bien vista, cuando no apoyada, por el poder mediático y el sector financiero, bajo el principio de respetar la alternancia en el poder (bipartidismo: PP-PSOE) y cuyo ejemplo más significativo fue la reforma el artículo 135 de la CE. La segunda posición, opuesta a la primera, ha estado identificada por la corriente de Izquierda Socialista (I.S.), un número relevante de sindicalistas y una parte no desdeñable de la militancia de base. Esta posición ha venido defendiendo, sin condiciones ni renuncias, las ideas socialdemócratas (y el espacio de la izquierda), claramente diferenciadas de las ideas neoliberales que se aplican en nuestro país.

Hay que recordar que, desde la década de los ochenta, la socialdemocracia ha sido incapaz de frenar las ideas neoliberales e, incluso, en muchas ocasiones ha sucumbido a las mismas, identificadas con la desregulación de los mercados, el auge del poder financiero, las privatizaciones, el combate contra los sindicatos y el apoyo acrítico a la globalización. La apuesta por una política de reformas (tercera vía) sin aspirar a transformar la sociedad y la ausencia de una política alternativa al pensamiento único ha terminado por consolidar el poder del capital (sin contrapesos ni concesiones), generando profundas desigualdades, pobreza y exclusión social y poniendo en grave riesgo a la propia democracia. En este escenario no deben resultar extrañas las alternativas y fenómenos como el 15-M, Podemos, Syriza, Corbyn, Sanders, Hamon o, si se quiere, el Brexit, el auge de los populismos, de los partidos de extrema derecha en la UE y, últimamente, la elección de Trump y de todo lo que ello representa.

No debemos olvidar que, antes del congreso del PSOE, se tienen que celebrar las Primarias para elegir a su nuevo secretario general. Se da la paradoja de que a las mencionadas Primarias se presentarán, previsiblemente, tres candidaturas, o lo que es lo mismo: existen dos espacios políticos claramente definidos en el partido y, en cambio, habrá tres candidaturas. La candidatura de Susana Díaz (o de un candidato afín) representaría sin lugar a dudas el ala derecha del partido y la de Patxi López y Pedro Sánchez, compitiendo entre ellos, el ala del centro izquierda. Resulta evidente que, si no hay acuerdo entre Patxi y Pedro y se mantienen finalmente estas dos candidaturas, lo más probable es que triunfe Susana, a pesar de que, como algunos señalan, muchos militantes voten sin entusiasmo al mal menor o lo hagan con la nariz tapada. No debemos olvidar que Susana cuenta con el apoyo de la gestora, de militantes relevantes con experiencia de gobierno, de fuertes poderes fácticos y mediáticos y de la Agrupación Socialista de Andalucía que, por si sola, representa el 25% de los afiliados del partido y, además, con la financiación necesaria para abordar con garantías de éxito la campaña de Primarias. En este sentido, Pedro Sánchez recogería el voto descontento y comprometido de los militantes más opuestos y recalcitrantes al gobierno de Mariano Rajoy y a todo lo que representa, si es capaz de conectar, de manera bien organizada, con los votantes en Primarias. Con esta hipótesis de trabajo, antes o después de las Primarias y, en todo caso, en el congreso federal, la opción que puede barajar Patxi López (en el supuesto de que descarte pactar finalmente con Pedro Sánchez) es llegar a un acuerdo con Susana Díaz y formar parte del equipo de dirección del PSOE; sobre todo si tenemos en cuenta que resulta imposible un pacto entre Susana Díaz y Pedro Sánchez por incompatibilidad manifiesta entre ambos candidatos.

En todo caso, para votar con conocimiento de causa es absolutamente necesario e imprescindible que los militantes conozcan previamente, y en primer lugar, la composición, con nombres y apellidos, de los Equipos de Apoyo de los candidatos y, en segundo lugar, sus propuestas y alternativas a la actual situación. En concreto, los militantes y los electores en general deben recibir respuestas a sus preocupaciones comprendidas en ocho grandes apartados: La posición de España en la UE (austeridad, mutualización de la deuda, armonización fiscal, estímulos a la inversión…); el desempleo y el mercado de trabajo (reforma laboral, precariedad y negociación colectiva); la protección social (pensiones, desempleo, dependencia y renta mínima de inserción); los servicios públicos (sanidad, educación) y la banca pública (Bankia, BMN e ICO); la fiscalidad (equiparación de las rentas del trabajo y capital, lucha contra la elusión y el fraude fiscal, impuesto a las transacciones financieras y erradicar los paraísos fiscales, cuando menos en la UE); el modelo territorial (reforma de la CE, Estado Federal y Cataluña); el modelo de partido (democracia interna, Primarias, limitación de cargos y mandatos, rendición de cuentas…) y la política de alianzas.

Estos serían a grandes rasgos los puntos que deberían centrar el debate de aquí a la celebración de las Primarias. Sólo quedaría pendiente el respeto a las normas democráticas y la lealtad entre los candidatos, así como la aceptación de los resultados, como premisa imprescindible para garantizar la democracia interna del PSOE. Finalmente, como está previsto, el Congreso debe ratificar al candidato ganador en las Primarias, completar el equipo de dirección y aprobar las resoluciones que sirvan de referencia a las políticas a desarrollar por el PSOE en los próximos cuatro años.

En definitiva, el PSOE está embarcado en un proceso de vital importancia para su futuro inmediato y para las ideas socialdemócratas que defiende (necesitadas de una profunda redefinición), lo que, sin lugar a dudas, tendrá una fuerte influencia en la superación de las desigualdades y, particularmente, en corregir la fuerte precariedad y el elevado desempleo, que representan nuestro principal objetivo; sobre todo el desempleo de jóvenes, mujeres y de larga duración (“trabajo decente y con derechos”), lo que exige poner en marcha un exigente Plan de Choque que contemple políticas activas de empleo, reparto del trabajo existente con salarios iguales, nuevos yacimientos de empleo (empleos verdes y medio ambientales, sociales, educacionales, de ocio…) y el cambio de nuestro modelo productivo, con mención expresa a la participación de los trabajadores en las empresas (democracia industrial).

En todo caso, la justicia social, la igualdad (también de género), la redistribución de la riqueza y la propia democracia deben ser las señas de identidad de una política socialdemócrata (rearme ideológico) empeñada en oponerse firmemente a los estragos del capitalismo salvaje en un mundo globalizado e intercomunicado, que cuenta además con el apoyo de las nuevas tecnologías digitales, la desregulación más absoluta del sector financiero y la proliferación de los paraísos fiscales.

Esta política obligará a buscar acuerdos y coaliciones y ello sólo será posible si se reconoce el diverso y plural mapa político de nuestro país. Los partidos nacionalistas son una realidad que nadie puede desconocer y Podemos ha venido para quedarse y este es un hecho indiscutible que, nos guste o no nos guste, ha quedado patente en su reciente congreso. Ello no debe ocultar las diferencias entre el PSOE y Podemos, ni tampoco olvidar lo mucho que les une: combatir a la derecha política y a sus ideas, así como defender a los más vulnerables y excluidos socialmente. En este sentido, es digno de mención (por ser silenciado por el poder mediático) el notable y positivo proceso que se está llevando a cabo en Portugal donde confluyen tres partidos de izquierda en su apoyo a un programa común de gobierno, como de hecho está ocurriendo también en algunos ayuntamientos y CCAA de nuestro país.

Por eso, el PSOE debe abordar a fondo estos asuntos si quiere ser creíble como un partido de izquierdas claramente diferenciado de las ideas socioliberales. También debe ser un paso previo para conectar con el tejido social: con los jóvenes, las gentes progresistas, el mundo de la universidad y de la cultura, los movimientos emergentes de las grandes ciudades y, finalmente, con los sindicatos. En todo caso, todo eso sólo será posible si se asume, con todas las consecuencias, un modelo de partido más democrático, más participativo, más en contacto con la realidad social y más exigente con los valores que representa la ética Pablista, empeñada en reafirmar que la Política es un servicio público dedicado al bien común y sobre todo a los más necesitados.