Hay una tendencia a equiparar votos con escaños como si habláramos de lo mismo. Y así, quienes con menos participación obtienen los mismos escaños, suelen disfrazarse de “ganadores”. Es cierto que no hay otra forma de distribuir los votos en el parlamento que con la distribución de escaños; pero la abstención no cuenta, no suma, no resta, pero sí distorsiona las lecturas. Y una lectura electoral intencionada siempre es peligrosa, mucho más en las elecciones catalanas, en las que no parece que se haya resuelto el camino a seguir. Mucho me temo que los independentistas volverán a equivocarse de nuevo (aunque lo hacen con clara intencionalidad) al pretender afirmar que, una vez más, el pueblo catalán apoya la independencia.

Mis reparos a esta afirmación del triunfo independentista (que no comparto) no quiere decir que no crea que el problema catalán se agranda cada vez más, que sigue encallado sin solución, y que perjudica gravemente a la convivencia social, a la democracia pacífica, a la construcción de España y Catalunya, y al bienestar de la ciudadanía en general.

Seguimos teniendo un grave problema. Analizando los resultados, en mi opinión, podemos leer:

  • Que la lectura de votos debe compararse con las elecciones anteriores. En 2021, ha votado cerca de 2.900.000, mientras que en 2017 fueron 4.400.000 y en 2015 4.130.000. Es muy significativo saber que la población catalana no se ha movilizado como en otras ocasiones. Ahora hay que ver qué relación tiene con el interés por la independencia.
  • El PSC ha sido el primer gran triunfador. Sin duda. No solo porque es quien ha obtenido más votos, sino que con prácticamente la mitad de votantes en 2021 ha obtenido 44.000 votos más. Lo que indica que la opción del PSC sí ha movilizado a sus votantes.
  • Vox es el segundo gran triunfador. Esto indica dos cosas: uno, que sí existe voto de la derecha (llámase “españolista”) y que el PP no supo nunca atraerlos; dos, que cada vez más, el pueblo catalán se radicaliza, porque Vox recoge el sentimiento español con el que fracasó primero el PP y luego Ciudadanos. Esa radicalidad que hoy representa Vox no son buenas noticias para la democracia y una solución pacífica y consensuada.

A partir de aquí, el resto de partidos han perdido las elecciones, hagan la lectura que quieran hacer.

  • El independentismo de ERC y JxCat: Efectivamente son quienes van a gobernar de nuevo. No hay cambio, Hay continuismo en la misma batalla. Una batalla nacionalista donde no importan la ideología y el modelo de sociedad de cada socio. Sin embargo, aunque vayan a gobernar más allá de sus diferencias y rencillas, lo cierto es que deberían leer con detenimiento los votos.

Seguramente a quien ha perjudicado más la abstención ha sido al independentismo. Lo que quiere decir que no han conseguido movilizar ni ilusionar ni ganar más adeptos a su causa. No es cierto que el pueblo catalán haya refrendado su posición política.

ERC ha perdido 332.000 votos y JxCat 380.000. Si además lo comparamos con las elecciones del 2015 donde se presentaron conjuntamente, en coalición todo el independentismo (salvo la CUP), obtuvieron 1.620.000, mientras que ahora apenas pasan de 1.100.000.

No parece que haya tanto interés por el independentismo en Cataluña.

¿Seguirá por tanto ERC su deriva, cual profeta, de conducir al suicidio al pueblo catalán? ¿Por qué ERC une su destino a JxCat? ¿De verdad considera que es lo que la mayoría de catalanes quieren?

Lógicamente se apoyarán en la mayoría de escaños con toda legitimidad, pero olvidarán que la verdadera representación de Catalunya son las personas.

  • Los perdedores absolutos son Ciudadanos y el PP.

Ciudadanos se equivocó hace tiempo, en manos de Albert Ribera, de su derechización. Se equivocó cuando Inés Arrimadas abandonó Catalunya sin hacerse cargo de aquel magnífico resultado. Ciudadanos tardará mucho en recuperarse, si es que lo consigue.

  • Mucho más me preocupa la deriva del PP. Sinceramente me preocupa por la necesidad del equilibrio democrático en España de tener un partido de derecha centrado y moderado.

Es verdad que eso no lo representa hoy día el PP. Que queda pendiente su “limpieza” interna por los casos de corrupción de décadas. Que queda pendiente su renovación (no solo de sede) profunda de organización y estatutos.

Pero también es cierto que España no puede permitirse que la representación de la derecha esté en manos de un partido como Vox.

Y, mientras el problema identidades y nacionalidades siga encima de la mesa, se irá resquebrajando cada vez más el bienestar y la calidad democrática. De ello sacará provecho el radicalismo de ambos extremos.