Sostiene Unidas Podemos (UP) que España no es una democracia plena. Lo hizo, además, con ocasión de la opinión expresada por el Ministro de Asuntos exteriores ruso, quién comparó el encarcelamiento en Rusia del opositor Aleksei Navalni con el de los políticos independentistas catalanes. Que la prestigiosa revista The Economist realice anualmente una clasificación de 167 países en base a 60 indicadores y España ocupe en él el lugar 22 —dentro de los 23 países considerados democracias plenas y donde otras democracias como Estados Unidos, Francia e Italia son consideradas “imperfectas”— no parece importarles demasiado. Que ese discurso haya sido utilizado por la dictadura Rusa para desprestigiar a España y de paso a toda la Unión Europea, tampoco. Atacar a España en la esfera internacional lo habían hecho los independentistas catalanes, y a veces también el PP en el seno de la Unión Europea, y siempre se había juzgado esta actitud como antipatriótica. Pero, hacerlo desde la propia Vicepresidencia de Gobierno, es una innovación cuando menos interesante.

Sostiene Pablo Iglesias que los independentistas catalanes huidos de la justicia son comparables a los exiliados republicanos que se vieron obligados a escapar de una muerte segura al término de la guerra civil española. Que un profesor de ciencia política desconozca de este modo la historia de España es muy preocupante. Pero el discurso populista es lo que tiene, que se adapta como una fina piel a lo que desean oír sus destinatarios y, seguramente, ese discurso resultó muy grato a los oídos de los votantes independentistas a los que el señor Iglesias deseaba atraer en las recientes elecciones catalanas.

Sostiene Unidas Podemos que la Monarquía Constitucional que los españoles nos dimos en 1978 es un régimen corrupto y que deberíamos optar ya por una república. En mitad de las dos crisis —sanitaria y económica— que vivimos desde hace un año, no parece que este sea un tema de la máxima prioridad pero, sin embargo, UP se la ha dado. Aparentan ignorar que la Constitución fue un pacto entre diferentes en el cual aceptar la Monarquía fue parte de una transacción que hizo posible la democracia. Quitar una pieza del pacto tendría que hacerse, al menos, con el mismo consenso que se alcanzó con aquel, lo que no parece fácil en las circunstancias actuales. Poner  ahora mismo la desaparición de la Monarquía en primer plano, añade otra línea de fractura más a las muchas que ya dividen a los españoles.

Sostiene Unidas Podemos que, gracias a ellos, el Gobierno de coalición ha aprobado un conjunto de medidas sociales tales como la subida del salario mínimo, la aprobación del ingreso mínimo vital y la ley que protege contra los desahucios. Sostienen igualmente que, si no se ha llegado a más, ha sido por culpa del otro socio, el PSOE, y que ellos están en política precisamente para forzar estas medidas, porque son la verdadera izquierda. Como táctica, apuntarse los éxitos del Gobierno y culpar al otro socio de las deficiencias no parece un buen modo de generar confianza.

Profundizando en esta línea, sostiene Unidas Podemos que es sano airear las diferencias en caso de haber discrepancias. Las han aireado en numerosas ocasiones ante proyectos elaborados por prácticamente todos los ministros socialistas: Teresa Ribera, Grande-Marlaska, Nadia Calviño, José Luis Escrivá, Juan Carlos Campo, etc. De este modo —dicen—, ponen al otro socio en dificultades y consiguen más cosas. Su grupo parlamentario ha llegado a presentar enmiendas contra los proyectos aprobados por el propio Gobierno del que forman parte. La última escaramuza ha consistido en intentar con sus votos tumbar en el Congreso el proyecto de ley de igualdad de trato presentado por el Gobierno, aparentemente como venganza a que el proyecto de ley sobre las personas trans, elaborado por el Ministerio de Irene Montero, estaba siendo retrasado en su tramitación por el Consejo de Ministros debido a las deficiencias jurídicas que presentaba. También en este caso, se trata de una técnica para dirimir discrepancias innovadora y digna de estudio: “si no me das lo que yo quiero, te hundo tus proyectos”.

El problema es que —para desprestigio de ambos socios— todo esto se hace a la luz pública y con gran contento de la oposición, que encuentra en estas batallas internas un arsenal inmejorable con el que atacar al Gobierno. Si se pretende hacer políticas progresistas en este país, no hay en estos momentos una alternativa mejor al Gobierno de coalición. Si ese Gobierno se rompe, habría que ir a nuevas elecciones.

Con unas derechas —excluida Vox— divididas y desconcertadas tras sus repetidos fracasos electorales; con unos líderes conservadores sin un proyecto de país y sin rumbo conocido; instalados tan solo en el no a todo; con todo ello, la oportunidad de implementar un programa ambicioso de reformas sociales y económicas como el pactado entre PSOE y UP es inmejorable.

Si a esto se añaden unos presupuestos ya aprobados y unos fondos de reconstrucción europeos que,  si se gestionan bien, pueden cambiar profundamente nuestro país, parece bastante temerario pelearse en público por algunas diferencias de matiz en el diseño de las reformas o por quién se lleva los laureles de lo conseguido.

Todo se podría malograr si Unidas Podemos sigue en este doble juego de ser gobierno y oposición a la vez. En el juego de poner la propaganda por delante de legislar para mejorar la realidad.