El otro día me preguntaban qué le ocurre a la política que no levanta cabeza.

La verdad es que estamos metidos en un fango cortoplacista, con razones y sin ellas, que impiden la construcción de algo sólido a medio plazo.

En primer lugar, la inmediatez de las respuestas en política impide hacer análisis serenos, relajados pero constructivos para dar respuestas a los problemas del siglo XXI: desigualdad, precariedad, medio ambiente, violencias, extremismos, Europa, …. Y un largo etcétera. No hay tiempo para pensar porque estamos inmersos en una dinámica de corto tiempo: que si hay una rueda de prensa, un debate, unos presupuestos o unas elecciones. El caso es que los tiempos que la política necesita para gestionar están amordazados por una respuesta rápida, que la mayoría de las veces está poco fundamentada y responde a cuestiones electoralistas. La prensa contribuye a esa presión continua con el “dígame, dígame, dígame” o si uno contradice lo dicho ayer con lo dicho hoy. ¿Cómo no va a ser posible entrar en contradicciones si no hay tiempo a pensar lo que se dice?

En segundo lugar, la inutilidad. Muchos de los debates políticos que escuchamos no están basados en gestión política, sino en cuestiones colaterales (algunas esenciales para el buen funcionamiento democrático, otras totalmente cuestionables de que sean de interés social) que se basan en filtraciones, chivatazos o grabaciones. Que atentan contra la persona, aunque no tengan que ver con el cargo representado. Así pues, entramos en debates estériles e inútiles que enfangan la vida política, la ensucian y suena a chapotear en el barro.

En tercer lugar, el bloqueo de las instituciones. Resulta más importante hundir al contrario que ayudar a España a buscar soluciones a los numerosos problemas. Se bloquean presupuestos, se piden dimisiones, se lanzan acusaciones. Y hay más euforia cuando se impide el avance que cuando se obtiene un éxito colectivo. La política ha olvidado las reglas democráticas, donde el papel de la oposición es esencial, sino que se ha convertido un juego de estrategia que gana el que consigue destruir más. Y, como siempre suele hacer el PP, “cuanto peor, mejor”. ¿Acaso la oposición que hace Pablo Casado es diferente a la que ha hecho el PP anteriormente?  A eso se ha unido, con voz coral pero secundaria, Ciudadanos.

Decía Maquiavelo que la política no tiene relación con la moral, y por eso, la mentira se convierte en un instrumento para ganar.

Si en eso hemos convertido la política, entonces resultará incapaz para dar respuesta a unos graves problemas de dimensión moral. ¿O no lo es el comercio de armas, la desigualdad creciente, la inmigración, la violencia de género, los problemas del medio ambiente?

Sin embargo, la política sigue siendo imprescindible para resolver esas cuestiones, para aplicar presupuestos, planes y prioridades.

Lamentablemente lo que nos inunda en toda Europa es el griterío, los extremismos, los patriotismos mal fundamentados, los populismos demagógicos, y una ultraderecha que pesca en un terreno abonado por la decepción, el miedo y la falta de educación cívica.