Todo el mundo está ahora con la mirada puesta en Francia, con los dedos cruzados para que las encuestas no se equivoquen esta vez, y sea cierto que Macron le gane a Le Pen. Pero, sin ninguna duda, esto ya es una grave pérdida, especialmente para una Francia progresista de derechos.

Que Marine Le Pen se quede como la segunda en la carrera electoral (si es que las abstenciones no le hacen ganar), y se consolide como la principal fuerza política de Francia CONTRA la que todos los demás (izquierdas y derechas) deben aliarse, es ya un éxito de la ultraderecha y una gran pérdida para el socialismo. Porque al final lo que se debate es quedarse con la derecha liberal o con el fascismo (¡nunca!). Pero el socialismo ha caído estrepitosamente.

Como lo fueron también las elecciones holandesas, en las que la principal alegría de Europa era frenar el ascenso de la ultraderecha, que de forma amenazante, se sitúan en una fuerte segunda posición (como Le Pen). Y nuevamente gana el “mal menor”, porque el batacazo del socialismo holandés es de órdago.

Como lo fue también el hecho de que Donald Trump llegara hasta las presidenciales, pues suponía de partida una pérdida para una política seria, rigurosa y coherente. Y lo peor es que ganó. Con él se consolidó el ímpetu fascista europeo, consolidándose peligrosísimas alianzas.

Como lo fue también que Gran Bretaña planteara un referéndum sobre el Brexit. El hecho de plantear que los ingleses sentían la angustia de estar disconformes con Europa ya suponía un fracaso, pero lo peor llegó con el resultado.

Vivimos una época política en la que nos conformamos con “el mal menor” mientras la izquierda se mueve zigzagueando como si fuera un pollo sin cabeza.

No son situaciones fáciles ni con soluciones cómodas, pero también es cierto que muchas de las encrucijadas las está provocando la propia izquierda.

En España parece que no estamos aprendiendo nada de lo que ocurre a nuestro alrededor, parece que no le estamos viendo las orejas al lobo y seguimos “jugando” sin pensar en las consecuencias de nuestras acciones.

Sinceramente, creí que se abría una nueva etapa política con la llegada de Podemos y Ciudadanos; al menos una nueva forma de entender las relaciones políticas. Me equivoqué, como les pasó a muchos españoles. Y me he encontrado con la vieja forma de hacer política en gente nueva que debería actuar sin el colmillo retorcido. ¿Alguien podría explicarme qué me he perdido entre aquel primer debate entre Iglesias y Rivera, donde parecían Pixie y Dixie (en el programa de Salvados) llegando incluso a ser empalagosos, hasta la situación posterior donde resulta imposible que se dirijan la palabra sin mediar un insulto?

No creo que el Parlamento español haya mejorado con la aparición de esta nueva hornada de políticos. Y bien que lo siento, porque se van acumulando las frustraciones.

Me cansa tanto oír a Felipe González insistiendo en una gran coalición entre el PSOE y el PP, sin importarle si eso supone la inmolación del socialismo español (siguiendo los pasos de sus homónimos europeos), como la aparición guerrillera de Pablo Iglesias planteando una moción de censura que no sé si realmente quiere acabar con el PP o con el PSOE.

¿De verdad nadie puede construir puentes para el entendimiento que tengan una enorme línea roja que sea la corrupción y que el objetivo político sea sanear un sistema podrido que hay que regenerar?

En EEUU ya no hace falta gritar ¡que viene el lobo!, porque está al frente del gobierno.

En Europa, hace tiempo que son los propios lobos los que dieron de comer a las bestias que ahora se escapan al control.

Y en España, después de dos elecciones, de dos oportunidades perdidas, fue imposible frenar la corrupción del PP y se permitió que siguiera gobernando Mariano Rajoy, el hombre que sabe todo lo que le pasa a su propio partido, y que acabará sentado en una comisión de investigación.

En lugar de construir soluciones, se siguen destruyendo las posibilidades de acuerdo, entre frases grandilocuentes, odios y rencillas, y mucha demagogia.

A veces, los egos personales y partidistas tienen un coste muy alto para la ciudadanía.