La política produce extraños fenómenos. Por ejemplo, el que nos muestra cómo un antiguo mito de la resistencia antifranquista se convierte en un fascista. No es un caso inventado, se llama Lluís Llach.

Las últimas declaraciones del cantante, ahora Diputado de Junts pel Sí en el Parlamento catalán, son muy reveladoras por varios motivos, a saber: I) por la degradación moral de quien las pronunció; II) porque nos muestran como los beatíficos independentistas se quitan la careta; y III) por la respuesta de los gobernantes y Diputados de Cataluña al exabrupto del cantante.

Que un símbolo de la lucha antifranquista con el que tantos españoles (de todas las regiones) nos identificamos, haga unas declaraciones amenazantes para los funcionarios catalanes que no quieran obedecer una norma inconstitucional e ilegítima y que llegue a decir “Muchos de ellos [los funcionarios] sufrirán” (El País, 26 de abril de 2017) no sólo muestra que a Llach, como a Puigdemont, le falla el principio de realidad (véase Javier García Fernández: “¿Cuándo dejarán de hacer el ridículo?”, Sistema Digital, 24 de abril de 2017). A Llach le falla la moral porque para hacer efectivo un objetivo político no le importa amenazar a quienes no comparten ese objetivo. Es una actitud moral fascista, que impone sus convicciones por la fuerza, como hacían las escuadras de Mussolini y la S.A. de Hitler. A la vejez viruelas: de antifascista a fascista. Por otro lado, nada raro en el nacionalismo catalán que aún no se ha desvinculado de las bandas fascistas de Dencàs y de sus conexiones con el régimen de Mussolini.

En segundo lugar, las amenazas de Llach, como las de Magistrado Vidal, deben agradecerse porque hacen aflorar la verdadera cara del independentismo catalán. ¿Cómo se van a imponer en Cataluña si no tienen mayoría? Por la coacción y por la fuerza. La idílica sociedad que anuncian los independentistas, donde los perros se atarían con longanizas, a lo mejor no es tan idílica. A lo mejor se persigue a los disidentes. A lo mejor se discrimina a los no independentistas. Y a lo mejor no es la sociedad sin clases a la que aspiran las mentes preclaras de la CUP. Eso sí, será una sociedad tolerante con la familia Pujol, con Prenefeta, con Alavedra, con Millet… Por eso es bueno que, rompiendo las consignas, haya voces como las de Llach y de Vidal, que digan lo que piensan y que lo digan sin tapujos pues Mas, Junqueras y Puigdemont tienen buen cuidado de ocultarlo.

Finalmente, hay que llamar la atención sobre la acogida de las palabras de Llach. Si con las indiscreciones de Vidal, el Gobierno catalán y los partidos independentistas disimularon y negaron los hechos que el Juez sancionado narró, ahora todos se han destapado. Aplauden, abrazan, besan al cantante porque ha sido más lanzado y ha dicho lo que piensan todos pero nadie se atreve a decir.

La degradación del Estado democrático en Cataluña empieza a ser asfixiante. No vendría mal que el Gobierno y los partidos democráticos, los que no son cómplices del independentismo empezaran a hacer, de consuno, alguna advertencia. Porque no es bueno que las declaraciones fascistas de un ex–demócrata queden en la impunidad.