Por favor, paremos un instante y practiquemos la empatía de la que tanto se habla. En este caso, en relación a muchos jóvenes, bien formados, luchadores y que no se rinden. Aunque ello suponga trabajar sin cobrar, por la esperanza de un futuro mejor. Sí, por un momento, imagínese como se sentiría y como sería su situación vital, día a día, si estuviera trabajando como un becario, tras acabar la carrera, saber varios idiomas y tener un master. Ahora, imagínese como esos otros jóvenes que no han terminado sus estudios, están en paro y quieren una oportunidad.

Si la empatía funciona mínimamente, tendremos un sentimiento de desasosiego personal y vital, que puede ser incluso permanente cuando afecta algún ser querido nuestro. Después de este pequeño ejercicio de empatía, hágase algunas preguntas: ¿Es de recibo trabajar sin cobrar? ¿Es necesario ese peaje para poder obtener experiencia, para entrar en el mercado laboral, o para poder luego acceder a un empleo? ¿Es socialmente aceptable convertirse en un eterno becario, en una sociedad donde el ser muchas veces se identifica con la ocupación laboral o con la formación? ¿Es posible que la crisis haya empeorado aún más las condiciones de estas personas becarias?

De cómo se respondan estas preguntas y si estamos o no dispuestos a dejar de ser espectadores, depende la sociedad en la que vivimos, y sobre todo la vida que queremos y perseguimos. Si lo aceptamos, ya está. Pero si somos partidarios de cambios importantes para dignificar la relación de los ciudadanos con el empleo y su acceso al mismo, no hay que mirar a otro lado porque no nos afecte en estos momentos.

Las declaraciones de un afamado cocinero a éste respecto, permiten mostrar distintos puntos de vista. Pero sirven para destapar una realidad más dramática de la que de por sí muestran unos datos difíciles de conseguir. Puesto que muchas personas no están ni siquiera dadas de alta en la Seguridad Social.

La Comisión Europea, en el año 2013, publicó el Flash Eurobarómetro 378, publicado en 2013, “La experiencia de los becarios en la Unión Europea (The experience of traineeships in the EU) con los datos obtenidos de un total de 12.921 personas entrevistas realizadas a un grupo de edad de 18-35, sobre su experiencia como personal de prácticas. Los datos eran reveladores:

  • Casi seis de cada diez aprendices (59%) no recibieron ninguna compensación financiera durante su último período de prácticas. Entre los que fueron pagados, menos de la mitad considera que era suficiente para cubrir los costos básicos de vida.
  • Cuatro de cada diez aprendices no tenían un contrato de prácticas escrito ni un contrato con la organización o compañía anfitriona.
  • El 38 por ciento de los becarios lo han sido en dos o más ocasiones en el caso de España;
  • 7 de cada 10 estudiantes reconoce que durante su período de prácticas ha tenido una carga laboral equivalente a la de los trabajadores con contrato.

El Ministerio de Empleo y Seguridad Social también ha proporcionado sus estadísticas. En España, el número de becarios que trabajan bajo un convenio entre universidad y empresa ha pasado de 20.000 en 2013 a 70.000 en 2015 (un 350% más). Este número, excluye a aquellos con una beca no remunerada y que, por tanto, no cotizan a la Seguridad Social.

Pero además, hay que constatar la existencia de una maraña de tipos de contratos que complica aún más saber si se cumplen las condiciones. Hay prácticas no laborales para titulados sin experiencia, formación para el empleo, certificados de profesionalidad, formación profesional Dual, prácticas externas en los estudios universitarios. Y prácticas laborales con contrato en prácticas, contrato a tiempo parcial con vinculación formativa, contrato para la formación y el aprendizaje, contrato con compromiso de contratación, programas públicos de empleo y formación.

Vamos, un lio que si no se corrige puede convertir los periodos de prácticas en una forma terrible de explotación, que socava los cimientos de la sociedad,  al no dar a los jóvenes la oportunidad de realizar un proyecto de vida autónomo.

Si la ley dice que las becas no pueden sustituir puestos de trabajo. Si creemos que es preciso que sean remuneradas y útiles para la formación de esos jóvenes, hay que abordar la modificación del marco legal. ¿Con qué fin? Con el de adecuarlo a los sectores que más lo necesitan para encontrar un trabajo, en una sociedad con niveles insostenibles de paro. Pero sin permitir una extensión indiscriminada que de facto sustituya puestos de trabajo.

Es un debate abierto, pero hay dos cuestiones que parecen lógicas. La primera, es que hay que asegurar que los becarios reciben la mejor formación y experiencia, a la vez que se combaten los abusos. La segunda, es que se puede entrar al mercado laboral sin la obligación de ser antes becario. Seguro que surgen muchas dudas y distintos puntos de vistas en relación a este tema. Cuando escuchemos los razonamientos, o cuando nos escuchen, empecemos haciéndonos la pregunta: ¿Nos gustaría trabajar sin que nos paguen?

Hablamos de vidas, de proyectos de vida.