Se nos acumulan los problemas. Estamos viviendo una época en permanente crisis, o quizás, en una situación de cambio, y justamente por eso resulta tan convulsa. También resulta convulsa porque los conceptos que hemos aprendido ya no representan lo mismo cuando los utilizamos. La desigualdad, las clases sociales, el feminismo, la socialdemocracia, y un largo etcétera son conceptos que deben ser reformulados para conocer su significado y sus límites, porque si no es así, acabamos “malutilizándolos” de forma trivial.

La desigualdad es el gran problema social. Las alertas económicas y políticas indican que el crecimiento económico conlleva una mayor concentración de la riqueza y, por tanto, una mayor desigualdad social. Esta desigualdad está creando vulnerabilidad y pobreza. Cada vez más ciudadanos están expuestos a malvivir, incluso aunque dispongan de empleo que ya no les garantiza una supervivencia digna.

Las clases sociales se deshilachan. En Europa, la clase media se confunde entre el sentimiento de pertenencia a ella y la inexistencia de condiciones materiales. Nos cuesta reconocernos como clase trabajadora porque hoy parece que eso significa un fracaso, un descenso social, una pérdida de éxito. Porque todavía el mensaje sigue  siendo el del nefasto video que circulaba por los colegios, “Los ricos son exitosos y los pobres mediocres”. Y por eso nadie quiere ser pobre, porque da miedo, porque genera rechazo, porque la aporofobia (que denuncia Adela Cortina) existe en cada uno de nosotros.

La desigualdad no solo se produce en la economía, sino también cada vez más se identifica en lo social. Y, sobre todo, en el género.

Pese a los grandes esfuerzos legislativos, la concienciación social, el esfuerzo de los medios de comunicación, las inversiones económicas, y la lucha feminista por no silenciar el machismo y sus consecuencias, cada semana sufrimos un caso de violencia de género en nuestro entorno. Según los listados de las asociaciones de mujeres, se han contabilizado 79 casos en 2018.

El sexo es una cuestión biológica, pero el género es una cuestión cultural. Y todavía nos debatimos entre los diferentes roles. ¿Es la mujer responsable de las agresiones que sufre?  ¿Acaso vestir como quiera significa una provocación?

Para ello se abre el debate y confundimos los conceptos. El feminismo, que ha costado tanto de entender socialmente incluso entre las mujeres, se ve ahora “trivializado” por quien considera una modernidad ser feminista o por quien reclama su libertad de vestir con simbología. Así podemos encontrar a Cristina Pedroche defendiendo “su feminismo” con los trajes de Nochevieja, y podemos encontrar a jóvenes mujeres islámicas defendiendo “su feminismo” al optar por el hijab como vestimenta femenina que le otorga identidad.

¿De verdad la solución de la mujer está en esos dos extremos? ¿Pasar de la provocación a la invisibilidad? Cada una puede vestir como quiera, pero debe ser consciente de lo que transmite y representa. Y la libertad de elección no supone necesariamente feminismo, sino más bien al contrario. La última polémica la ha levantado Marks&Spencer al poner a la venta hijabs como uniforme escolar, para niñas de 3 a 11 años.

Como vemos, nuevamente ha de ser la mujer, por cuestión cultural, por lo que representa su género, quien modifique su vestimenta, quien invisibilice su cuerpo, quien imponga reglas desde la niñez, para no provocar la agresión por el hecho de ser mujer.

Y, en medio de estas incertidumbres que generan tanta inestabilidad, en vez de buscar soluciones nuevas, la paradoja está en que crecen en votos aquellos que solo pueden provocar más desastre, barbarie, conflictos y exclusión.

Estamos sobre arenas movedizas. Pero ni siquiera todos hablamos de lo mismo pese a pronunciar las mismas palabras. Más que nunca, conceptos como libertad, igualdad, derechos, socialdemocracia, necesitan ser nuevamente redefinidos, estableciendo sus límites y significados. Porque si no es así, estamos en un “sálvese quien pueda” donde cada uno defiende aquello que le conviene.