Con el tiempo hemos aprendido la importancia del diálogo y acuerdo entre las partes con intereses en cualquier tema y el valor de considerar los tiempos y ritmos.

Pero quizá siendo importante todo ello, sin duda, hemos aprendido algo nuevo: los problemas, cuando se dialogan, se tratan de forma precisa y se planifican con rigor, pueden transformarse en una oportunidad.

En Europa y en España el proceso de transformación energética dirigido a una acción vital para la lucha contra el cambio climático y el desarrollo de una sociedad descarbonizada, tiene todos esos elementos y potencialidades.

Son momentos complejos cuando hablamos de cambio climático, sin duda. Todos tenemos sentimientos contradictorios con el tema, por una parte, vemos como la Cumbre Climática de Glasgow no ha cumplido todas las expectativas que habíamos depositado en ella. Hay aspectos positivos: compromiso de no subir por encima de 1,5ºC, como dice la ciencia, y no sobre 2ºC, como querían algunos; acuerdos sobre forestación, reducción de las emisiones de metano y nuevos compromisos de China y USA. Pero yo me quiero quedar con cuatro aspectos como son, el liderazgo de Europa y España, el valor cada vez más importante de la sociedad y su compromiso, la fuerza con la que se reclama la descarbonización y el apoyo a las energías de origen renovable. Los aspectos negativos los resumiría en la falta del atrevimiento y compromiso mundial necesarios. La UE y España han apostado de verdad y valientemente.

La apuesta por un modelo energético limpio, moderno y eficaz tiene muchos aspectos positivos: todos los ambientales y climáticos, la generación de una industria y un conocimiento de gran valor, la reducción de la dependencia energética externa, la diversificación del modelo y un implante territorial con inversiones y aportaciones directas sobre el mismo. Se puede decir que, en el país del sol, el agua y el viento, aprovechamos éstos para generar energía. Aunque siempre hemos aprovechado estas fuentes. El viento se aprovechó para nuestros molinos, la navegación…; el sol desde la agricultura hasta el turismo; y el agua, obviamente, siempre para la vida y el desarrollo humano. Pero ahora tenemos nuevas oportunidades, tecnologías y demandas.

Para cumplir los ambiciosos y valientes objetivos en España se ha facilitado la aceptación de propuestas de generación con diversas fuentes y en todo el territorio. Dependiendo de la potencia proyectada el proceso se realizará desde el ámbito autonómico o estatal. La proliferación de propuestas es tremenda. Algunas de ellas con proyectos serios y muy viables, otras que a simple vista se puede valorar que no tendrán viabilidad por implantarse en terrenos protegidos, por ejemplo, no prever las líneas de evacuación… y otros que son proyectos de índole especulativo y con una visión de venta si fuesen aprobados. Todo ello legal y con derecho para presentarse. Pero en conjunto ha provocado un mapa inmenso de proyectos pendientes. Los territorios ven con asombro la ocupación de todo, aunque unos más que otros. El rigor, la gran cantidad de aspectos a valorar, la amplitud de organismos que deben intervenir y la importancia de las decisiones hacen que, junto a los pocos recursos técnicos con la cualificación requerida en las administraciones para evaluar, se tarde el triple en “burocracia” que en poner operativos los proyectos. Las plantas deben respetar escrupulosamente los criterios de sostenibilidad y las exigentes condiciones de las Declaraciones de Impacto Ambiental.

Este momento de proliferación está produciendo un movimiento de rechazo importante y en muchas ocasiones contradictorio. En la cornisa cantábrica se ha coordinado un movimiento bajo un mismo lema: renovables sí, pero no así. En sus argumentos hay una parte que es comprensible y todos estaríamos de acuerdo: se debe dialogar con los municipios y, especialmente, con los habitantes del lugar, se debe compensar y cuidar la biodiversidad del lugar y los proyectos no deben ser un elemento que afecte negativamente, todo lo contrario, al desarrollo económico local.

Por otra parte, sus propuestas suelen ser muy “urbanas” frente a la realidad rural del entorno donde están los proyectos. Plantean, además de las cuestiones en materia paisajística, de protección del entorno y la biodiversidad y el diálogo y acuerdo local, otras que son muy contradictorias y que se basan principalmente en un rechazo a la entrada de grandes empresas a estos procesos. Afirman que sería mejor un plan de tejados y cubiertas solares, sería más “atomizado” el modelo y más cercano al ciudadano. Sin duda podría ser así, pero en el mejor de los casos se lograría el 30% de la energía necesaria, se generaría una gran dificultad de gestionar la oferta y la demanda y no tendríamos tiempo para lograr esa implantación y cumplir los plazos. En general se pide “parar el proceso”, abrir otros de reflexión, diseño y viabilidad. Este debate de los momentos, plazos y demás habría estado bien hace 30 años, pero perdimos el tiempo. Ahora los mismos que decimos que estamos ante una emergencia climática y urgente, no podemos decir que vayamos despacio. Los debates de salón nos impidieron ver la urgencia y la necesidad del acuerdo.

En este bloque debemos buscar acuerdos entre todo lo que suma. Las entidades conservacionistas y preparadas, por ejemplo, SeoBirdLife, WWF y muchas territoriales, aportan criterios de equilibrio con la biodiversidad, de reducción del impacto ambiental y de alternativas más adecuadas que incluso pueden mejorar el entorno, como por ejemplo con la recuperación de especies, insectos…Su papel es importantísimo.

Cuando descendemos al territorio, muy especialmente al municipio o pequeño pueblo y al mundo rural y su actividad socioeconómica, surgen de nuevo problemas y oportunidades.

Hasta hace poco, un territorio donde se ubicase una instalación de renovables recibía unas compensaciones económicas efímeras y sin mucha planificación: tributaciones locales muy altas, instalaciones municipales, mejora de infraestructuras o caminos, todo ello en lo público y buenas rentas a los propietarios del terreno. Todo esto puede estar bien, pero no genera futuro, genera rentas e instalaciones que con el paso del tiempo no hay fondos para mantener: polideportivos sobredimensionados, parques industriales vacíos, piscinas sin apenas uso…Se preguntaba en esos casos al Alcalde y se acordaban esas compensaciones. Sin duda es correcto hablar con la institución, pero falta más: hablar con la gente. Hablar no es contar y hacerse entender, sino escuchar, tener la disposición de entender y aprender y, como consecuencia de ello, hacerse entender.

Estas compensaciones han potenciado en muchos casos el abandono de la actividad e incluso del municipio. Con esas rentas no solo se deja de trabajar el campo, sino que se acaba residiendo en el gran municipio más cercano, por servicios y calidad de vida. Profundizamos, sin querer, en el despoblamiento rural y de su actividad.

El mundo rural siempre aportó recursos al resto del país: personas, alimentos, turismo, recursos forestales… y en muchos casos a cambio de poco o nada. Tiene su lógica pensar que debe existir un retorno justo y de futuro.

El territorio rural puede generar energía de forma limpia sin duda, y especialmente en el aprovechamiento del Sol, como lleva haciendo siglos. Debe ser esta posibilidad una oportunidad de generar un retorno que, no solo retenga población, sino que aumente la capacidad de innovación y desarrollo de la región. ¿Por qué quedarnos solo en la generación energética? Podemos crear a nivel provincial entornos de liderazgo formativo de profesionales a nivel nacional, si sabemos gestionar a partir del Sol, sabremos contarlo y formar profesionales. Si podemos tener instalaciones modernas y de ultima tecnología, podemos participar en su fabricación. Y si tenemos una tradición agrícola y ganadera de apego al territorio desde lo rural, sabremos buscar la mejor forma de compatibilizar los dos sistemas de forma justa para los municipios, ambientalmente correcta y económicamente viable.

De esta manera la construcción de instalaciones de energía renovable se erige como una oportunidad desde el diálogo, la visión a futuro y pensando desde el territorio, no desde despachos alejados. Hay que ponerse las gafas de quien vive en el territorio, no desde nuestra “percepción” de lo que puede necesitar. Un buen ejemplo es el aprovechamiento de las líneas de internet que se usan para telegestionar estas instalaciones. Con una pequeña inversión se puede aprovechar este “internet oscuro” para llevar al municipio todas las capacidades de la digitalización. Hablamos de que un bar o un restaurante sin acceso a internet no pueda admitir el pago con tarjeta y pierda el 28% de las ventas, o que los servicios de salud, educativos y básicos sean accesibles. Si además se puede teletrabajar, genial.

¿Es alocado pensar que quienes aporten energía al resto del país puedan tener ésta a precios más baratos para su uso y sus negocios? Sería una forma de compensar directamente a la población y de atraer inversores, pequeños y grandes negocios que vean que ubicarse cerca de un parque de renovables es una oportunidad rentable.

Las instalaciones de renovables pueden preservar ciertas actividades rurales, garantizando, por ejemplo, la disponibilidad para el pastoreo de los terrenos con instalaciones fotovoltaicas; o facilitando “superficies refugio” desde las que regenerar la biodiversidad autóctona y proteger las especies polinizadoras, y el despliegue de acciones conservacionistas sobre la tierra, la fauna y la flora.

Se debe afrontar un necesario diálogo social con las comunidades donde se instalen, que permita el establecimiento de un marco que garantice una legitimidad social basada en que los beneficios finales sean compartidos tanto por las empresas que arriesgan su capital, como por el territorio que acoge su establecimiento. Si este acuerdo social y económico se produce en sus justos términos, la resistencia no debe ser tal. Estamos en plena emergencia climática y con la imperiosa necesidad de rebajar los precios de la electricidad y de despojarnos de los combustibles fósiles. Hablamos de una oportunidad de generación de futuro, desde la inteligencia y las personas del territorio.

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Miguel Aguado Arnáez es divulgador ambiental y socio director de B Leaf.