La Comunidad Valenciana está registrando bajos índices de contagio y de mortalidad por el coronavirus. El esfuerzo que la consellera de Sanidad y su equipo están realizando, durante todo este tiempo, está siendo constante y persistente.

El verano, además, suponía una fuente de problemas para nuestra Comunidad al ser un lugar de sol y playa, de segundas residencias, de mucho turismo nacional.

Sin embargo, lo ocurrido en el inicio de clases universitarias con la fiesta ilegal de la residencia Galileo-Galilei ha sido de una gran irresponsabilidad. Me consta que muchos de los jóvenes que participaron en ella hoy se arrepienten al ver las consecuencias acarreadas: 25.000 alumnos con las clases suspendidas, un campus universitario completo clausurado, más de 700 pruebas realizadas, y casi 200 contagiados entre los jóvenes.

La reacción de confinamiento y de cierre fue rápida. Pero no todo debe hacerlo “Papá Estado” ni las administraciones políticas o universitarias. Esta es una labor de concienciación social conjunta. No se trata de “criminalizar” a los jóvenes, pero sí de tomar conciencia de lo que está ocurriendo y de que no son niños, sino adultos. El comportamiento de los niños de primaria está siendo mucho más ejemplar.

También es cierto que el ambiente político-mediático ayuda poco. Cuando vemos figuras como Trump haciendo estupideces electoralistas, demagógicas y peligrosas, ya podemos esperar cualquier cosa, como que el gobierno de la Comunidad de Madrid esté en una guerra infatigable no se sabe bien contra quién: ¿contra el gobierno central, contra el ministro Illa, contra los catalanes, contra los propios madrileños?

Me cuesta tantísimo entender la posición de Díaz Ayuso y del grupo extremista del PP en el que se han convertido Casado y Teodoro, ayudados por Aznar y Esperanza Aguirre. Me cuesta entender que se creen de verdad lo que dicen. Si se lo creen, son realmente peligrosos por enloquecidos. Pero si no se lo creen, y lo repiten por cuestión electoral, son doblemente peligrosos porque no tienen escrúpulos en poner en peligro la salud ciudadana con tal de desgastar y destruir al contrario, que es de lo que se trata.

Es imposible que piensen en serio que hay una amenaza contra Madrid, que todo el mundo odia a la pobre Ayuso, o que Fernando Simón no es “médico ni ná”. Y es más imposible que lo piensen cuando vemos que París, Berlín, Nueva York, … y un sinfín de ciudades toman medidas de durísimas restricciones (más duras que en Madrid).

Esa permanente confrontación, ese liderazgo de alguien como Díaz Ayuso, esa estrategia de guerra que practica siempre un ala del PP (la que en su momento encabezó Aznar), genera un ambiente de hartazgo y de decepción. Pero más injusto me parece situar el equilibrio en la equidistancia de las posiciones políticas. Ese “todos son iguales” nos sitúa en un purismo infantil. Porque no todos los políticos se comportan igual, no todos debaten igual, no todos tienen la misma preparación, ni siquiera todos actúan con la misma buena o mala intención. Ni siquiera dentro del PP la estrategia es una, ni siquiera en el mismo partido comparten los mismos planteamientos, el mismo nivel formativo, la misma altura política. Lo de Díaz Ayuso es caso aparte. Como lo es alguien como Trump.

En esta época nos acordamos permanentemente de la labor que realizan los sanitarios. Hay otro colectivo que también debe ser respetado, sobre todo, si queremos elevar la educación cívica del conjunto de nuestra sociedad: los maestros.

El pasado lunes, 5 de octubre, fue el Día Mundial de los Docentes. Este es un extracto del mensaje conjunto que realizó la Unesco, la Organización Internacional del Trabajo, Unicef, y la Secretaría Internacional de la Educación:

«Durante esta crisis, los docentes han demostrado, una vez más, una gran capacidad de liderazgo e innovación para asegurar que #ElAprendizajeNuncaSeDetiene y velar por que ningún alumno se quede atrás. En todo el mundo, han trabajado de forma individual y colectiva para encontrar soluciones y crear nuevos entornos de aprendizaje para sus alumnos, a fin de garantizar la continuidad de la educación. También es fundamental el papel que han desempeñado prestando asesoramiento sobre los planes de reapertura de las escuelas y apoyando a los alumnos en el momento de regresar a la escuela».

Estamos ya tan habituados a dejar la responsabilidad de nuestros hijos e hijas, de nuestros jóvenes, en manos de los docentes, en el momento que atraviesan las puertas de los centros educativos, que se nos olvidan las miles de personas vocacionales que se dedican tanto a la transmisión de conocimientos como a la socialización cívica de nuestros chicos y chicas.

Y, en esta situación de pandemia, se les ha complicado mucho más el trabajo y la profesión. Gracias por estar ahí.