En tan sólo unos días, Trump ha conseguido que una guerra que duraba siete años y estaba próxima a resolverse, al menos en su fase militar, se haya reavivado y adquirido una dimensión internacional aún más amplia y complicada. El norte de Siria es hoy un lugar mucho más inestable, un peligro creciente para la paz regional y motivo de escarnio para el entramado diplomático y militar de la superpotencia mundial. Pocas veces se ha visto un desastre autoinfligido de estas proporciones.

Y lo peor es que la decisión presidencial se venía venir, que no ha sido consecuencia de una crisis inesperada o de un acontecimiento repentino. Es el famoso “instinto”, del que Trump presume con la audacia de quien se siente único cuando en realidad ignora casi todo.

Al anunciar la retirada del millar de soldados -unidades especiales, la mayoría- que protegían a las milicias kurdo-sirias vencedoras de los yihadistas del Daesh, Trump envió la señal que el presidente turco estaba esperando para modificar el mapa regional y crear una situación de mejor acomodo a sus intereses. Que el presidente norteamericano no le diera luz verde expresa es irrelevante: a un personaje como Erdogan le basta con que le abran la puerta, no es necesario que le inviten a pasar.

OPERACIÓN PEACE SPRING

El nuevo sultán tiene una necesidad, un propósito y un designio al invadir Siria. La necesidad es crear una zona de seguridad de unos 30 kilómetros de profundidad, para alojar allí a millones de sirios huidos de su país durante la guerra, que malviven hacinados en campos de refugiados. El propósito va más allá de la necesidad humanitaria: pretende acabar con el experimento político kurdo afincado en la frontera que alienta a los connacionales de Turquía, de forma que se elimine cualquier riesgo de contagio. El designio supera al propio Erdogan, pero él cree que puede interpretarlo: convertirse en un actor imprescindible,  no sólo en Siria, sino en todo el Oriente Medio, ahora que el abandono de Washington abre el juego (1).

Al percatarse de que su decisión no era tan brillante como él había imaginado y que los turcos se tomaban el brazo, cuando sólo les había ofrecido la mano, Trump manipuló el relato para capear el temporal. Pero Erdogan tenía preparada la operación desde hace meses (un año o más, en realidad) y se movió con rapidez. Avance de tropas mercenarias sobre el terreno, apoyo artillero y bombardeos aéreos para provocar el pánico en la población y poner a las milicias sirio-kurdas a la defensiva. Tampoco se privó de liberar presos yihadistas, potenciales cómplices futuros si le hicieran falta (2). Ni de permitir actos de gansterismo, como el asesinato de una líder kurda y su chofer (3). Que Trump anunciara sanciones económicas a los principales dirigentes turcos e incluso amenazara con “destruir la economía turca” no modificó los planes de Erdogan, ni cambió el rumbo de los acontecimientos. Ya era tarde

Los kurdos, que llevan un siglo soportando traiciones y engaños de las potencias occidentales (4) se defendieron como pudieron, por supuesto, pero, haciendo de tripas corazón, pactaron con Assad (soldados sirios ya patrullan en áreas kurdas) y se encomendaron a la única potencia con capacidad para construir un orden alternativo al de Estados Unidos: Rusia. El año pasado, cuando Trump amagó con el repliegue que ahora ha ejecutado, los kurdos sirios declinaron una oferta de Moscú, porque creían que Washington frenaría a Erdogan. No lo hizo del todo (los turcos ocuparon Afrin, en el extremo occidental de la zona) pero la operación fue limitada y se mantuvo el precario status quo en esa región que los kurdos  llaman Rojava (5).

RUSIA RECOGE EL TESTIGO

Putin ha jugado las cartas con destreza profesional. El Kremlin goza de bazas limitadas, pero, como no hace estupideces, obtiene resultados razonables. Para los rusos, lo principal es que la Siria de Assad vuelve a ser el actor regional de antes de la guerra, después de haberla ayudado a ganar un envite militar impresionante.  Pero Putin tiene que resolver ese triángulo infernal que forman Turquía, Siria y los kurdos. La forma de hacerlo es paciencia y habilidad: dando a cada uno lo que cree que le pertenece y consiguiendo que todos acepten concesiones. Sin vencedores ni vencidos.

Siria anhela recuperar la soberanía sobre el conjunto del territorio, conceder una forma de autonomía a los kurdos y garantizarse la protección rusa frente al empuje turco. Turquía puede aceptar la continuidad del régimen sirio, al menos por el momento, siempre que la frontera no se convierta en un laboratorio de un proyecto nacional kurdo y se tenga a raya a las milicias del YPG. Por su parte, los kurdos regresan a esa casilla que les es tan conocida: la lucha por la supervivencia. Sólo Moscú puede proporcionarles la protección que hasta ahora les garantizaba Washington. Limarán su poder militar, convertirán a sus soldados en policías y tratarán de mantener su modelo social más o menos a flote, pese a ser muy subversivos para los dos países entre los que se encuentran atrapados, como ha explicado muy bien Jenna Krajeski tras convivir tiempo prolongado con ellos (6).

Trump podría conformarse con eso, siempre que le permita alardear de haber puesto fin a una de esas “guerras interminables” que prometió liquidar durante su campaña electoral. Pero el establishment político, diplomático y militar norteamericano tiene una visión más completa de lo que se ventila en la región. El renacimiento de la Siria alauí (una rama local de chiismo) no sólo conforta a Moscú, sino que refuerza la supuesta pretensión de Irán de extender sus tentáculos en Oriente Medio. Assad no habría ganado esta guerra sin el apoyo ruso, pero los guardianes de la revolución islámica iraní y los milicianos libaneses chiíes de Hezbollah (financiados y armados por Teherán) han librado batallas claves para la supervivencia del régimen baasista.

MALESTAR EN WASHINGTON

Hace unos meses el secretario Pompeo, altoparlante diplomático de Trump, proclamó que Washington no pararía hasta conseguir que la “última bota iraní saliera de Siria”. Para lograr tal objetivo, no parecía muy juicioso sacar antes de allí a las botas norteamericanas. Pero ese es el tipo decisiones incoherentes que prodiga su jefe. Como sostiene Martin Indyk, un veterano de la diplomacia norteamericana en la región, el abismo entre la retórica de Trump y los hechos sobre el terreno no resisten un mínimo escrutinio (7). El nuevo equilibrio en Siria fortalece al Kremlin, proporciona a Irán una plataforma de conexión con el Mediterráneo y favorece una eventual resurrección del Daesh. Inaceptable para Washington.

Este desastre que un presidente bajo sospecha ha originado quizás sea “irreparable”, como sentencia el WASHINGTON POST (8). Su “instinto” ha provocado una “calamidad inmediata”, en palabras de David Sanger, analista de seguridad del NEW YORK TIMES (9). Sólo cabe esperar que Putin ordene el tablero y pacifique las riberas del Éufrates. Luego puede pasarle la factura a Trump, siempre que éste sobreviva al impeachment, a la contienda electoral o a sí mismo. ¿Quién mejor, para preservar los intereses de Rusia en este tiempo de turbulencias en el que las alianzas ya no sirven y el equilibrio en varias zonas del planeta se encuentra en permanente revisión?

NOTAS

(1) “What is driving Turkey’s invasion y what comes next”. SONER CAGAPTAY. THE WASHINGTON INSTITUTE OF NEAR AND MIDDLE EAST, 12 de octubre.

(2) “Turkish backed Syria Free Army is deliberating releasing ISIS prisoners”. LARA SELIGMAN. FOREIGN POLICY, 14 de octubre.

(3) “Syrian arab fighters backed by Turkey kill two Kurdish prisoners”. THE NEW YORK TIMES, 13 de octubre.

(4) “The Kurdish Awakening”. HENRY J. BARKEY, FOREIGN AFFAIRS, marzo-abril 2019; “The secret origins pf the U.S.-Kurdish relationship explain today’s disaster. BRYAN GIBSON. FOREIGN POLICY, 14 de octubre.

(5) “The scramble for northeast Syria”. AARON STEIN. FOREIGN AFFAIRS, 22 de enero.

(6) “What the world loses if Turkey destroys the Syrian kurds. A radical political experiment is in peril”. JENNA KRAJESKI. THE NEW YORK TIMES, 14 de octubre.

(7) “Disaster in the desert. Why Trump’s Middle East Plan can´t work”. MARTIN INDYK. FOREIGN AFFAIRS, 15 de octubre.

(8) “Trump followed his gut on Syria. Calamity came fast”. DAVID SANGER. THE NEW YORK TIMES, 15 de octubre.

(9) “Trump’s blunder in Syria es irreparable”. EDITORIAL. THE WASHINGTON POST, 15 de octubre.