Resulta desolador contemplar lo que ocurre en Catalunya. Desolador, triste, preocupante, y lleno de incertidumbre.

Las manifestaciones y protestas que están ocurriendo después de la sentencia eran previsibles. Pese a ello, no dejan de resultar desconcertantes. Porque, aunque este final se veía venir, la pregunta sigue siendo la misma: ¿y ahora qué?

Nada de lo que está ocurriendo puede extrañarnos. Y aunque supiéramos que iba a ocurrir, parece que estábamos condenados a este desencuentro.

Hace cinco años que la situación catalana era completamente diferente. Carles Puigdemont fue nombrado Presidente en enero del 2016. En menos de cuatro años, montó la estrategia independentista, realizó el referéndum, declaró la independencia, la retiró, y acabó fugado.

Mientras tanto, Catalunya ha pasado por varias etapas: en primer lugar, los independentistas eran minoría; fueron creciendo a medida que el gobierno de Rajoy les acosaba, ya que, a más presión externa, más independentismo; pero nunca alcanzaron una mayoría social. Eso sí, la ruptura ya se había producido. Una ruptura entre catalanes que cada vez resulta más irreconciliable.

La ruptura ha tenido dos frentes: entre los propios catalanes, y entre independentistas y España. La duda hoy sería saber qué ruptura es mayor.

Para muchos catalanes la reconciliación será difícil, … pero posible. O eso creo, porque deben convivir. Entre los independentistas y la mayoría de españoles, la ruptura puede ser definitiva, si no se comienza a reconducir la situación. Y eso, hoy por hoy, es impensable.

Entre la aplicación del 155 y la independencia, ¿no hay ningún espacio de diálogo?

Para dialogar y que se produzca acercamiento, necesario e imprescindible si se quiere superar esta locura, hay que rebajar las posiciones, entender que la independencia no se puede conseguir con la mitad de los votos o con las presiones en la calle, al mismo tiempo que España tampoco puede ignorar el problema o intentar solucionarlo a la fuerza. Lamentablemente, no es esa la tendencia. Al contrario, la espiral incendiaria sigue aumentando.

Seguramente Pedro Sánchez percibió con claridad que esto supondría la primera gran crisis de un gobierno de coalición.

¿Y ahora qué?