Una de las tendencias sociales de mayor significación en el mundo es el envejecimiento de la población que, en sí mismo, es uno de los grandes avances de la humanidad. Es un fenómeno multidimensional, que ejerce impactos en esferas biomédicas, sociales, económicas, psicológicas… La vejez se vincula a vivencias poco agradables (enfermedad, discapacidad, soledad, muerte…), si bien en nuestros días constituye una oportunidad para muchos ancianos, sus familias y la sociedad, siempre y cuando les respete la salud.

Tener una buena o mala salud en la etapa final de la vida depende, en buena medida, de aspectos genéticos, si bien es de la máxima importancia el entorno en el que nos desenvolvemos y nuestros hábitos y estilos de vida. Las formas de envejecer y la mayor o menor prevalencia de lo patológico se atiene, fundamentalmente, a inequidades sanitarias. Es, por ello, imprescindible potenciar políticas de salud pública universales eficientes.

La población mundial tiene una esperanza media de vida superior a los 60 años y, según la Organización Mundial de la Salud, para el 2050 se espera que seamos 2.000 millones (900 millones actualmente). Además, hay 125 millones de personas con más de 80 años y se anticipa que para esa fecha se llegue a los 434 millones. Tan sólo en China se calcula que habrá 330 millones de hombres y mujeres que superen los 65 años y 100 millones con más de 80. Se predice que los españoles dispondremos, a mediados del siglo XXI, de la esperanza media de vida más alta del mundo (85,8 años) por delante de la de los japoneses (85,7 años).

Dentro de los estudios demográficos el análisis de la estructura por edades es un tema de primer nivel. Y ello es así porque en función de la fase en la que estamos varían asimismo las pautas demográficas (fecundidad, mortalidad, tamaño medio de los hogares…).

En los años sesenta y primeros setenta del siglo XX en España iniciamos el camino para convertirnos, con los años, en una sociedad urbanizada, industrializada y tecnologizada. Fue el periodo de las grandes migraciones del campo hacia las zonas urbanas y de los desplazamientos laborales hacia Europa. El alcance de las migraciones, con otros cambios sociales, condujeron a una cuasi desaparición de las formas familiares del mundo rural. Las familias comenzaron a experimentar una reducción importante en su tamaño, a tenor de la progresiva bajada de la tasa de fecundidad y la familia nuclear tomó el relevo a la extensa. Estos cambios repercutieron, a su vez, en las formas de actuación intrafamiliares, y nuevos valores impregnaron las relaciones familiares (en la línea de más igualdad entre géneros e intergeneracional), si bien la propensión de mayor trascendencia ha sido el envejecimiento de la población. Un hecho social  en el ámbito planetario, consecuencia de la disminución de la tasa de fertilidad, del aumento de la esperanza media de vida, del proceso de urbanización, y de los cambios que han tendido lugar en términos tanto morfológicos como relacionales en el espacio privado del hogar.

Como decíamos, la vejez es un ciclo históricamente asociado a la enfermedad, la discapacidad, la soledad, y la muerte. No obstante, se observa que no sólo se ha elevado la esperanza media de vida, de igual modo lo ha hecho la esperanza media de vida con buena salud. Tal como exponen Hyde y Higgs, la salud en el mundo desarrollado se está progresivamente desvinculando de la edad cronológica, lo que conlleva una visión positiva del significado de la senectud.

Para Enrique Gil Calvo, se ha producido una “invención social de la vejez”, vejez que entiende como un periodo dilatado consecuencia de la prolongación de una inactividad pos-laboral impuesta, puesto que las condiciones de muchos ancianos de nuestros días les permitiría trabajar en las mejores condiciones. Ahora bien, decir también que llevan a cabo actividades de gran reconocimiento social en tareas de solidaridad familiar, ayudando a sus hijos y nietos o colaborando como voluntarios en entidades sociales…

Hyde y Higgs afirman que la población actual dispone, como media, de la mayor esperanza de vida y la mayor proporción de personas mayores de la historia. Al tiempo, juzgan, que estos cambios van acompañados de una interconexión global entre países, regiones, ciudades y pueblos, tornándose necesarias reformas políticas a nivel trans-nacional para afrontar los retos que vayan surgiendo.

Se constata, en el mundo desarrollado, una desinstitucionalización de la jubilación, bajo la idea de un tipo de “envejecimiento activo” (EA) y/o “envejecimiento saludable”. Los que entran en la eufemísticamente llamada “tercera edad”, a partir de los 65 años, poco tienen que ver con los de las generaciones anteriores. Frente a una perspectiva del envejecimiento como rémora para el bienestar social ha tomado el relevo la idea del derecho a vivir la ancianidad en las mejores condiciones. Lipovestsky lo plantea en términos de un ciclo de realización personal y de búsqueda de la felicidad, que se materializa en formas y estilos de vida inéditos, hasta hace pocos años, entre estas generaciones. Y conduce, según Westerhof y Tulle, a que sobre ellos recaiga la responsabilidad sobre sus cuidados, auto-eximiéndose la sociedad de los mismos. Por otro lado, ponderan que se está produciendo una transición hacia una disolución del estatuto de la edad cronológica a la idea de edad subjetiva, puesto que llegan con salud, despliegan una importante actividad y, en general, tienen condiciones de vida más que aceptables.

Así las cosas, el envejecimiento conlleva desafíos al crecimiento económico y, por ende, al sistema de bienestar (pensiones, salud y dependencia), tanto en los países desarrollados como los que están en desarrollo. Se debe a que el peso de cada grupo de edad, tanto en términos absolutos como relativos, impacta sobre el crecimiento económico a rastras de la reducción de la fuerza de trabajo laboral. Y lleva de sí envites en materia económica, que van desde la innovación, el empleo, la productividad y el crecimiento potencial, hasta cuestiones relacionadas con el ahorro, la inversión, las políticas fiscales y monetarias, temas de economía política y de equidad entre generaciones…

En virtud de las diversas magnitudes expuestas sobre el envejecimiento en nuestro país, dentro de los países más avanzados, me permito finalizar estas líneas compartiendo la perspectiva de Enrique Gil Calvo para quien el siglo XXI es ya el de la “invención de la vejez”, sin duda, una revolución biográfica que en función de la manera en cómo se gestione por parte de los Estados, hará que sea una etapa activa y rica en términos relacionales, culturales y de ocio/tiempo o, en el peor de los escenarios, una edad colmada de privaciones y susceptible de entrar en procesos auto-excluyentes involuntarios.

 

Fotografía: Carmen Barrios