Platón nos dice en el Timeo que el tiempo es la imagen móvil de la eternidad. Frente a este planteamiento Aristóteles lo relaciona con la movilidad. Dice que medimos el tiempo por el movimiento y el movimiento por el tiempo. El tiempo recibe distintos significados según la disciplina en la que es tratado, por ello cobra gran dificultad su definición. La realidad es que no lo vemos, pero lo sentimos. Estamos seguros de que siempre está ahí. Está ligado a nuestro pensamiento, a nuestra vida entera sin que ningún acontecer escape a él y como un río no deja de fluir. En palabras de Jorge Luis Borges “Es inútil que duerma. Corre en el sueño, en el desierto, en un sótano. El río me arrebata y soy ese río. De una materia deleznable fui hecho, de misterioso tiempo. Acaso el manantial está en mí. Acaso de mi sombra surgen, fatales e ilusorios, los días”.

Al tiempo se le ha comparado con la luz, sin la cual no habría vida. Se le ha cantado, recordando su inaccesibilidad. Borges se pregunta sobre “¿Qué trama es ésta del será, del es y del fue? ¿Qué río es éste cuya fuente es inconcebible?”.

En nuestro momento histórico no nos planteamos el tiempo como una tarde que toca a su fin, sino que combinamos la visión platónica y la aristotélica. Para nosotros, es imagen móvil de la eternidad porque transcurre sin tregua, con gran rapidez y con experiencias que siempre permanecerán en nuestras vidas y que irán ligadas a nuestros recuerdos espirituales.

Y ante las muchas posibilidades de experiencias vitales que esperemos todavía tener por delante, el pasado es lo seguro, es lo permanente, de él no podemos prescindir. Sin embargo no será una imagen inmóvil, será ese movimiento del que hablaba Aristóteles, porque hoy no somos los mismos que ayer, ni seremos los mismos que mañana.

El tiempo, el tiempo… se dice que no tiene dimensión, que no es real, que es un “a priori”, que es sólo una idea en sentido hegeliano, pero en las sociedades de principios del siglo XXI, en un mundo global e hiperconectado, adquiere dimensiones singulares, hasta hace pocos años inéditas en la historia de la humanidad.

Recuerdo que cuando era una niña mantener una comunicación telefónica entre Madrid y pongamos por caso Málaga o Zamora, suponía horas de espera y el arduo trabajo de telefonistas anónimas, y destaco que era una profesión feminizada, que desde sus centralitas gestionaban las largas demoras impuestas por el desarrollo de las telecomunicaciones. La palabra mágica cuando obraba el “milagro” de que recibíamos una llamada telefónica era “conferencia, conferencia” y era el momento de transmitir a nuestros seres queridos las alegrías, inquietudes, y hasta tristezas, no sin dificultades técnicas e interrupciones. Esas misivas, a pesar del habitual elevado tono de voz que utilizábamos, eran experiencias íntimas, que nos colmaban de felicidad, que nos daban tranquilidad, aunque como la vida es caprichosa, también nos alertaban de noticias desgraciadas y tristes. Y esperábamos con ilusión, proyectándonos hacia el futuro, la llegada de una nueva comunicación que se hacía eterna por alargarse temporalmente.

Dice un refrán español “el tiempo es oro”, era oro en aquellos años, en donde se invitaba con esta frase proverbial a los moradores de aquella sociedad a ser diligentes en sus asuntos, al tiempo que se les recordaba que la vida era breve y que había que aprovechar el tiempo que se nos había concedido. Y es más que oro en la actualidad en los países más desarrollados, en donde el tiempo y el espacio son de los bienes más valorados, de tal suerte que el anterior refrán adopta una nueva perspectiva: “el tiempo no es oro, pero vale más que el oro; se recobra el oro que se perdió; pero el tiempo perdido, no”.

De nuevo el tiempo, un tiempo pasado, inmutable, rotundo, quizá más que nunca, y un presente y un futuro, en los que tenemos la percepción vital de precipitarnos con movimientos raudos y con un desdibujamiento de sus fronteras. Un movimiento que, acorde a la dinámica nuestros días, se ha ido acelerando más y más y ha hecho posible que le hayamos ganado pequeños ápices.

Los grandes avances de las tecnologías de la comunicación y la información que han tenido lugar en las últimas décadas, la llegada de la telefonía móvil para los ciudadanos de a pie, de Internet y de todo tipo de artilugios tecnológicos, en plataformas digitales cada vez más amigables y cómodas, forman parte de nuestra cotidianeidad, hasta el punto de que hay personas, muy especialmente jóvenes, cuyas vidas serían un infierno sin tener en sus casas Internet o llevar consigo en todo momento y lugar, como si de un órgano vital se tratará, un teléfono inteligente en sus bolsillos. De hecho vivimos sin problemas, sin incertidumbres si nos extirpan el apéndice, pero si nos “extirpan” Internet de nuestros entornos, o nuestros móviles entraríamos en una fase de intranquilidad y desasosiego, y trataríamos con desesperación de recuperarlos a la máxima brevedad, porque nuestras vidas están marcadas por la tiranía del acelerado ritmo que marcan estas tecnologías.

Las nociones sobre el presente y el futuro se diluyen en un espacio, en donde el movimiento hacia el mañana se instala en el hoy. Quienes tenemos el privilegio de vivir en sociedades avanzadas contemplamos por doquier ejemplos de lo anterior. Mujeres, hombres, jóvenes y hasta niños entregados a sus pequeñas pantallas de teléfono cuando caminan por las calles (con la eventualidad de posibles choques con el mobiliario urbano y otros viandantes), en los medios de transporte (produciendo una sensación de alienación colectiva), a la hora de compartir con los familiares y amigos en lugares de ocio (lo cual no deja de resultar asocial y hasta grosero), conduciendo sus propios automóviles (con el consecuente peligro) y todos ellos comunicándose en tiempo real con sus seres queridos y “amigos” de todo el planeta, sin necesidad de esperas, salvo la dilación en la contestación por parte de sus interlocutores, que en ocasiones genera enfados y desencuentros.

Las generaciones más jóvenes, los que han sido socializados en estas tecnologías muy posiblemente no tienen la visión que pueda tener una persona de mi edad, es la generación de la instantaneidad en términos relacionales y de localización de información, aunque sus expectativas vitales hayan caído respecto a la de sus padres con su edad. Un contrasentido que coadyuva a que se sientan inadecuadamente tratados por la sociedad y sin un futuro certero, aunque crean manejar el tiempo a su albur, si bien se presentan cautivos en un espacio y arrastrados por el movimiento de una noria desacompasada que les arrebata su futuro. Y el pasado y el presente, aunque a todos pesa, a ellos les aprisiona en las fauces de su propia historia.