Sería muy difícil escoger la más destacada de las incoherencias, extravagancias, inconsistencias, caprichos, insultos, falsedades, zafiedades, desplantes o cualquier otro tipo de conductas inapropiadas en un Jefe de Estado (o cualquier ciudadano, en realidad) de todas las vertidas por Trump en sus tres años al frente de la Casa Blanca.

Pero esta semana el presidente hotelero se ha colocado, o lo han colocado, al borde del esperpento. Trump nunca gozó de credibilidad política (distinto de popularidad), siempre evidenció un agujero negro y profundo en comportamiento ético y jamás se le presumió capacidad alguna para un puesto como el que ocupa.

Ahora, cuando el Senado dirime si merece ser destituido por un episodio que abochornaría a cualquier gobernante que se precie, el presidente hotelero agasaja al primer ministro de un país procesado por tres cargos relacionados con casos de corrupción y le ofrece, para su estricto beneficio personal, el destrozo de décadas de trabajo diplomático de los Estados Unidos. Si no es la peor semana de Trump, se le acerca mucho.

BOLTON DESCOLOCA A LOS REPUBLICANOS

Los últimos días han sido de máxima tensión política en Washington. El domingo, el NEW YORK TIMES desveló que el anterior Consejero de Seguridad Nacional, John Bolton confesaba en un libro suyo de próxima publicación que el actual presidente ordenó que se retuviera la ayuda militar norteamericana a Ucrania hasta que las autoridades de aquel país investigaran al hijo del anterior vicepresidente y precandidato demócrata, Joe Biden (1).

Siempre se sospechó que Bolton estaba al corriente de lo que constituye el núcleo de los cargos contenidos en proceso de impeachment, y que se desmarcó de su superior. Otros miembros del staff de la seguridad nacional, como la responsable de los asuntos de Rusia, Fiona Hill, habían ofrecido testimonios ilustrativos ante la Cámara de Representantes.

Bolton fue cesado por Trump cuando las divergencias se hicieron insostenibles. Este abogado y especialista en derecho internacional es un prominente ideólogo neocon y uno de los arquitectos de la masacre de Irak. En la actual Administración, pasa por ser el autor intelectual de la política de “máxima presión” contra Irán. Es un halcón entre los halcones, y eso fue lo que sedujo a Trump, pero contrariamente a éste mantiene posiciones firmes, casi fanáticas, que encajan mal con la inconsistencia, la improvisación y la imprevisibilidad del presidente. La ruptura estaba cantada.

En el proceso del impeachment, los líderes republicanos del legislativo han tratado por todos los medios de limitar el testimonio de nuevos testigos y la presentación de documentos adicionales, avalando y reforzando el obstruccionismo de la Casa Blanca. El jefe de la mayoría en el Senado, Mitch McConnell, ha hecho de cancerbero de los intereses del presidente, en una de las actuaciones más ferozmente partidistas de los últimos tiempos. Su intención, declarada abiertamente, ha sido, desde un principio, liquidar el procedimiento cuanto antes y forzar un voto absolutorio rápido, para no erosionar las posibilidades electorales de Trump.

Pero las revelaciones del exconsejero han tenido el efecto de un torpedo contra la línea de flotación de la estrategia republicana. El hombre del mostacho, como se le conoce coloquialmente a Bolton, dijo que testificará ante el Senado si se le citaba. Algunos senadores, más honestos o simplemente hartos de proteger a este presidente, dejaron ver su inclinación a permitir que Bolton se convierta en un auténtico testigo de cargo (2).

En la noche del martes, McConnell admitió que “aún no tenía los votos” para impedir el testimonio de Bolton en el Senado. Aunque no puede decirse que el destino del impeachment haya dado un vuelco, la incomodidad de la guardia pretoriana de Trump en el Congreso es manifiestamente apreciable.

EL “SESGO DEL SIGLO”

Mientras tanto, al otro lado de la Avenida de Pensilvania, en el ala este de la Casa Blanca, Trump recibía al primer ministro israelí, Netanyahu, y le “regalaba” el durante tantos meses esperado “plan de paz”, elaborado bajo la dirección de su yerno, Jared Kushner.

Con su habitual autobombo, Trump calificó las 180 páginas del documento (3) como “deal of the century” (“trato del siglo”). El contenido cae en la ignominia. Avala la anexión israelí del valle del Jordán (el 30% de Cisjordania, la tierra útil), legitima las colonias judías y las incorpora al territorio israelí, ignora las fronteras de 1967, confirma a Jerusalén como capital del Estado israelí, concede a los palestinos un mini-Estado inviable sobre un territorio reducido, desconectado y con capitalidad en uno de los suburbios orientales de la ciudad santa, plantea una red de autopistas para conectar las zonas dispersas del West Bank, contempla un túnel para comunicar esta Cisjordania amputada con la franja de Gaza, ofrece como compensación territorial unas bolsas desérticas en el Neguev, restringe el regreso de los refugiados palestinos e impone la desmilitarización palestina total. Un nuevo apartheid.

Con estas premisas tan increíblemente sesgadas, este “plan”, de “efecto inmediato” no puede considerarse como base para la paz sino como estímulo para un mayor conflicto. Netanyahu estaba eufórico y ponía cara de triunfo minutos antes de conocerse que la fiscalía le imputaba por tres casos de corrupción. El primer ministro había retirado poco antes una moción ante la Knesset para intentar bloquear el proceso judicial, sabedor de que no sería apoyado. Entendió que su lucha debía trasladarse a la Casa Blanca, donde recibía el regalo de su última carta para ganar las elecciones del 2 de marzo (las terceras en menos de un año): anexionarse buena parte de Palestina y humillar a sus vecinos/enemigos.

La reacción palestina ha sido comprensiblemente irritada. Sin interlocución con esta Administración norteamericana desde el reconocimiento de Jerusalén como capital eterna de Israel (2017), las autoridades palestinas fían su estrategia a que Trump deje la Casa Blanca el año próximo.

Significativamente, los principales Estados árabes, todos ellos aliados de Estados Unidos, con tratados de paz vigentes con Israel (Egipto y Jordania) o en buena sintonía con él (Arabia Saudí) estuvieron ausentes de la ceremonia y han evitado apoyar este “plan del siglo”. No haría falta decir que la Unión Europa ha permanecido claramente al margen, en una muestra más de la desconexión transatlántica.

Como dice Gideon Levy, columnista del diario progresista israelí HAARETZ, Trump alumbra un nuevo Israel y un nuevo mundo “sin ley internacional, sin respeto por las resoluciones de la ONU, sin apariencia incluso de justicia”.

Nunca un presidente norteamericano, ni el más proisraelí, se hubiera atrevido a tanto y con tal descaro. Trump destroza el trabajo diplomático de décadas, o lo pone en riesgo. Numerosos veteranos del Departamento de Estado y académicos, como Brent McGurk, William Burns (4), han denunciado el peligro que este presidente supone para los intereses norteamericanos. Solo el impeachment (improbable) o los votantes pueden arreglarlo.

 

NOTAS

(1) “Trump tied Ukraine aid to inquiries he sought, Bolton book says”. THE NEW YORK TIMES, 26 de enero.

(2) “If Senators fail to call Bolton, their trial is a farce”. Editorial. THE WASHINGTON POST, 27 de enero.

(3)https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2020/01/Peace-to-Prosperity-0120.pdf?utm_campaign=wp_todays_worldview&utm_medium=email&utm_source=newsletter&wpisrc=nl_todayworld

(4) “The demolition of U.S. diplomacy”. WILLIAM BURNS. FOREIGN AFFAIRS, 14 de octubre; “The cost of a incoherent foreign policy”. BRENT MCGURK. FOREIGN AFFAIRS, 22 de enero;