Aunque desalojado del poder político, Trump constituye un interesante y a la vez preocupante fenómeno político. Es interesante y preocupante porque combina políticas ultrareaccionarias (que en principio perjudican a las clases populares) con un sorprendente apoyo electoral de esas mismas clases populares perjudicadas por la política del ex Presidente. Los 72.654.155 votos que obtuvo Trump en 2020 (casi diez millones más que en 2016 a pesar de las medidas que adoptó contra las clases populares) obligan a reflexionar sobre ese extraño fenómeno de alienación de franjas amplísimas de la población trabajadora y más desposeída. No es que sea un fenómeno novísimo, pues el fascismo italiano tuvo en sus orígenes cierto apoyo popular, el nacionalsocialismo ganó elecciones en Alemania y aún hoy el apoyo que ha alcanzado Marine Le Pen en Francia parece hundir sus raíces en la clase trabajadora que antaño votaba al Partido Comunista.

Sin pretender sentar cátedra, el trumpismo (y perdón por el barbarismo) es la combinación de políticas económicas favorables a la franja oligárquica de la clase poseedora de los medios de producción, más una moral ultraconservadora con gestos populistas inocuos y vacíos que da lugar a una identificación de ciertas capas de la clase media y de las clases populares (las más marginadas y estáticas por su posición en el sistema nacional de producción) con el dirigente que encarna esa política (en Estados Unidos, el descabalgado Trump). A medio y a largo plazo, los efectos del trumpismo pueden ser desoladores, pues ahondan la ruina o la decadencia de los sectores populares que le votan, pero a corto plazo la dimensión populista de este fenómeno contribuye a reforzar la identidad social y nacional de los sectores populares. El trumpismo arruina a sus votantes, pero les hace sentirse socialmente importantes en su miseria.

Todas estas consideraciones vienen a cuento para tratar de entender el extraño fenómeno de la candidata Díaz Ayuso, pues si entendemos las raíces ideológicas y sociológicas de esta candidata estaremos en mejores condiciones de poner los medios para cortar su permanencia en el Gobierno de la Comunidad de Madrid. En primer lugar, la candidata Díaz Ayuso no representa exactamente lo que significa su partido, el Partido Popular. Esta candidata tiene una inclinación especial hacia Vox, no sólo en los mensajes que tratan de atraer a los votantes de dicho partido, sino en la concepción amigo/enemigo con la que se aproxima, para combatirlo, al PSOE. Como tuvimos ocasión de comentar aquí (Javier García Fernández: “Estrategia y táctica en torno a la Comunidad de Madrid”, Sistema Digital, 17 de marzo de 2021; “La gestión ineficiente no es un valor político”, Sistema Digital, 24 de marzo de 2021; y “Díaz Ayuso es un peligro para la salud de los madrileños”, Sistema Digital, 31 de marzo de 2021), Díaz Ayuso no posee una visión constitucional en la que los partidos de la izquierda son tan legítimos como los de la derecha. Para la Presidenta de la Comunidad de Madrid ni siquiera el PSOE forma parte del juego político democrático, pues para ella la izquierda debe situarse a extramuros del sistema político: por eso la falsa confrontación de la libertad con el socialismo y con lo que ella llama comunismo. Lo curioso es que ese intento de situar a la izquierda extramuros del sistema político es compatible con un acercamiento y entendimiento con Vox, que no va más allá, porque compite por los electores de este partido.

El trumpismo de Díaz Ayuso se expresa también en la confrontación total, en la guerra total, con el Gobierno de la Nación. Una de las características de las extremas derechas estadounidenses siempre ha sido la forma de confrontación con el enemigo (más que el adversario) y esa pauta la repite Díaz Ayuso. Esa especie de guerra con el Gobierno del Presidente Sánchez por causa de la gestión de la pandemia, llena de mentiras y bulos falsos persigue deslegitimar al Gobierno ante los ciudadanos madrileños. En este punto, lo preocupante no es el fin (deslegitimar a la izquierda) sino los medios, los procedimientos, que son de una violencia verbal y de una hipérbole que no deja salida al adversario.

Pasando de los argumentos y de la forma de presentar los contenidos, el populismo de Díaz Ayuso emerge todavía con más fuerza. Este populismo se expresa por dos vías distintas. Por un lado, en conexión con la derecha más dura, la Presidenta madrileña mantiene un continuo mensaje privatizador que es en parte ideológico, pero también pretende engañar a sus electores haciéndoles creer que el mensaje ultraliberal de la privatización contribuiría a mejorar su existencia. La propuesta irreal de encargar a las empresas que vacunen a sus trabajadores, más la negociación igualmente irreal para adquirir vacunas rusas, persigue el fin de crear un contraprograma liberal irreal, ficticio, pero que pretende que cale entre trabajadores y clases medias a los que se engaña con salidas sanitarias imposibles, pero en cierto modo atractivas. La segunda vía de política populista es cómo ha gestionado la lucha contra el coronavirus. Ya no importa que la Comunidad de Madrid posea los peores datos estadísticos de España sobre contagios (como contó Xavier Vidal-Folch el 19 de abril en El País) es que ha apostado por satisfacer a una franja de ciudadanos (la restauración y los bares y sus usuarios) a sabiendas de que está incitando a un contacto social que propicia la propagación. En la falsa disyuntiva salud/negocios, Díaz Ayuso ha optado por los negocios, pero esto debe matizarse, porque la Presidenta madrileña no ha proporcionado ayudas económicas a los negocios madrileños, simplemente les permite abrir los establecimientos y que todos se relacionen y se contagien. Que se sepa, sólo ha ayudado a ACS, empresa constructora del Hospital Isabel Zendal, en una operación innecesaria y poco eficaz que simboliza su apuesta por todo lo privado.

Con estos rasgos populistas, es posible que logre atraer a casi todo el voto conservador, ya sea por convicción (los populistas de extrema derecha), ya por interés (las derechas más moderadas). Y ahí está la izquierda para lanzar su discurso antipopulista, que debe recalar en las clases medias y populares, discurso muy fácil de compendiar: con Díaz Ayuso gobernará la extrema derecha, se llegará a un nivel insoportable de confrontación con el Gobierno de la Nación y, sobre todo, sólo algunas élites empresariales se beneficiarán de su política.