En estas mismas páginas Josep Borrel, con su acostumbrada clarividencia, describe el inquietante panorama internacional actual cuando en España cerramos un año con una efeméride que puede adquirir la importancia de la escisión comunista de 1921. En mi opinión, un acontecimiento muy concreto marca 2016: el 4 de Marzo, Podemos se negó rotundamente a que un socialista gobierne España.

Ese día fatal de marzo el nuevo partido de izquierdas unió sus votos a los del Partido Popular para rechazar la investidura de Pedro Sánchez y así dio un paso que en la historia democrática de nuestro país nunca había ocurrido, ni durante la Segunda República, ni en las convulsiones de nuestra guerra civil, ni desde la Transición. Ni siquiera con Anguita, que no se atrevió a hacer funcionar la pinza que tanto había trabajado con Aznar para eliminar del poder a Felipe González.

Quienes afirmamos, repetimos que el amanecer de disidencias políticas en el seno de la izquierda, desde el nacimiento político de esta, es la mejor baza que tienen las fuerzas contrarias al progresismo para conquistar y mantener su poder político, cuando ya gozan del poder económico, nos vemos confirmados por este acontecimiento singular. Ya pudo suceder en ámbitos locales o regionales, pero nunca en una votación de investidura o de confianza en nuestras Cortes soberanas.

Desde ese voto se han sucedido muchos acontecimientos, en particular en el seno del Partido Socialista, pero todos son una consecuencia directa de la ruptura brutal de la solidaridad entre las fuerzas progresistas que Podemos, en manos de su Jefe, Iglesias, manifestó, además con unas inolvidables expresiones de odio.

No será fácil borrarlo de la memoria de la izquierda, y por lo tanto parece absolutamente necesario conseguir avanzar a pesar de ello. Decía Indalecio Prieto, experto en la lucha política, que había que saber “tragar sapos y culebras”, aunque esta vez sean de un nivel inédito.

La pedagogía debe recuperar su lugar preeminente en la contienda política. Y para ello es necesario centrarse en los problemas que, en la mente del ciudadano que es también el votante, dividen a las fuerzas de progreso, más que en el dialogo o la polémica con los dirigentes, cuando estos no ignoran el daño que hacen y por qué lo programan.

No es inútil para el Partido Socialista, que sigue siendo el eje de cualquier posibilidad de gobierno de la izquierda, exista o no sorpaso, hacer públicamente el balance histórico de los resultados que para el avance en la solución de los problemas de los ciudadanos, para las necesidades de la sociedad, proporcionaron respectivamente las actitudes radicales o las pragmáticas. De seguro es el más cualificado para ello, ya que en su larga historia ha oscilado entre las dos tentaciones. No hay duda que el balance sería positivo para el pragmatismo, porque siempre se mantiene en su utilización una convicción profunda de la meta que realmente persigue. Disipar el engaño que, repetidamente en nuestra historia, la demagogia y la violencia verbal han contaminado las mentes de los que sufren la injusticia de nuestra sociedad es una absoluta necesidad, para que estos mismos ciudadanos puedan ver progresar su situación, aunque resulte el proceso más lento de lo que todos desearíamos.

Para que este diálogo de ciudadanos, otros dirían de base -quizá sea esta la palabra peor utilizada en el vocabulario político- resulte fructífero se debe, en primer lugar analizar si el populismo, que es el éxito de la demagogia, se funda en la irritación, la desesperanza ante la situación vivida y las experiencias gubernamentales anteriores o expresa en sus votantes una verdadera esperanza de cambio. Entender la primera realidad conduce a hacer una autocrítica sería y sincera, pero no se debe olvidar la segunda posibilidad también motor del progreso: la esperanza, la ilusión. El auge actual de los extremismos religiosos es buena prueba de esa necesidad reclamada de una esperanza, de una utopía, por lejana o irreal que pueda parecer.

No es prerrogativa de España la division fatal de la izquierda. No se puede decir que sea por agotamiento de temas de discusión o de proyección social ni por ausencia de problemas urgentes en el desarrollo de la democracia. No estamos en el final de la historia. Los avances tecnológicos, las evoluciones demográficas, plantean ya perspectivas de transformación radical del trabajo y de la vida, que quienes se definen como progresistas, curiosamente olvidan en sus programas de futuro. La civilización de la comunicación impone retos urgentes a las relaciones entre el ciudadano y el responsable político, en particular para actualizar el necesario y difícil control del poder. Son terrenos en los cuales los partidos de izquierda, sin olvidar los sindicatos, deberían volcarse para innovar, proponer soluciones y ofrecer la ilusión que el progreso científico y tecnológico puede ofrecer. Desgraciadamente seguimos obcecados en combates de retaguardia.

En la época de la mundialización, que coincide paradójicamente, con el auge de los nacionalismos, o los provoca, es fundamental actualizar la concepción del Estado rector, protector y promotor de la sociedad. Y a nosotros que tenemos tanto retraso en la maduración del Estado, se nos impone resolver cuanto antes la absurda pugna entre nacionalismos periféricos y centralistas.

Los progresistas, y en primer lugar los socialistas, deben recuperar a la vez el debate y el protagonismo ciudadano diario, poniendo como orden del día la acción conjunta y solidaria inmediata, así como liderar la reflexión sobre los cambios alucinantes que impactan o van a impactar nuestras sociedades.

Sólo así podremos dejar atrás el 4 de Marzo de 2016.