Llevábamos muchas décadas viendo que el capitalismo globalizado y financiero ascendía de forma imparable, como si se tratara de un tornado. Cada vez se producían crisis más cercanas en el tiempo y más críticas, y a cada crisis, la economía parecía recuperarse subiendo peldaños pero sin modificar sus puntos negativos.

El neoliberalismo de los años 70 venía provocando una economía desbocada que había conseguido imponerse a la política. No había Estado que tosiera al mercado ni que se le ocurriera imponer condiciones, más allá de parches que fueran remediando los destrozos que el huracán económico producía a su paso.

Después de la crisis financiera del 2008 no pareció que nada cambiara ni que se tomaran medidas para que no volviera a producirse. Más bien al contrario. Tanto la desigualdad imparable como la concentración de la riqueza en manos de unos poco se habían convertido en las señas de identidad del capitalismo globalizado.

Incluso las medidas de austeridad que tomó la Unión Europea iban más encaminadas a pagar deudas y atender el precio del dinero, que a resolver los problemas sociales y humanos de los europeos. Basta recordar lo mucho que sufrió, por ejemplo, Grecia, a quien la Unión Europea no le importó el sacrificio de su gente si con eso la economía se recuperaba. ¡Increíble! Como si la economía y el bienestar de las personas funcionaran en compartimentos estancos. Así era. Por el bien de la economía se sacrificaba hasta la vida de la gente.

En el año 2019, los expertos avecinaban que no tardaríamos mucho en sufrir otra crisis. Crisis cíclicas, intensas, que se producían cada vez en periodos más breves de tiempo. Y lo único que los Estados podían hacer era intentar resistir la avalancha, como si se tratara de plagas bíblicas inevitables.

¿Y ahora? Ahora sí ha llegado la plaga de verdad en forma de virus. Lo que no consiguió la política, lo ha puesto patas arriba la alerta sanitaria.

Sin duda, se está produciendo un cambio del paradigma económico, que no parece que sea pasajero. Aún no pueden predecir los expertos económicos como será la salida a esta crisis, en qué forma se producirá ni cuánto afectará a los países, a la ciudadanía y a la economía en su conjunto. Aparecerán nuevos negocios, otros apenas podrán sobrevivir; y, una vez más, el trabajo se reconvierte.

Lo que es innegable es el papel protagonista del Estado. Ayudas, subvenciones, rentas mínimas, control del mercado, economía en fases, vuelta a la industrialización, mayor papel de la agricultura. Dice Saadia Zahidi, directora gerente del Fondo Económico Mundial, institución defensora del neoliberalismo y la economía del laissez-faire: “Con indicadores que anticipan la mayor recesión global de los últimos 150 años, esperamos que los Gobiernos y los bancos centrales tengan que seguir jugando un papel fundamental a corto y medio plazo”. Ni siquiera el país del neoliberalismo económico, EEUU, funciona hoy con el libre mercado, y necesita que el Gobierno tome medidas sociales, y vemos a Trump proclamando el proteccionismo, pero eso no es suficiente.

Ahora es cuando se nota la fortaleza o debilidad de lo público, la importancia de la organización burocrática del Estado, la capacidad de los sistemas sociales como la sanidad o la educación, las ayudas públicas. Como apuntan los expertos, “el renovado protagonismo del Estado en la economía”no es algo pasajero.

¿Qué país está preparado para asumir este liderazgo político?

La Unión Europea tiene la oportunidad de reforzar su papel político, de reformas las instituciones, de crear nuevas políticas comunes, de avanzar en la profundización de la Unión económica, de crear planes políticos conjuntos, de reforzar el papel de los gobiernos nacionales al tiempo que refuerza el papel protagonista de una Unión Europea que hoy debe ser más política que nunca.

Pero, sin duda, quien nos lleva ventaja es China. Una nación que lleva varias décadas controlando la economía, la producción, el comercio, el mercado, desde el poder del Estado. China había inventado un sistema mixto. Hace tiempo que ya no existe el comunismo en China, pero tampoco se puede decir a la ligera que su economía sea el capitalismo tal y como en Occidente lo conocemos. Ni mucho menos. Nunca se había visto un control económico por parte del Gobierno tan férreo y dirigido.

Las diferencias entre la Unión Europea y China estarán, si se hace bien, no en el éxito de la política, sino en el éxito de la democracia y los derechos humanos. Un reto al que la Unión Europea debe hacer frente porque también está en juego sus propias señas de identidad.

 

Fotografía: Carmen Barrios