Lo que más me apetece decir es “No quiero contribuir a esta patochada”. Porque, efectivamente, en la situación difícil que está viviendo todo el mundo con el Covid-19, Vox nos hace perder el tiempo en un debate estéril que solo busca provocar, crispar, tensar, enfrentar, desunir, … en fin, lo único que saben hacer. Además, con el peor estilo.

La moción de censura presentada por Abascal se ha convertido en una moción de censura contra él mismo. No parece que haya salido victorioso, salvo para los suyos.

Ha demostrado ser un pésimo orador con un discurso vacío sin propuestas, aunque eso es lo de menos. Lo que hay que considerar es todo lo que arrastra: exageraciones, grandilocuencias, mentiras y manipulaciones, sin consistencia ni coherencia, todo ello bien adjetivado de insultos. Pero Abascal es peligroso como lo es Vox.

Quien ha ganado muchos enteros, ha demostrado estar a la altura, con un magnífico discurso y con las formas correctas ha sido el Presidente Sánchez. Me he cansado de aplaudir. El discurso ha estado perfectamente elaborado, entremezclando las críticas con las propuestas, más similar a un discurso de investidura que a una moción de censura, porque, en realidad, Pedro Sánchez ha sabido darle la vuelta y utilizar la oportunidad para derribar a Abascal, situarlo en el extremo derecha social y del parlamento, aislarlo y dejarlo sin apoyos, y prácticamente ridiculizado. El discurso de Pedro Sánchez se ha convertido en un buen ejemplo político que deberíamos revisar y subrayar porque ha sido capaz de desmontar uno  a uno todos los ataques, al tiempo que lo ha convertido en su oportunidad. Y todo ello con el mejor estilo, con las mejores formas, contundente pero sin emotividad escénica, sin la búsqueda de un titular hueco, exagerado y falaz.

Pedro Sánchez y el PSOE tenían tres caminos: ignorar a Abascal, meterse en el fango y griterío de Vox, o lo más difícil pero útil, hundir a Abascal sin perder la compostura, sin despeinarse, sin cometer ningún error. Y esto último, en mi opinión, es lo que ha hecho Pedro Sánchez.

Quien tiene el problema de cómo sale de esta encerrona es Pablo Casado. Porque Abascal lo tiene entre las cuerdas. Casado debe decidir si le ríe las gracias a Vox o comienza a volar solo.

No hará ni una cosa ni la otra, porque le falta talla política para liderar una derecha democrática. El problema de Casado es que ha estado compitiendo con Vox por el mismo espacio político, mirando continuamente a la derecha de su derecha. Eso le ha hecho, sumado a su falta de altura política, calentar el ambiente social, provocar los ánimos, encender a su gente leal, y caer en el ridículo con intervenciones lamentables e inolvidables por su mediocridad como las de Andrea Levy o Adela Pedrosa, sin olvidarnos del gran orador Teodoro.

El problema de Casado no es tan solo votar abstención o no, sino qué hará mañana. Cómo podrá significar su diferencia con Vox y establecer un propio perfil político cuando arrastra dos elementos: uno, que Vox le ha prestado el apoyo en distintas comunidades y eso no se lo perdonará, de hecho, cuando tiene la mínima oportunidad se lo recuerda; dos, que el equipo más próximo a Casado, ejemplo su propia musa Isabel Díaz Ayuso, son incapaces de hacer algo diferente a lo que hacen.

De momento, Pedro Sánchez seguirá siendo presidente y parece que está más cerca que antes, gracias a la moción de censura, de presentar también sus propios presupuestos.