El filósofo alemán Max Scheler planteó que los valores están contenidos dentro de la ética, que son directos e inmediatos a las personas, que se organizan como positivos o negativos y que están jerarquizados. Sostuvo que no hay valores morales, puesto que son valores puros, que se objetivan en la realización de otros valores en función de su polaridad y jerarquía. Estos últimos tienen gran relevancia, pues orientan nuestras actuaciones individuales y sociales.

Los valores se sitúan en el orden ideal, tienen una carga afectiva, se instalan en un plano profundo de la conciencia de las personas y en la propia realidad social, inspiran juicios y conductas y dan coherencia a la totalidad de las reglas o modelos de una sociedad dada y en una época determinada.

En definitiva, los valores representan la manera de ser o de obrar juzgadas ideales por los miembros de una colectividad que hacen deseables o estimables a los seres o a las conductas a los que se atribuye dicho valor y convienen nuestra forma de ver el mundo, de actuar y de relacionarnos, condicionando todas las esferas de lo social.

En la llamada por Alain Touraine “tardomodernidad”, el valor por antonomasia es el individualismo y, junto al anterior, el pluralismo, el igualitarismo, la democracia, la libertad versus igualdad y la secularización. El individualismo se asocia a la desvinculación de las personas respecto de sus grupos y comunidades más directas, en un entorno en donde las personas tienen opción a elegir qué desean hacer con sus vidas, al tiempo que se ha  acrecentado su dependencia respecto del mercado y del Estado.

El sociólogo Ulrich Beck planteó hace más de dos décadas, que en los países occidentales, tras la Segunda Guerra Mundial, se había generado un impulso social de individualización, de tal profundidad, que las personas habían sido desasidas de sus referencias familiares y remitidas a sí mismas, con los consecuentes riesgos, oportunidades y contradicciones. Los individuos son, por tanto, el centro de sus estilos de vida.

La incorporación de las mujeres al mundo laboral extradoméstico, desde la segunda mitad del siglo XX, ha sido uno de los factores más relevantes que ha transformado las sociedades más desarrolladas. Las mujeres de nuestros días se han visto doblemente afectadas por el individualismo. Con su incorporación al trabajo se han desvinculado económica y psicológicamente de sus padres y maridos, dando lugar a una transformación de las relaciones con sus familiares y parientes, así como ampliado notablemente sus redes sociales. De lo anterior se derivan los nuevos roles que desempeñan, en un contexto en donde la negociación y el igualitarismo están reemplazando, a un ritmo excesivamente lento por la fuertes resistencias, al modelo relacional patriarcal, habiendo surgido problemas derivados de compaginar su proyección pública y su vida privada.  Ha ido en paralelo a la evolución que han seguido las pautas económicas y laborales, en asociación directa con la apertura de las opciones educativas de las mujeres y su incorporación al trabajo remunerado, aunque su situación laboral es comparativamente muy desventajosa respecto a la de los varones. Queda todavía mucho camino por recorrer, los datos de un Eurobarómetro revelados el pasado lunes 20 de noviembre resultan ilustrativos al respecto, pues el 44% de los europeos, hombres y mujeres, creen que la mujer debe ser ama de casa y el 43% juzga que el papel más importante de los hombres es ganar dinero (http://europa.eu/rapid/press-release_IP-17-4711_es.htm).

Así las cosas, según el Informe Global de la Brecha de Género de 2016 del Foro Económico Mundial: “El mundo se enfrenta a un desperdicio del talento al no actuar con rapidez para frenar la desigualdad de género. Esto podría poner el crecimiento económico en riesgo y privar a las economías de la oportunidad de desarrollarse”. Se debe, en buena medida, a la limitada participación de las mujeres en el mercado de trabajo a escala planetaria, a pesar de que en 95 países el número de mujeres universitarias es superior o mayor al de los varones;  a que la diferencia salarial entre hombres y mujeres sea en promedio del 23% en favor de los primeros  y, particularmente, a que en España  ascienda al 18,8%. De seguir en esta dirección, las previsiones apuntan a que la igualdad económica entre sexos no podría alcanzarse hasta dentro de 170 años. La realidad es que para las mujeres es más difícil acceder al mundo laboral y cuando lo hacen están   peor pagadas y tienen más rémoras para ascender.

Un reciente estudio de Grant Thornton Women in Business. Visiones diversas, soluciones conjuntas (http://www.grantthornton.es/globalassets/___spain___/insights/women-in-business-2017.pdf ) pone sobre la mesa que en 2016 uno de cada cuatro puestos de dirección en el mundo lo desempeñan mujeres, al tiempo que el número de empresas sin mujeres en los puestos directivos han aumentado en los últimos años. En España de los 453 puestos que hay en los consejos del Ibex tan sólo 92 estaban ocupados por mujeres, lo que representa el 20,3% del total, a distancia del 25% a nivel global.

Si se observan otros indicadores, según los últimos datos de la Encuesta de Población Activa del tercer trimestre de 2017 la tasa de paro femenina ascendió  al 18,21% (14,89 entre los hombres). Lo mismo acontece con la tasa de actividad, pues mientras la  masculina es del 65,04%, la femenina corona el 53,13%. La discriminación laboral de las mujeres se advierte, asimismo, en la mayor tasa de desempleo que ostentan (18,21% frente al 14,80% entre los varones), en la baja calidad de sus trabajos (en España hay 2 millones de mujeres con trabajos a tiempo parcial (25,2%) y 722.000 varones (7,9%)) y en los sectores ocupacionales en los que se desenvuelven, que son los peor remunerados (comercio minorista, cuidado y ocio), a diferencia de los de los varones que lo hacen en sectores como el financiero o el de infraestructuras, en los que se concentran la más altas remuneraciones.

Pero, además, las mujeres cobran en España un 14,9% menos que los hombres (23% a escala mundial) y, según Eurostat, alejada del 5,5% que registran Italia y Luxemburgo, así como países como Rumanía (5,8%), Bélgica (6,5%), Polonia (7,7%) o Eslovenia (8,1%)

Por todo lo anterior, el sindicato UGT ha activado en las últimas semanas una campaña bajo el título ‘”Yo trabajo gratis”, queriendo con ello enfatizar la discriminación por razón de sexo, que tiene una repercusión severa en los salarios de la mujeres, que se prolonga a su etapa de jubilación» (el 42 % de las mujeres cobra pensión en España, frente al 87 % de los hombres, y es de media un 37 % inferior a la de éstos) y que da lugar a que éstas presenten «un elevado índice de situarse por debajo de los umbrales de pobreza». Ha exigido al Gobierno que «active todos los mecanismos posibles para hacer cumplir la Constitución Española» en lo concerniente a la igualdad entre hombres y mujeres y que incluya en la legislación española la definición de «trabajo de igual valor», tal como recomienda la Comisión Europea. De igual modo, ha pedido a los grupos políticos que  se sumen a la campaña para eliminar esta brecha salarial que se «ha intensificado en los últimos diez años, ante la inexistencia de políticas de igualdad».

Retomamos el tema de los valores, de la moral y de la ética, y para ello siguiendo la definición que ofrece la RAE de la moral  como lo “perteneciente o relativo a las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y en función de su vida individual, sobre todo, colectiva” considero que detrás de la desigualdad de género en el mundo, que se visualiza, entre otras problemáticas, en una significada brecha salarial entre mujeres y hombres, hay un sustrato instalado en el orden ideal, que impide que las conductas y actuaciones asociadas al valor de la igualdad puedan desarrollarse en plenitud y que entrados ya en el siglo XXI sigamos tratando de resolver cuestiones que, a pesar de los avances que  han acaecido a lo largo de la historia de la humanidad, deberían ser herencias perniciosas de un pasado ya superado, resultando imprescindible un cambio de deriva, una nueva ética de la igualdad, que realmente conlleve el cumplimento de normas morales que potencien la justicia social.