La edad de los políticos vuelve a aparecer en el centro del debate político norteamericano. Es un asunto recurrente, que no presenta solución a corto plazo. Un informe de un fiscal especial sobre posibles irregularidades cometidas por el Biden al manejar de forma inapropiada material clasificado y compartirlo con un ayudante que le escribía sus memorias se ha convertido en un ‘boomerang’ para el Presidente en ejercicio en sus aspiraciones de ganar un segundo mandato de los electores. Las conclusiones del fiscal son exculpatorias en el fondo de la cuestión. Pero al señalar como atenuante la “pobre memoria” de Biden, debilitó su posición política (1).

El intento desesperado del Presidente por demostrar que su memoria es buena y que está capacitado para la función que desempeña resultó un desastre. Más que disipar dudas -que era imposible- lo que ocurrió fue justo lo contrario: contribuyó a considerar que, después de todo, el fiscal Hur fue bastante suave en sus apreciaciones (2).

Algunos republicanos solicitaron que se abriera el debate de la inhabilitación. Los demócratas incidieron en su doble lenguaje habitual cada vez que la edad de Biden (81 años) se pone bajo los focos: apoyo público e inquietud privada. ¿Podría concluir un segundo mandato?

Comentaristas liberales se apresuraron a señalar que tampoco Trump anda sobrado de juventud: apenas tiene cuatro años menos que su contrincante (3). Y en cuanto a capacidad cognitiva… pues qué decir. Su problema quizás no sea la memoria, pero sí, desde luego, su claridad de juicio. Partidarios del presidente y algunos supuestos neutrales replican que una cosa es expresar opiniones poco consistentes con la cultura política dominante, como hace frecuentemente Trump, y otra la integridad de su discernimiento. Esta defensa es porosa. Trump no sólo es un “disidente” del “mainstream” político norteamericano. En su intento por presentarse como el “solucionador en jefe” o el “desatascador” de las disfunciones del sistema, suele ignorar las obligaciones legales nacionales o internacionales.

Su más reciente despropósito ha generado una nueva tormenta entre sus aliados europeos, algo también recurrente. Al decir en un mitin electoral que “sugeriría que Putin que hiciera lo que demonios quisiera con aquellos aliados que no paguen lo que les corresponde por su defensa”, habría cruzado una línea roja: la vulneración del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, que obliga a cualquier Estado miembro a responder si uno de ellos es atacado. Algunos notables republicanos como el Senador Marco Rubio, salió en su defensa, relativa, al señalar que Trump no habla como un político al uso. Otros indicaron que no es lo mismo patinar por rompedor que perder los papeles por fragilidad biológica. Los patinazos de Trump son autoprovocados; los de Biden son involuntarios.

GERONTOCRACIA NORTEAMERICANA

El trasfondo de este debate, que la cercanía electoral agita y emborrona, es mucho más complejo. La política norteamericana es, desde hace tiempo, una gerontocracia en su cúspide. Es menos conocido aquí el caso de los legisladores que dominan (o dominaban) con mano firme el Congreso. La anterior Presidenta de la Cámara de Representante, la demócrata Nancy Pelosi, pasó ampliamente los ochenta antes de retirarse, un poco voluntariamente, un poco empujada por la última derrota de su partido. El líder de la minoría republicana en el Senado, Mitch McConnell también es octogenario y, recientemente y por dos ocasiones, se ha quedado súbitamente paralizado mientras comparecía en público, ante la alarma de los presentes. Su colega demócrata, Chuck Schumer, es sólo algo más joven (73 años), pero lleva mucho tiempo desempeñando el liderazgo de su grupo y está muy afianzado en su escaño senatorial por Nueva York. Coincidencia infeliz, el Secretario de Defensa, Lloyd Austin, protagonizó hace poco un notable revuelo en Washington al saberse que ocultó las razones médicas de una ausencia pública: luego tuvo que aclarar que padece un cáncer de vejiga, que finalmente le ha obligado a ser hospitalizado.

La edad, y justamente los agujeros de memoria, ya fueron motivo de discusión pública durante el mandato de Ronald Reagan, que confundía nombres de países e identidades de dirigentes con cierta frecuencia. En su caso, nunca quedó claro si se trataba de una forma de senilidad o de puro desconocimiento del mundo. O de ambas cosas.

Los patinazos de Biden y el Informe Hur llegan en un momento no sólo sensible de calendario electoral, sino también de graves crisis bélicas internacionales. No es fácil discernir si a los demócratas más activos les preocupa más la “poor memory” de Biden o su capacidad de juicio en particular en lo que está ocurriendo en Gaza. A medida que las barbaridades del ejército israelí se hacen cada vez más insoportable, su inicial posición de apoyo incondicional se ha ido matizando, pero sin cuestionar lo fundamental. En esto se ve arropado por sus colaboradores más cercanos que, como hacían los de Trump para mitigar sus entuertos, tratan de poner en contexto sus pronunciamientos.

Pero hay comportamientos en Biden que no pueden imputarse en modo alguno a la edad o a su consecuente frágil memoria. Y en particular, en el conflicto entre Israel y Palestina. Es bien sabida su larga trayectoria de apoyo y justificación de las acciones del estado sionista. Pero estos días, el director del Centro Árabe de Washington, Yussef Munayyer, ha recordado un episodio que resulta muy significativo para entender lo que cabe esperar de Biden ante la tragedia de Gaza. Cuenta este intelectual palestino que, con motivo de un viaje del entonces primer ministro israelí, Menahem Begin a EE.UU en 1982, los senadores norteamericanos le afearon la crudeza de los bombardeos contra las posiciones palestinas en Beirut, tras la invasión del Líbano. Incluso el Presidente Reagan, poco sospechoso de ser crítico con Israel, había dicho previamente que esas acciones estaban provocando un “holocausto” y debían concluir. Entre todas esas manifestaciones de suave incomodidad, se alzó la voz del joven senador demócrata Joseph Biden, respaldando los bombardeos “aunque provocaran la muerte de mujeres y niños” ( ).

LA ANCIANIDAD DEL SISTEMA

En realidad, el problema es mucho más grave que la idoneidad del Presidente para aspirar a mantenerse en el cargo, por razones de salud. Lo que es realmente preocupante es la incapacidad del sistema político norteamericano para regenerarse. O, para ser preciso, de renovarse en los puestos de la cúspide. Cuando surgió la figura de Obama, a mitad de la primera década de siglo, los comentaristas más conservadores (en ambos partidos) trataron de atajarlo con referencias al peligro de su inexperiencia, sobre todo en el terreno internacional. No les faltaba razón: Obama pasó al Senado desde un único mandato en el legislativo de Illinois y a la Casa Blanca tras un solo periodo legislativo en la Cámara Alta. Pero lo que realmente inquietaba era que Obama contravenía los rígidos mecanismos de escalada política.

Desde entonces, la base de las élites políticos se han rejuvenecido un tanto. En el GOP (Great Old Party), los revitalizadores han sido políticos ultraconservadores, primero bajo la estela del movimiento Tea Party (en los años 10) y ahora impulsado por la corriente Trump, en la que se confunden tradicionalistas, rompedores y simples oportunistas, pero sin un liderazgo visible que no sea el del anterior Presidente. Los jóvenes legisladores demócratas, por el contrario, han girado a la izquierda, provocando una pluralidad de posiciones políticas, como la crisis de Gaza está poniendo de manifiesto. Pero ni los pesos pesados convencionales ni esta tendencia más dinámica han sido capaces de proponer candidatos alternativos con solvencia (5). En parte por respeto reverencial al anciano líder; en parte, por los obstáculos de la maquinaria partidaria.

Una última reflexión: la rejuvenización no siempre es garantía de renovación. En EE.UU se está viendo con los comportamientos erráticos y dinamitadores de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes o en los legislativos de muchos Estados conservadores, con asaltos permanentes al derecho de voto y de las minorías. Más que la edad de los principales líderes, el problema más grave reside en la obsolescencia del sistema.

 

NOTAS

(1) “4 takeaways form the report on Biden’s handling of classified material”. SHANE HARRIS & JOSH DAWSEY. THE WASHINGTON POST, 8 de febrero;

(2) “Special counsel’s report puts Biden’s age and memory in the spotlight”. MICHAEL SHEAR. NEW YORK TIMES, 8 de febrero.

(3) “Why the Age issue is hurting Biden more so much more than Trump”. REBECCA DAVIS O’BRIEN. NEW YORK TIMES, 10 de febrero.

(4) “Is Joe Biden uniquely indifferent to Palestinian suffering?”. YOUSEF MUNAYYER. THE NEW REPUBLIC, 8 de febrero.

(5) “Joe Biden’s chances do nor look good. The Democrats have no plan B. THE ECONOMIST, 4 de enero.